Madre de los Pobres

Madre de los Pobres
 Carta Pastoral de Monseñor Amigo Vallejo
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Sor Angela de la Cruz

Madre de los Pobres

Madre de los pobres"En la presencia de Dios, yo pensaba: cada mal tiene su remedio y ya no hace efecto en las criaturas lo que han visto siempre. Se necesita que se levante como un gigante poderoso esta Regla, este predicador mudo del ejemplo, que pueda decir al mundo: Tú no crees si no que los que se consagran a Dios lo hacen por comodidad o regalo; mira, pues, mis obras, que te dicen lo contrario; y ya no tienes donde apoyar tu murmuración, porque sólo por amor de Dios me abrazo con todo lo que a la carne le hace contradicción; y no te burles, porque me declaro tu enemigo.

Y ya empieza el combate. Mis armas son muy contrarias a las tuyas: Contra soberbia, humildad; contra avaricia, pobreza; contra sensualidad, pureza; vida de oración y penitencia. Verás como te venzo y confundo" (Papeles de Conciencia).

"Hay que hacerse pobres con los pobres... Para aconsejar a los pobres que sufran sin quejarse los trabajos de la pobreza, es preciso llevarla, vivirla, ¡qué hermoso sería un instituto que por amor a Dios abrazara la pobreza, para de este modo ganar a los pobres y subirlos hasta El".

El pueblo la proclamó Madre de los pobres. El Papa Juan Pablo II, en su visita a España de 1982, en Sevilla, la beatificó. Veinte años después, el pasado 20 de diciembre de 2002, se procedió a la lectura del Decreto de canonización de la Beata sevillana sor Ángela de la Cruz, después de que el Colegio cardenalicio aprobara por unanimidad, el pasado día 5 de noviembre de 2002, el informe de los médicos y teólogos sobre el milagro que abre el camino de su próxima canonización, que tendrá lugar, Dios mediante, durante la visita del Santo Padre a España en los primeros días del mes de mayo de 2003.

Y porque fue pobre, amó a los pobres. Sintió la pobreza en su propia vida y se quiso identificar con el sentido cristiano de la pobreza en su entrega a los desvalidos.

No encontró ella ningún modo mejor que éste de acercarse a sus hermanos: siendo pobre como ellos. Y Dios le dio un corazón tan grande que la hizo madre de los pobres. Este es el gran lema que resume toda su vida.

Buscó al pobre en su casa. Fue a la casa de los enfermos más necesitados para cuidarlos allí, en el calor del propio hogar. Con este fin fundó las Hermanas de la Compañía de la Cruz, dedicadas a la asistencia y socorro de los desheredados de este mundo.

Cuando murió, el 2 de marzo de 1932, Sevilla la señaló como un símbolo. Y la quiso con la gratitud maravillosa de los pobres.

La Iglesia la presentó al ejemplo de este mundo nuestro, tan necesitado de caridad heroica.

Sor Angela de la Cruz

Carta Pastoral de Monseñor Amigo Vallejo

Carta pastoral de Mons. Amigo ante la canonización de Sor Ángela de la Cruz

Carta Pastoral del Arzobispo de Sevilla "Dios nos ha tomado de su cuenta"SEVILLA (10-2-03).-

"DIOS NOS HA TOMADO DE SU CUENTA" ( Febrero 2003 )

Pastoral del Arzobispo de Sevilla en la canonización de la Beata Ángela de la Cruz

Porque en su vida resplandecieron las virtudes evangélicas, la Iglesia quiere poner a la beata Ángela de la Cruz como modelo de imitación para todos los fieles. Que veneren la memoria de tan ejemplar mujer e invoquen su nombre con devoción y súplica, para que ella interceda en nuestro favor ante el Señor Jesucristo, el Santo entre los Santos.

Junto a la bienaventurada Virgen María, la Iglesia manifiesta especial veneración a los que han seguido fielmente a Jesucristo, y los pone como ejemplo para el pueblo cristiano. Son los Santos. En ellos aprendemos el camino que lleva a la unión con Cristo. Pues la identificación con el Señor manifiesta la bondad de Dios Padre que colmó con la gracia del Espíritu a tan fieles seguidores.

"Si vemos cosas extraordinarias en los santos - decía la Beata Ángela de la Cruz - todo es de Dios y a Él solo se le debe glorificar, alabar y bendecir. Porque los santos no toman otra parte en estas cosas que la grande fidelidad con que hacen en todo la voluntad de su amado Señor y por esto son dignos de alabanza; pero esta alabanza no se les da por lo extraordinario que hay en ellos, porque esto es de Dios, sino porque han sido fieles. (...) ¿Y qué más hacen los santos? ¡Ah! , ellos mueren de amor y desean derramar hasta la última gota de su sangre por su dulce Amado; pues bien, yo, a imitación de ellos, quiero morir de amor, quiero derramar mi sangre unida a mi dulce Dueño en el Calvario; quiero ser muy fiel a mi Dios, quiero hacer en todo la voluntad de Dios. Si como, si bebo, si descanso, si trabajo, si pienso, si me muevo, si respiro, todo con la pureza de intención de que todo sea en Dios, por Dios y para Dios y todo para agradarle" (Papeles de conciencia, 366-367).

Como nos recomienda el Concilio Vaticano II, tenemos que venerar a estos "amigos y coherederos de Jesucristo, hermanos también nuestros y eximios bienhechores; rindamos a Dios las debidas gracias por ello, invoquémoslos humildemente y, para impetrar de Dios beneficios por medio de su Hijo Jesucristo, único Redentor y Salvador nuestro, acudamos a sus oraciones, ayuda y auxilios" (Lumen gentium 50).

Entre esos santos, y así reconocida por la Iglesia, la beata Ángela de la Cruz.


I - VIDA Y VIRTUDES DE SOR ÁNGELA

Ángela de la Cruz nace y muere en Sevilla. Hija de una familia pobre y en una ciudad que rezumaba abundancia de grandes valores históricos, culturales, religiosos... Pero, también, con enormes cruces de exclusión social, pobreza, injusticia...

