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Madre
de los Pobres
Madre de los Pobres
Carta Pastoral de Monseñor Amigo Vallejo
Primeros Homenajes Populares

Madre
de los Pobres
"En la presencia de Dios, yo
pensaba:
cada mal tiene su remedio y ya no hace efecto en las criaturas lo que
han visto siempre. Se necesita que se levante como un gigante poderoso
esta
Regla, este predicador mudo del ejemplo, que pueda decir al mundo:
Tú no crees
si no que los que se consagran a Dios lo hacen por comodidad o regalo;
mira,
pues, mis obras, que te dicen lo contrario; y ya no tienes donde apoyar
tu
murmuración, porque sólo por amor de Dios me
abrazo con todo lo que a la carne
le hace contradicción; y no te burles, porque me declaro tu
enemigo.
Y ya empieza el combate. Mis
armas son muy contrarias a las tuyas: Contra soberbia,
humildad; contra
avaricia, pobreza; contra sensualidad, pureza; vida de
oración y penitencia.
Verás como te venzo y confundo" (Papeles de Conciencia).
"Hay
que hacerse pobres con los
pobres... Para aconsejar a los pobres que sufran sin quejarse los
trabajos de la
pobreza, es preciso llevarla, vivirla, ¡qué
hermoso sería un instituto que
por amor a Dios abrazara la pobreza, para de este modo ganar a los
pobres y
subirlos hasta El".
El pueblo la proclamó Madre
de los pobres. El Papa
Juan Pablo II, en su visita a España de 1982, en Sevilla, la
beatificó. Veinte
años después, el pasado 20 de diciembre de 2002,
se procedió a la lectura del
Decreto de canonización de la Beata sevillana sor
Ángela de la Cruz, después
de que el Colegio cardenalicio aprobara por unanimidad, el pasado
día 5 de
noviembre de 2002, el informe de los médicos y
teólogos sobre el milagro que
abre el camino de su próxima canonización, que
tendrá lugar, Dios mediante,
durante la visita del Santo Padre a España en los primeros
días del mes de
mayo de 2003.
Y porque fue pobre,
amó a los pobres. Sintió la pobreza en
su propia vida y se quiso identificar con el sentido cristiano de la
pobreza en
su entrega a los desvalidos.
No encontró ella
ningún modo mejor que éste de acercarse a
sus hermanos: siendo pobre como ellos. Y Dios le dio un
corazón tan grande que
la hizo madre de los pobres. Este es el gran lema que resume toda su
vida.
Buscó al pobre en su
casa. Fue a la casa de los enfermos
más necesitados para cuidarlos allí, en el calor
del propio hogar. Con este
fin fundó las Hermanas de la Compañía
de la Cruz, dedicadas a la asistencia y
socorro de los desheredados de este mundo.
Cuando murió, el 2 de
marzo de 1932, Sevilla la señaló
como un símbolo. Y la quiso con la gratitud maravillosa de
los pobres.
La Iglesia la presentó
al ejemplo de este mundo nuestro, tan
necesitado de caridad heroica.

Carta Pastoral de Monseñor Amigo Vallejo
Carta pastoral de Mons. Amigo ante la
canonización de Sor Ángela de la Cruz
SEVILLA (10-2-03).-
"DIOS
NOS HA TOMADO DE SU CUENTA" ( Febrero 2003 )
Pastoral del Arzobispo de Sevilla en la canonización de la
Beata Ángela de la Cruz
Porque en su vida resplandecieron las virtudes evangélicas,
la Iglesia quiere poner a la beata Ángela de la Cruz como
modelo de imitación para todos los fieles. Que veneren la
memoria de tan ejemplar mujer e invoquen su nombre con
devoción y súplica, para que ella interceda en
nuestro favor ante el Señor Jesucristo, el Santo entre los
Santos.
Junto a la bienaventurada Virgen María, la Iglesia
manifiesta especial veneración a los que han seguido
fielmente a Jesucristo, y los pone como ejemplo para el pueblo
cristiano. Son los Santos. En ellos aprendemos el camino que lleva a la
unión con Cristo. Pues la identificación con el
Señor manifiesta la bondad de Dios Padre que
colmó con la gracia del Espíritu a tan fieles
seguidores.