Muy joven que se pone a trabajar en una doble ocupación: un pequeño empleo, para ayudar a su familia; y el cuidado de su vida espiritual, poniéndose bajo la dirección del sacerdote José Torres Padilla.

Como Dios la quería para otros conventos, los deseos de Ángela de formar parte de una comunidad Carmelita o de Hijas de la Caridad no llegan a cumplirse. Ella fundaría una pequeña comunidad que se dedicara a contemplar los misterios de Dios y a servir a los más pobres. Había nacido la Compañía de las Hermanas de la Cruz.

Aprobaciones oficiales, más Hermanas, nuevas casas, y Sor Ángela, pobre en las cosas de este mundo y rica en virtudes evangélicas, se abraza a la cruz de la muerte para vivir definitivamente con el Señor Resucitado. Toda esta vida, tan sencilla y admirable, discurría entre 1846 y 1932.

En 1982, y en Sevilla, se reconocieron sus méritos y virtudes al ser beatificada. Muy pronto será proclamada y propuesta a la Iglesia como Santa.


Virtudes evangélicas

Si en los santos resplandecen las mejores virtudes evangélicas, y todas ellas tan relacionadas que van siempre unidas, sin embargo, en cada persona, y en la trayectoria de su vida, aparecen algunas virtudes que sobresalen e identifican a este santo.

"Pues el alma - escribía Sor Ángela - cuando va saliendo de su ignorancia y en la oración se encuentra con las virtudes practicadas por Nuestro Señor, su Santísima Madre y los santos; cuando conoce su grandeza, su excelencia y lo agradable que es a Dios el que está de ellas adornado, se admira de su belleza, y prendada de su hermosura hace firme resolución de hacerse dueña de todas, cueste lo que costare, y por eso trabaja sin descanso hasta hacerse de las joyas espirituales que son las virtudes" (Papeles... 387). Sobre todo, en la Compañía de las Hermanas de la Cruz habían de sobresalir las virtudes de la perfecta obediencia, grande pobreza, abnegación completa, extremada humildad, amor a la penitencia, grande caridad y amor al trabajo (Papeles... 349).

Con letras bien grandes se había de poner en las paredes de la casa: abnegación, pobreza, penitencia, oración (Cartas al P. Torres Padilla, 442). Virtudes grandes son éstas, pero prestadas en este mundo (Papeles... 391). Sólo en la gloria, y como premio a fidelidad, brillarán en las Hermanas y "formarán su palma por toda la eternidad" (Papeles... 407).

En Sor Ángela de la Cruz brillaron, de forma eminente, la fidelidad constante, la humildad en la grandeza del amor, la alegría en la pobreza y la caridad sin medida.

Fidelidad constante

Se quejaba Sor Ángela, en su intimidad, de la lucha que tenía que llevar entre lo que Dios le pedía y su temor a no ser tan fiel como ella deseaba. Así nos lo cuenta ella misma: "me entró mucha tristeza, nada me alegraba; yo casi lloraba sin poderlo remediar, se me aumentaba el aborrecimiento del mundo y de todo lo terreno. Pero lo que sentí principalmente fue que por un lado conocía muy claro lo que Dios me pide, y por otro mi poca fidelidad en corresponderle; esto me hacía penar en la presencia de Dios, pero penaba de una manera dulce y teniendo un vivo deseo de enmendarme y llegar hasta donde Dios quiere que llegue" (Papeles... 248).

Es propio de la fidelidad este noble sentimiento que nace de un deseo insondable de unión con la voluntad y el querer de Dios. Pues la fidelidad no es una fría constancia en los propósitos, sino un amor que cada día exige mayor identificación con Jesucristo. ¡Qué bien refleja Sor Ángela este sentimiento de la fidelidad!: "Uno de estos días conocía con bastante luz la fidelidad tan grande que Dios me pide y cuánto me falta para ser fiel a Dios, que todo se lo merece. Esto me producía mucha pena por mi poca ligereza en el servicio de mi Dios, yo no debo correr sino volar, y algunas veces tengo tanta pereza que me quedo quieta y ni aun siquiera ando" (Papeles... 258).

Sor Ángela deseaba ser fiel con todo su corazón a la voluntad de Dios, pero le parecía que ella no era el instrumento adecuado para realizar la obra que se le pedía. Esa obra no era otra que la misma fundación y cuidado de la Compañía de las Hermanas de la Cruz. La Fundadora no se consideraba ni fuerte ni digna, pero ella se mantendría en fidelidad abrazándose a la cruz de Cristo.

Humildad en la grandeza del amor

Sor Ángela lo había oído decir a su director espiritual, don José Torres Padilla: "Si quieres ser bueno, sé obediente y humilde; si quieres ser más bueno, sé más obediente y más humilde; si quieres ser buenísimo, sé obedientísimo y humildísimo".

Nuestra Santa lo diría, en una síntesis admirable, con estas sencillas palabras: "La humildad no tiene fin, es como el mar". Un mar ilimitado de sufrimiento y de resignación interior para encontrar siempre el amor del Señor. No se trata de reconocer o limitar la propia valía, sino de proclamar en todo la grandeza de Dios.

Sólo el pensar en su posible falta de humildad le hacia llorar: "En la tienda, cada día tengo más motivos para llorar en la presencia de Dios mi falta de humildad". (...) Yo clamaba a Dios y a su Santísima Madre pidiendo paciencia, lo sufría por Dios resignada, como podía, porque parecía que no lo estaba; me conformaba con la voluntad de Dios en todo, me hacía la cruz en la frente; en fin, obedecía..." (Papeles... 194).