"Si vemos cosas extraordinarias en los santos - decía la
Beata Ángela de la Cruz - todo es de Dios y a Él
solo se le debe glorificar, alabar y bendecir. Porque los santos no
toman otra parte en estas cosas que la grande fidelidad con que hacen
en todo la voluntad de su amado Señor y por esto son dignos
de alabanza; pero esta alabanza no se les da por lo extraordinario que
hay en ellos, porque esto es de Dios, sino porque han sido fieles.
(...) ¿Y qué más hacen los santos?
¡Ah! , ellos mueren de amor y desean derramar hasta la
última gota de su sangre por su dulce Amado; pues bien, yo,
a imitación de ellos, quiero morir de amor, quiero derramar
mi sangre unida a mi dulce Dueño en el Calvario; quiero ser
muy fiel a mi Dios, quiero hacer en todo la voluntad de Dios. Si como,
si bebo, si descanso, si trabajo, si pienso, si me muevo, si respiro,
todo con la pureza de intención de que todo sea en Dios, por
Dios y para Dios y todo para agradarle" (Papeles de conciencia,
366-367).
Como nos recomienda el Concilio Vaticano II, tenemos que venerar a
estos "amigos y coherederos de Jesucristo, hermanos también
nuestros y eximios bienhechores; rindamos a Dios las debidas gracias
por ello, invoquémoslos humildemente y, para impetrar de
Dios beneficios por medio de su Hijo Jesucristo, único
Redentor y Salvador nuestro, acudamos a sus oraciones, ayuda y
auxilios" (Lumen gentium 50).
Entre esos santos, y así reconocida por la Iglesia, la beata
Ángela de la Cruz.
I - VIDA Y VIRTUDES DE SOR ÁNGELA
Ángela de la Cruz nace y muere en Sevilla. Hija de una
familia pobre y en una ciudad que rezumaba abundancia de grandes
valores históricos, culturales, religiosos... Pero,
también, con enormes cruces de exclusión social,
pobreza, injusticia...
Muy joven que se pone a trabajar en una doble ocupación: un
pequeño empleo, para ayudar a su familia; y el cuidado de su
vida espiritual, poniéndose bajo la dirección del
sacerdote José Torres Padilla.
Como Dios la quería para otros conventos, los deseos de
Ángela de formar parte de una comunidad Carmelita o de Hijas
de la Caridad no llegan a cumplirse. Ella fundaría una
pequeña comunidad que se dedicara a contemplar los misterios
de Dios y a servir a los más pobres. Había nacido
la Compañía de las Hermanas de la Cruz.
Aprobaciones oficiales, más Hermanas, nuevas casas, y Sor
Ángela, pobre en las cosas de este mundo y rica en virtudes
evangélicas, se abraza a la cruz de la muerte para vivir
definitivamente con el Señor Resucitado. Toda esta vida, tan
sencilla y admirable, discurría entre 1846 y 1932.
En 1982, y en Sevilla, se reconocieron sus méritos y
virtudes al ser beatificada. Muy pronto será proclamada y
propuesta a la Iglesia como Santa.
Virtudes evangélicas
Si en los santos resplandecen las mejores virtudes
evangélicas, y todas ellas tan relacionadas que van siempre
unidas, sin embargo, en cada persona, y en la trayectoria de su vida,
aparecen algunas virtudes que sobresalen e identifican a este santo.
"Pues el alma - escribía Sor Ángela - cuando va
saliendo de su ignorancia y en la oración se encuentra con
las virtudes practicadas por Nuestro Señor, su
Santísima Madre y los santos; cuando conoce su grandeza, su
excelencia y lo agradable que es a Dios el que está de ellas
adornado, se admira de su belleza, y prendada de su hermosura hace
firme resolución de hacerse dueña de todas,
cueste lo que costare, y por eso trabaja sin descanso hasta hacerse de
las joyas espirituales que son las virtudes" (Papeles... 387). Sobre
todo, en la Compañía de las Hermanas de la Cruz
habían de sobresalir las virtudes de la perfecta obediencia,
grande pobreza, abnegación completa, extremada humildad,
amor a la penitencia, grande caridad y amor al trabajo (Papeles...
349).
Con letras bien grandes se había de poner en las paredes de
la casa: abnegación, pobreza, penitencia, oración
(Cartas al P. Torres Padilla, 442). Virtudes grandes son
éstas, pero prestadas en este mundo (Papeles... 391).