Como es obvio, Sor Ángela no intentó nunca hacer filosofía moral de la historia, sin embargo hay entre sus escritos algunas páginas, verdadera y atinadamente sorprendentes, sobre el siglo XIX, en las que va haciendo un parangón entre la humildad y la soberbia:

"Mis armas son muy contrarias a las tuyas; pero lo verás cómo te venzo y te confundo. Tus armas son la soberbia, el deseo de ser y elevarte sobre los demás, que te conozcan y que te alaben; y en fin, te parece que eres superior a todos y si fuera posible mandarías que te adorasen. Pues yo te hago frente con la humildad; una vida oculta, desconocida y de humillación con el conocimiento de mi nada y siempre nada, que me lleva hasta abrazarme con gusto con los desprecios y ponerme bajo los pies de todos, me hace superior a ti; porque en esta humillación está el principio de toda grandeza; porque Dios premia a los humildes concediéndoles abundantes gracias con las que se hacen agradables a sus divinos ojos y los ensalza y los eleva hasta su gloria. Pues mira, mira cuánto subo, mira la ventaja que te llevo, pues llegará el día de mi grandeza y será muy superior a la tuya y parecida a la de los ángeles y nunca se acabará porque será eterna" (Papeles... 253).

A medida que Sor Ángela crecía en humildad, también iba reflexionando sobre el mismo concepto de esa virtud. "Ahora pienso de otro modo, conociendo que la verdadera humildad consiste en el conocimiento de mi nada; conocer que, si tengo algo bueno, es de Dios; y si malo, mío. Y ¿por qué no ser agradecida a Dios cuando nos hace algún beneficio? ¿Por qué privar a nuestra alma de conocer lo que Dios hace con ella, aunque sea una miserable pecadora, para despertar más y más la gratitud y el deseo de serle fiel? Esto no solo no se opone a la humildad, sino que es conveniente; y esto, junto con la obediencia, me hace hablar sin rodeos" (Papeles... 301).

En agosto de 1875, Sor Ángela escribía una de las páginas más hermosas sobre la humildad. La soberbia, dice nuestra Santa, es la hidropesía espiritual que ha causado la vanidad. El remedio: la humildad, que es la contemplación de Dios como lo más admirable y querido. Dios lo es todo. Infinito, perfecto y digno del más grande amor. Humildad con Dios, para con nosotros mismos y para con los prójimos. Pero habría que añadir un cuarto punto de humildad, que no es comprender sino sentir. "No está en la mano de la criatura el poder alcanzar por mucho que se trabaje, sino por un beneficio de su Amado y dulce Dueño y Señor; y tanto no está en su mano, como que ignora la causa sintiendo sus efectos" ¡La humildad no tiene fin, como el mar! (Apuntes de ejercicios y retiros, 413-414).

Sor Ángela sabe lo que vale esta virtud y desea poseerla, pero se queja de que el amor propio la vence. Así lo escribía en los Apuntes de Ejercicios: No solo se necesita la humildad de entendimiento, sino la humildad de voluntad, que es el amor a la humillación. Pero, "una cosa es amar y desear, y otra practicar; y más esta virtud que es la que más lastima el amor propio (...) Sin humildad o sin poner los medios para conseguirla, no es posible la perfección que deseo" (Apuntes..., 487).

El ejemplo, para tan alta perfección, no podía ser otro que el mismo Jesucristo, que se hizo el último de los hombres. "Hice otra meditación de la humildad. Y estudiando en el ejemplo que nos da Nuestro Señor Jesucristo, que siendo la santidad misma y el justo por excelencia se hace el último de los hombres, abrazando lo más bajo, la abyección, la nada, y yo de qué distinta manera obro.

Y se me pusieron delante las ocasiones de humillación que algunas veces se me han presentado y siempre he desmentido. Lo más que he hecho algunas veces, después que he desmentido y he cometido la falta, entonces me he reconocido, pero siempre huyendo la humillación, no queriendo aparecer culpable, justificándome y disculpándome a más no poder. Qué confusión se experimenta, cuando se ve esta conducta, considerando la humildad del Corazón adorable de Jesús.

También se me hiere mucho el amor propio cuando humillan a la Institución, olvidándome que la humillación debe ser el distintivo de la Compañía y su mayor gloria la debe cifrar en ésto; y así lo he conocido yo siempre y ahora parece que no estoy firme en estos principios, cuando tanto huyo de lo más esencial de la Hermana de la Cruz, que es la humillación" (Apuntes... 533).

En cada una de estas palabras se percibe la profundidad del amor de Sor Ángela a su Dios y Señor.


Alegría en la pobreza

El camino de la alegría pasa delante de la casa de la pobreza y del desprendimiento. El vacío de no tener y poseer las cosas de este mundo se llena y rebosa con la alegría, que es el premio al desapropio de todo. Al final, la alegría no es sino el contento de saberse querido y amparado por Dios. "El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres" (Salmo 125).

Sor Ángela llora de contento al ver que sus primeras compañeras viven la "perfecta alegría" de quedarse sin comer por haber dado su tiempo y su alimento a los pobres. Siente una profunda alegría al comprobar el sacrificio de las Hermanas en la ayuda a los moribundos apestados, a los pobres más desvalidos.

¿De dónde viene esa alegría que rezuman los conventos de las Hermanas de la Cruz? Se podrían ir buscando razonamientos y circunstancias, pero nada explicaría la verdadera causa de la alegría, que no es otra que el estar abrazadas a la cruz: "¡Ay, Dios mío!,¡Qué dulces son las penas llevadas por tu amor! Llevar con alegría todos los trabajos y penas que Dios me mande. Abrazarme con la cruz y llena de gozo venerarla con grande respeto y darle muchas gracias a Dios, que así lo dispone para mi bien y su gloria" (Papeles... 207). "Qué alegría tengo!... Voy a desprenderme de todo para siempre, ya voy a quedar pendiente de la cruz con mis tres votos. ¡Ay, qué santa es la alegría que siento! Está oculta en lo íntimo de mi alma, pero a mí no me ocupa otro pensamiento: toda consagrada a Dios, sin familia, sin nada terreno, únicamente a Dios y a mí Madre María y a mis hermanos los santos. Este mundo será para mí una sombra" (Papeles... 221).

En ese supuesto diálogo con el siglo XIX, del que hablábamos antes, Sor Ángela descubre el secreto de la alegría: "Y en vez de apartar de mí al que padece, como tú haces, porque su presencia ataja el paso a tus deleites, yo le socorro en lo que puedo y estoy dispuesta hasta a sacrificar mi vida por aliviar sus penas y de este modo hacérselas más llevaderas. Si tú supieras la felicidad que siente y la alegría de que es bañada el alma de quien así lo practica, dirías que tengo razón en decir que soy más dichosa que tú.

Pero son tan abundantes los placeres puros y los gozos santos de los que sirven a Dios, que yo no los puedo decir; pero diré uno para acabarte de confundir, y es el que recibe el alma cuando entra en su pecho su dulce Amado" (Papeles... 255).

El amor de Dios lo llena todo de gozo, supera las penalidades de la vida; inunda el alma de consuelo y de paz. "Ama, y su amor no la deja estar quieta hasta encontrar la vida de la cruz y del sacrificio; y cuando la encuentra, cuando se ofrece a su Dios como víctima para en nada gozar, entonces encuentra en su corazón un lleno que la inunda de un gozo superior a todo gozo. Es porque ha encontrado el modo de imitar a su Amado en las virtudes y en la vida del sacrificio; y por esto siempre se ve contenta a la persona que ama a Dios" (Papeles... 350-351).

Una señal de la exquisita delicadeza de Sor Ángela es la de su comportamiento con las Hermanas: "Procuraré mucha igualdad en el semblante, que aparezca una moderada alegría, con una sonrisa que les pruebe que estoy contenta, a fin de no apurar a las Hermanas. Y tengo que trabajar en esta igualdad" (Apuntes... 507).

Se podía hacer un paralelismo entre el capítulo de la "perfecta alegría" de las florecillas franciscanas y los "recuerdos" de Sor Ángela: siempre resplandece el gozo de poder ofrecer algo a Dios y de servir a los hermanos.

Caridad sin medida

El pensamiento de San Agustín estaba muy presente: "La medida del amor es un amor sin medida". Y sin medida, por incontables, son los actos heroicos de amor fraterno de Sor Ángela. Era el suyo un corazón que se sentía abrasado por el amor de Cristo que colmaba las más santas inquietudes de su vida. "Mi corazón, escribe en sus Papeles de conciencia, se multiplica para ser entero para cada uno de los pobres que se ven necesitados, y me ocupo de sus penas como mías" (267).

Dios le había dado a Sor Ángela el don de la caridad. Y ella amaba tanto a los que padecían necesidad que no tenía valor para separarse de ellos. "Así lo dispuso tu amor y así me lo inspiras a mí para que, sumamente pobre, retirada del mundo, muerta a la familia y todo lo que no sea Dios, me entregue, desnuda hasta de lo necesario, a la penitencia y a la oración; pero cuando conozca que puedo ser útil al prójimo, nada me detenga, y corra a prestarle aquel alivio que Tú me inspires, volviéndome al retiro a imitación de los ángeles que después de consolarnos, vuelven a su mismo estado de gloria" (Papeles... 210).

La regla y norma de vida estaba muy clara: "unir la penitencia y la oración con el servir a los hermanos. (...) Mi Dios hecho hombre por ellos y derramando hasta la última gota de su sangre, y yo, a imitación suya, aunque nada les pueda dar, tendré el consuelo de llorar con ellos y sentir sus penas" (Papeles... 298).

En la misión de la Compañía de las Hermanas de la Cruz estaría, en primer lugar, la caridad fraterna: "El objeto principal de la Compañía es unir la vida retirada y penitente con el servicio de los prójimos; es unir la vida activa con la pasiva; es imitar en todo a Nuestro Señor, primero en su vida oculta y penitente, en su pobreza y desnudez de todo lo terreno; y segundo en su vida pública haciendo bien a todos y en particular a los enfermos" (Papeles... 329).

La caridad con todos, también en la vida de comunidad de las Hermanas. De una manera particular en la corrección fraterna, que es obligación de la Hermana mayor. Una vez más, resplandece la caridad y delicadeza de Sor Ángela cuando recomienda: "Debe ser muy grande el amor que debe tener a sus Hermanas, mirando en cada una de ellas una víctima ofrecida a su Dios y dispuesta a morir en el Calvario. Un amor tierno y respetuoso la debe animar para corregirlas, sin dejarles pasar ni la cosa más sencilla. Pero esta corrección debe ser muy dulce, y al mismo tiempo que les haga conocer sus defectos, debe estar dispuesta hasta ponerse a sus pies conociéndose indigna de corregir a una sierva de Dios" (Papeles... 336).

Y si una hermana está pasando por dificultades y tentaciones, la superiora ha de tratarle de tal manera que "sus palabras deben ser gotas de almíbar para endulzar la amargura que se encuentra en la que así es probada" (Papeles... 362).

¿Quién derramó el bálsamo de consuelo en esos corazones, donde no hay más que amargura y peligros? Sor Ángela se hace la pregunta. La respuesta es su propia vida entregada al servicio de los pobres, conforme a la lección que aprendía a diario en la escuela del amor insondable y misericordioso del corazón de Cristo.

Esta ha sido la vida y éstas las virtudes que más resplandecieron en la beata Ángela de la Cruz. Es muy difícil encontrar explicaciones meramente humanas para una vida tan admirable y heroica. La mano de Dios estaba con ella. Y las de Sor Ángela bien asidas a las de su Señor. Dios lo explica todo. Sin Él no hay explicación posible. Y Dios había tomado de su cuenta a su humilde sierva Ángela.


II - "DIOS NOS HA TOMADO DE SU CUENTA"

Cuando Sor Ángela va describiendo cómo ha de ser la casa donde vivan las Hermanas, quedan en penumbra los espacios y las cosas y va apreciándose una misteriosa presencia de Dios en todo. Es la sacramentalidad que hace de los signos más insignificantes un instrumento para el encuentro con el Creador de todas las cosas. Una casa donde reina un profundo silencio, sus paredes blancas, todo muy limpio. En los corredores, las estaciones del Vía Crucis. El dormitorio, que ayude a meditar en la muerte...

San Anselmo le había pedido a Dios "dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte" (Proslogion 1). Sor Ángela sabía muy bien dónde estaba Dios y cuál era el camino para el sublime encuentro por el que aspiraba continuamente su alma. Toda su vida no era sino un deseo de ver la mano providente de Dios en todas las cosas. ¡Tu rostro buscaré, Señor!, puede decir con el salmo (27,8). ¡Que brille tu rostro y nos salve! (31,17). Pero también siente en muchas ocasiones el amargor de la noche oscura y tiene que suplicar: ¡No me ocultes tu rostro! (27,8) ¿Por qué me lo escondes? (44,25). ¡Haz brillar sobre nosotros tu luz! (4,7). Y el rostro resplandeciente de Dios, humilde y crucificado, aparece en el amor de nuestro Señor Jesucristo.

La experiencia de Dios en Sor Ángela no es la de un encuentro ocasional y de unos momentos de intimidad con el Señor, es ver continuamente la presencia del Creador en todas y cada una de sus acciones. Ella está rebosante del amor divino y donde pone los ojos, los deseos, el dolor..., allí encuentra a su Dios. Metido en las más recónditas honduras de lo humano y transcendiéndolo todo.

Dios es el Padre bondadoso que protege y cuida, sobre todo a los más pobrecillos. En medio de tanto dolor, pobreza y desvalimiento, Sor Ángela recita, una y otra vez, las peticiones del Padrenuestro. Pues muy alto es el concepto que Sor Ángela tiene de Dios. Lo es todo y por Él ha de hacerse todo. Y mirar en todo a Dios. Pero también llega la noche oscura de la tribulación. El consuelo y la luz vendrán de Dios, pues en Él reside la misericordia. El amor divino quema su alma y la llena de ansias del encuentro con el Dios vivo que llega crucificado. El amor de Dios lo contempla vivo y cercano en Cristo.
Hablar con Dios, escuchar su palabra y responder con la misma vida, será propósito continuo. Pues solamente escuchando Dios se le puede contemplar en Jesucristo.


Dios se lo pague a Dios

Sor Ángela era la Superiora general. Reelegida una y otra vez con la anuencia de Roma. Pero esa dispensa no se concedió en el Capítulo del verano de 1928. Así lo relata José María Javierre: "Reunido de nuevo el Capítulo, leyó Lorán la orden. Quedaron las Hermanas estupefactas; no concebían semejante cosa. Sólo «madre» conservó la serenidad. Se arrodilló ante el visitador, le besó los pies antes que el sacerdote reaccionara y le dijo una frase prodigiosa: «Dios se lo pague a Dios», significando que en el episodio veía clarísima la voluntad divina" (o.c. 128).

Dios es el bien, el único bien, el todo bien, como lo había aprendido en la escuela de la espiritualidad franciscana. "Dios mío, mi todo, mi descanso, mi bien, mi fuerza, mi vida, mi gloria, mi única gloria. Esta es la dicha, padre mío, superior a toda dicha, la que nace del conocimiento de Dios y el conocimiento de nuestra nada; pero esta nada profundizada hasta el infinito. Yo no sé si me explicaré, pero así como el pez se encuentra en el mar sin encontrar más que agua, así se encuentra el alma en esta nada sin término. Pero cuánto goza, como que de este mar de su nada y confusión sale purificada para entrar en el mar del amor y unión estrechísima con su Dios, que es un mar de felicidad sin fin; no porque esté libre de padecer, sino porque sólo en penar goza. Pero no, es que la criatura que vive en Dios no vive a nada, ni en las cosas espirituales encuentra consuelo; sólo en su Dios y en su Dios solo. Sólo, sólo Dios y mi Dios solo" (Papeles... 415).

Como Dios es quien puede dar la salud a los enfermos, el que cuida de las Hermanas, todo ha de hacerse por amor de Dios y por Dios sufrir todo lo que cuesta trabajo, en resignación con lo que Él dispone y amarle cuanto le es posible a una criatura. "Dios me pide mucho y yo, si fuera posible le daría más de lo que me pide. (...) Dios mío, que mis miserias me llenan de confusión en tu presencia; pero tú lo sabes que te amo mucho, muchísimo y que muchísimo más te quiero amar" (Papeles... 193).

En alguna ocasión, Sor Ángela piensa que sus pequeñas imperfecciones le alejan de Dios, pero reacciona enseguida manifestando su deseo de estar muy unida a su Señor. "Con esta conformidad de voluntades todo lo veré tan bueno, todo para nuestro bien; y que haya penas o alegrías, trabajos o descanso, nada alterará la paz de mi alma ni me apartará de la unión con Dios" (Apuntes... 490).

Abandonada en las manos de Dios, y no queriendo sino hacer la voluntad divina, se afana en practicar todas las virtudes, pero no sólo repara en la dificultad, sino que se da cuenta que algo tan sublime e importante tiene que venir necesariamente como un regalo de la bondadosa misericordia de Dios. Habrá, por tanto, que abandonarse y crecer en humildad delante de Dios. "Yo decía: Sólo tú, Dios mío, puedes hacer que el alma llegue a cosa tan alta. Si con tu gracia lo consigo, eres Tú el que has obrado en mí. Y esto producía un agradecimiento tan conmovedor en mí, que me hacía derramar lágrimas al ver la bondad de Dios en una criatura infiel; este agradecimiento, como no era mío, sino de Dios, que me lo daba para que le diera gracias por sus beneficios, no se puede explicar.

Sentí tanto deseo, en agradecimiento a tan señalado beneficio, de serle muy fiel a mi Dios, y no poner óbice a nada de lo que quiera de mí; porque aunque Dios lo hace todo, pero la criatura tiene que poner de su parte para corresponder a los favores de Dios. Entonces me encontré con un deseo de corresponder a Dios con esta rectitud, ni por ser más santa ni tener más virtud, sino por agradecer a Dios y pagarle con lo único que puedo que es con la fidelidad" (Apuntes... 494).

No cabe la menor duda que entre las virtudes más sobresalientes de Sor Ángela estaba la del agradecimiento y la alabanza a Dios, que son fruto de la humildad. Tan grande esta el deseo de reconocer la bondad de Dios, que solamente podría hacerse de una manera: "Que Dios se lo pague a Dios".


No me escondas tu rostro

En medio de un día tan radiante de amor a Dios, también llegaban los momentos de noche oscura. "Por la mañana sentía mucha contradicción, no podía sufrir; me resigné con la voluntad de Dios uniéndome a mi Jesús en el Calvario. Después he tenido muchas angustias, no encuentro a Dios, en la oración he estado peor que otras veces.¡Dios mío!, haz de mí lo que quieras, pero tengo muchas penas; todas te las ofrezco" (Papeles... 200).

En la palabra Dios y en la obediencia a su director espiritual sentía descanso ante "unos escrúpulos tan grandes que me hacían desmayar. Yo hacía muchos actos de amor de Dios y pedía perdón a Dios y desechaba, conforme con la voluntad de Dios en todo. (...) ¡Ay, Dios mío, y qué incomprensible eras hablando en el interior de las almas! Sin ruido de palabras, Tú dices cosas extraordinarias y haces heridas profundas de amor y haces derramar lágrimas más dulces que la miel" (Papeles... 202, 386).

Si Dios así repartía de los tesoros de su misericordia, ante ello sólo se podía hacer una cosa: corresponder a las gracias recibidas haciéndolo todo, hasta a las acciones más insignificantes, con la más pura intención de agradar a Dios.

El fuego del amor de Dios, que el Espíritu había puesto en su alma, le quemaba de tal manera que sentía una enorme responsabilidad ante tanta gracia como se le había dado. Pensaba en la hora de dar cuenta veía su pobre alma llena de imperfecciones. Pero Dios estaba cerca: "Yo temblaba; pasó pronto, pero en aquel momento me pareció como que no tenía remedio y acudí a los actos de fe, esperanza y caridad y pedí perdón a Dios y me quedé tranquila. (...) Cuántos motivos de temer. Pero yo, amado Jesús mío, me voy corriendo al pie de la cruz y echo mi cabeza sobre tus sagrados pies para que tu sangre preciosa caiga en mi alma y quede blanca como la nieve, y no quiero levantarme de tus pies hasta que pronuncies mi sentencia, que no dudo, porque el Padre me lo asegura, que será favorable" (Papeles... 274).

El hondo sentido de la caridad y de la compasión, que inundaba la vida de Sor Ángela la lleva, incluso, a tener remordimiento de como trata a su pobre alma. "Y ¿cómo me he portado con mi alma? ¡Ah, pobre alma! , Yo le he dado muerte, yo la he privado de las riquezas con que su Dios la dotó, no he tenido compasión de ella y he sido la causa de su ruina. Pero mi Dios, siempre misericordioso, mientras que yo hacía por arrojarla a los infiernos, oraba por ella, velaba por ella, padecía por ella, y moría por ella" (Papeles... 373).

No podía quedar la menor duda: solamente la misericordia de Dios podía llenar de luz la noche oscura de las tribulaciones de Sor Ángela.


Ansias del Dios vivo

Que el corazón de Sor Ángela ardiera en amor a Dios, puede comprobarse en cada momento de su vida. También ha quedado grabado en sus escritos. Pues solamente Dios hace "vivir con su vida, amar con su amor y brillar con su luz" (Papeles... 278).

El hambre de Dios es insaciable. Por su amor se deja todo y el premio es el consuelo en la cruz y en el sacrificio. "Cuando se ofrece a su Dios como víctima para en nada gozar, entonces encuentra en su corazón un lleno que la inunda de un gozo superior a todo gozo. Es porque ha encontrado el modo de imitar a su Amado en las virtudes y en la vida del sacrificio; y por esto siempre se ve contenta a la persona que ama a Dios. De modo que en estas palabras se encierran las virtudes que necesitan estas Hermanas, para poder abrazar la vida que las debe llevar al cumplimiento de las demás. Y son éstas: Creo en Dios. Espero en Dios. Amo a Dios. Fe que las ilumine. Esperanza que las sostenga. Amor que las abrase y generosidad, hasta consumar el sacrificio con la muerte. Amén" (Papeles... 350-351).

El amor de Dios no aleja de los demás. Las Hermanas "aman a sus padres y parientes hasta con ternura, porque la virtud hace los corazones sensibles, y se engañan los que creen que con ésta viene la dureza" (Papeles... 397).

Un deseo incontenible de amor a Dios llenaba su alma y empapaba de caridad todos y cada uno de los instantes de su vida. El deseo se unía a la humildad, y el amor al empeño de servir a los más queridos de Dios. Sor Ángela no puede vivir sin Dios y sin los pobres. "Dios mío, te amo; te adoro con todas las veras de mi corazón y de mi alma. Pero ¿te amo y no soy tan perfecta como Tú quieres? ¿Te amo y no hago más, mucho más, para agradarte? ¿Te amo y soy ingrata a tus beneficios? ¿Te amo y no vuelo a la perfección más elevada? ¿Te amo y no muero de dolor por haberte ofendido? ¿Te amo y no me consume el celo por tu gloria? ¿Te amo y en vez de arder en esa dulce llama de caridad estoy helada como la nieve y fría como la salamanquesa?

Pues, te amo, Señor, y sin ti no puedo pasar, no puedo vivir. Tú eres la vida de mi vida, el alma de mi alma, la alegría de mis alegrías, el gozo de mi gozo. Tú eres mi todo. Tú eres mi gloria. ¿Cuándo, Dueño mío, me veré libre de todo lo que detiene mi vuelo a tus brazos para no separarme de ti?" (Papeles... 260).

Tengo ansias del Dios vivo. Sor Ángela vive continuamente ese santo deseo y, para saciarlo, ha encontrado el mejor, más puro y más abundante de los manantiales: la identificación con Jesucristo, servidor y amparo de los pobres.

Jesucristo es el Señor

Los santos Padres aconsejan, como ejercicio de piedad, meterse por la herida abierta que la lanza del soldado ha dejado en el costado de Cristo. Que sea la llaga bendita como puerta por la que uno se adentre hasta el mismo corazón del Señor. Contemplar y sentir con Cristo. Dejarse quemar por un fuego tan vivo de amor que la muerte se vuelva esperanza. Mas la belleza de las palabras puede confundir al pensamiento y hacerle creer lo que la razón le niega y llevarle a la nube ficticia de la evasión y del sentimentalismo y cerrar los ojos al mundo de lo real y dejarlos abiertos nada más que para la ilusión espiritualista.

Es el amor de Cristo el único que hace posible creer, con toda la fuerza del alma, lo que desborda nuestro entendimiento. Es otra sabiduría, son otros razonamientos. Es un amor inmenso que todo lo explica, que allana todas las dificultades. Sor Ángela quiere estar así: bebiendo en el manantial de gracia que brota de la redención obrada por Cristo: "La sangre que brota de las llagas del Salvador llega hasta el alma como bálsamo que la conforta y como perfume suave que la recrea, haciéndola perseverar hasta el fin, inundándola de gozo y arrebatándola en amor; amor que la hace salir fuera de sí misma hasta unirse con su Dios, que la abrasa en el fuego de su amor. Y Dios crucificado por la criatura, y la criatura por su Dios. He aquí esta perfecta unión en que el alma dice con verdad aquello del Apóstol: «Vivo yo, mas ya no soy yo, sino que Dios vive en mí»" (Primeros escritos 178).

Con alguno de sus escritos, Sor Ángela de la Cruz podría figurar entre los escritores místicos más destacados de nuestra literatura espiritual. Sirva de ejemplo esta página sobre el corazón de Cristo:

"Qué impresión tan íntima y dulce se siente, al conocer de un golpe ese amor, esa ternura del corazón de nuestro Dios y esa amorosa solicitud de nuestro Padre celestial. Y qué pena, cuando echando una mirada a nosotros mismos, vemos que con nada podremos nunca corresponder a ese Dios, que es todo nuestro y que no mira más que nuestra santificación. Él todo lo sufre, El espera; y con una paciencia infinita oye quejas que desprecian sus beneficios. Y todo lo paga con llamar al alma a solas y descubrirle los secretos de su amor, en orden a su santificación.

Esto, dulcísimo Jesús mío, es lo que has hecho conmigo, yo estaba en tinieblas, nada veía; quería sacudir el peso que me oprimía; quería echar fuera de mí la cruz, siquiera por algunos días.

Y Tú, ni te disgustas ni apartas de mí tu misericordia, sino que me concedes beneficios sobre beneficios. Me das a conocer todo lo que he recibido y a lo que no he correspondido, por lo que mi deuda es grande; y Tú, compadecido de mí, me das ocasiones para poder satisfacer, si no todo, parte; pero que si no acepto voy a aumentar la deuda.

Y sigues dándome a conocer cómo en todo lo que me pasa es tu amor el que obra para mi bien. Si llamo a las puertas de tu corazón abrasado y permanecen cerradas, conozco que es tu amor quien las cierra, porque así lo merezco por mi flojedad y para que aprenda a clamar y a pedir, y que trabaje y no me deje llevar de la pereza.

Si estoy fría, conozco que es tu amor el que me pone tan fría, para que aprenda a amar, y también para que pague el tiempo que Tú con un amor ardiente me llamabas para prenderlo en mi corazón y yo,distraída con las criaturas y conmigo misma, no acudí a tu llamamiento.

En fin, Dios mío, todo lo merezco y en todo veo tu amor para con mi pobre alma; así es que quiero ser muy agradecida. Y como nada soy, Dueño de mi alma, no encuentro otra cosa para probarte mi agradecimiento que aceptar todo lo que Tú me envíes, así sean los mayores trabajos, penas y contradicciones, como pruebas de tu amor y como castigo merecido a tanta infidelidad, y en expiación de lo mucho que debo" (Apuntes... 523).

Madre Angelita quería vivir abrazada a los pies de Cristo crucificado y tener como escuela de enseñanza el mismo Calvario: "con mi Jesús crucificado pasar las penas y las alegrías; allí aprender y enseñar, y vivir y morir" (Apuntes...462).

En Cristo encontrará el consuelo y la fortaleza. "Pero entonces la fuente casi se ocultaba y aparecía Nuestro Señor Jesucristo crucificado, derramando un torrente de sangre de su divino costado y como diciendo: Yo soy la fortaleza; de mí lo han recibido todo. Yo soy el que las sostiene; por mí perseveran. Yo con mi sangre y mi muerte las he santificado y les he ganado la gloria.

Yo con esto me sentía con más confianza y me arrojaba a los pies de mi Señor pidiéndole hiciera conmigo lo mismo, para con su ayuda llegar a aquella perfección, y le ofrecía una voluntad dispuesta a hacer la suya en todo.

Pero enseguida aparecía Nuestro Señor resplandeciente con la misma luz de la fuente y una corona hermosísima que no era de espinas, pero no sé de lo que era; estaba resplandeciente, pero crucificado. Un alma sola se encontraba al pie de la cruz; estaba en la misma actitud que las de la fuente contemplando a su Dios, y absorta; pero no estaba iluminada. Esto lo vi con mucha claridad, pero pasó con mucha rapidez" (Papeles... 279).

Todo ello exigía una total unión con Cristo, que se entrega como víctima en la cruz, y una profunda humildad, para vivir en lo más escondido el gozo del encuentro con Dios. "Yo sentía en mi interior un llamamiento fuerte a conformar mí vida, en cuanto me fuera posible, con este sacrificio" (Papeles... 303).

Sor Ángela, sin pretenderlo, hizo la profecía de lo que sería su glorificación: "Algunas de estas almas, aunque tan crecidas en santidad, permite Dios que estén ocultas y que nadie tenga conocimiento de ellas guardando su gloria para después de su muerte. Su palabra no puede faltar, y estas almas tienen que ser ensalzadas en este mundo y en el otro para que se cumpla el que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado. Estas, que Dios quiere tan ocultas y escondidas, deben dar muchas gracias a su Dios, porque las ha librado de un enemigo terrible, como son las alabanzas con que el mundo saluda a todo el que a su parecer lo cree santo" (Papeles... 377).

Esta será también la gloria de las Hermanas. "Decía yo que hay mucha relación en estas dos cosas: la muerte ignominiosa de Nuestro Señor y la vida de las Hermanitas de la Cruz. Porque así como por esta muerte, su humanidad mereció tanta gloria, una gloria que es sobre toda gloria y su trono está tan cerca al de la Santísima Trinidad; así también, si estas Hermanas no ponen impedimento de su parte y la gracia obra en ellas, y esta Compañía llena los altos fines que Dios se ha propuesto al querer que nazca, tendrá también una gloria envidiable" (Papeles... 408).

Jesús es el fiador de Sor Ángela y de las Hermanas. La identificación con Cristo crucificado será siempre el mejor aval para la santidad.

III - QUE ELLA NOS TOME DE SU CUENTA

"Dios nos ha tomado de su cuenta". Estas palabras de la Beata Ángela de la Cruz serán, al mis
mo tiempo, una realidad que se veía cumplida en la historia de la naciente Compañía de las Hermanas de la Cruz, y, también, una profecía que se iba a realizar en la misma Fundadora.

Son muchas lecciones las que podemos aprender en la escuela de la vida de Sor Ángela. Todas ellas de imperecedera actualidad, pues no son sino reflejo del evangelio, de las bienaventuranzas, del mandamiento del Señor de llevar la Cruz y de amar al prójimo.

De una manera particular, quisiera subrayar algunas vivencias y actitudes especialmente significativas en la vida de Sor Ángela y que son, en estos momentos, tareas urgentes que realizar en nuestra vida cristiana:

  • Dios, lo primero. Necesitamos una fe profunda y viva. Estar atentos a su Palabra, que es Jesucristo. Escuchar al Espíritu que se nos ha dado y vive nosotros. Esta fidelidad al Espíritu guiaba permanentemente la vida de Sor Ángela.

  • Ese vivir "escondidos con Cristo en Dios", no aleja de los hombres, particularmente los más pobres, sino que, al contrario, es fuego que quema las entrañas en deseo de servir.

  • Los pobres serán el camino que Dios ha trazado en la vida de Sor Ángela para encontrarse más cerca de su Señor. Los pobres nos evangelizan.

  • La elevada contemplación de misterios tan sublimes se traducía en la vida de Sor Ángela en virtudes domésticas y cotidianas de sencillez, alegría, ternura, afabilidad, servicio a los demás... Todo lo había aprendido en el corazón de Cristo.

Dios ha tomado de su cuenta a la humilde Ángela Guerrero González y la ha llevado hasta la glorificación de Santa Ángela de la Cruz.

Nuestra Iglesia de Sevilla bendice a Dios en la santidad de sus hijos. Ángela de la Cruz está entre las figuras más resplandecientes de la historia de nuestra diócesis. Ella brilla por su fidelidad constante a la voluntad de Dios; por la humildad que llenaba de grandeza su incondicional amor a su Señor; por la alegría en la pobreza, que era glorificación de la bondad del Creador; por la caridad sin medida, en la que Cristo era honrado en los más pobres y desvalidos.

Con las mismas palabras que usaba nuestra ya próxima santa, Sor Ángela, acudiremos a la Santísima Virgen María: "Madre mía, Señora mía, Reina mía, maestra de la mansedumbre y de la humildad; enséñame que yo no deseo otra cosa que aprender de Vos, purísima, limpísima, hermosísima, blanquísima, bellísima, santísima María; mi esperanza, mi consuelo, mi felicidad, mi dicha..." (Papeles... 312).

Dios la había tomado de su cuenta. Y, ahora, glorificada, le pedimos que sea ella la que también nos tome a nosotros de su cuenta, para que, por su intercesión, el Señor nos conceda la gracia de seguir tan buen ejemplo como el que tenemos en la beata Ángela de la Cruz, y sirvamos con alegría e incansable caridad a nuestros hermanos.

+ Carlos, Arzobispo de Sevilla

Sor Angela de la Cruz

Santa Ángela de la Cruz recibirá en la Catedral los primeros homenajes populares

El domingo 4 de mayo, Juan Pablo II en un viaje rápido a Madrid, reconocerá título de Santa a Sor Ángela de Cruz Guerrero, Fundadora de la Compañía de Hermanas de la Cruz.

Monseñor Carlos Amigo Vallejo, Arzobispo de Sevilla, ha dispuesto en la Catedral sevillana un tríduo de acción de gracias para expresión de la alegría popular.

Instalados en la Catedral los restos sagrados de la nueva Santa, recibirán desde el viernes 9 de mayo al domingo 11 tributo de veneración y de amor de los fieles: visitas, oraciones personales y colectivas, encuentros de parroquias, peregrinaciones, etc.

Las celebraciones eucarísticas serán presididas por obispos relacionados con Sevilla. El domingo día 11, el Sr. Arzobispo celebrará Misa estacional. Por la tarde, el cuerpo de la Santa será restituido al sepulcro de su convento.

El Cabildo catedral de Sevilla acoge emocionadamente la decisión del Prelado, y considera un gran honor la realización del tríduo en su Catedral.

Los antiguos constructores de catedrales deseaban conseguir con ellas espacios amplísimos donde prácticamente cupiera la población íntegra de cada ciudad. En el bello cobijo de la Catedral, el pueblo se sentía en casa propia para dirigir al cielo plegarias colectivas; allí buscaba refugio y consuelo en jornadas de pena, allí mostraba su alegría en días de gozo.

La presencia de Santa Ángela de la Cruz en el templo corazón de la archidiócesis, significa el homenaje a nuestra humilde zapaterita que desde la casita de su barrio fue capaz de construir la maravilla de las Hermanas de la Cruz, pobres entregadas al servicio de los pobres, amadas por nuestra ciudad como joya preciosa al margen de cualquier ideología.

Sevilla, cuyo fino espíritu crítico somete a discusión cualquier acontecimiento, cualquier programa, cualquier iniciativa, ante el nombre Ángela de la Cruz adopta actitudes colectivas de respeto y de cariño.

Nuestra ciudad se siente feliz rindiendo homenaje familiar y colectivo a su amada Angelita, símbolo de renuncia a los intereses humanos, y de entrega, por amor de Jesucristo, al servicio de los más necesitados.

José María Javierre

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