Sólo en la gloria, y como premio a fidelidad,
brillarán en las Hermanas y "formarán su palma
por toda la eternidad" (Papeles... 407).
En Sor Ángela de la Cruz brillaron, de forma eminente, la
fidelidad constante, la humildad en la grandeza del amor, la
alegría en la pobreza y la caridad sin medida.
Fidelidad constante
Se quejaba Sor Ángela, en su intimidad, de la lucha que
tenía que llevar entre lo que Dios le pedía y su
temor a no ser tan fiel como ella deseaba. Así nos lo cuenta
ella misma: "me entró mucha tristeza, nada me alegraba; yo
casi lloraba sin poderlo remediar, se me aumentaba el aborrecimiento
del mundo y de todo lo terreno. Pero lo que sentí
principalmente fue que por un lado conocía muy claro lo que
Dios me pide, y por otro mi poca fidelidad en corresponderle; esto me
hacía penar en la presencia de Dios, pero penaba de una
manera dulce y teniendo un vivo deseo de enmendarme y llegar hasta
donde Dios quiere que llegue" (Papeles... 248).
Es propio de la fidelidad este noble sentimiento que nace de un deseo
insondable de unión con la voluntad y el querer de Dios.
Pues la fidelidad no es una fría constancia en los
propósitos, sino un amor que cada día exige mayor
identificación con Jesucristo. ¡Qué
bien refleja Sor Ángela este sentimiento de la fidelidad!:
"Uno de estos días conocía con bastante luz la
fidelidad tan grande que Dios me pide y cuánto me falta para
ser fiel a Dios, que todo se lo merece. Esto me producía
mucha pena por mi poca ligereza en el servicio de mi Dios, yo no debo
correr sino volar, y algunas veces tengo tanta pereza que me quedo
quieta y ni aun siquiera ando" (Papeles... 258).
Sor Ángela deseaba ser fiel con todo su corazón a
la voluntad de Dios, pero le parecía que ella no era el
instrumento adecuado para realizar la obra que se le pedía.
Esa obra no era otra que la misma fundación y cuidado de la
Compañía de las Hermanas de la Cruz. La Fundadora
no se consideraba ni fuerte ni digna, pero ella se
mantendría en fidelidad abrazándose a la cruz de
Cristo.
Humildad en la grandeza del amor
Sor Ángela lo había oído decir a su
director espiritual, don José Torres Padilla: "Si quieres
ser bueno, sé obediente y humilde; si quieres ser
más bueno, sé más obediente y
más humilde; si quieres ser buenísimo,
sé obedientísimo y humildísimo".
Nuestra Santa lo diría, en una síntesis
admirable, con estas sencillas palabras: "La humildad no tiene fin, es
como el mar". Un mar ilimitado de sufrimiento y de
resignación interior para encontrar siempre el amor del
Señor. No se trata de reconocer o limitar la propia
valía, sino de proclamar en todo la grandeza de Dios.
Sólo el pensar en su posible falta de humildad le hacia
llorar: "En la tienda, cada día tengo más motivos
para llorar en la presencia de Dios mi falta de humildad". (...) Yo
clamaba a Dios y a su Santísima Madre pidiendo paciencia, lo
sufría por Dios resignada, como podía, porque
parecía que no lo estaba; me conformaba con la voluntad de
Dios en todo, me hacía la cruz en la frente; en fin,
obedecía..." (Papeles... 194).
Como es obvio, Sor Ángela no intentó nunca hacer
filosofía moral de la historia, sin embargo hay entre sus
escritos algunas páginas, verdadera y atinadamente
sorprendentes, sobre el siglo XIX, en las que va haciendo un
parangón entre la humildad y la soberbia:
"Mis armas son muy contrarias a las tuyas; pero lo verás
cómo te venzo y te confundo. Tus armas son la soberbia, el
deseo de ser y elevarte sobre los demás, que te conozcan y
que te alaben; y en fin, te parece que eres superior a todos y si fuera
posible mandarías que te adorasen. Pues yo te hago frente
con la humildad; una vida oculta, desconocida y de
humillación con el conocimiento de mi nada y siempre nada,
que me lleva hasta abrazarme con gusto con los desprecios y ponerme
bajo los pies de todos, me hace superior a ti; porque en esta
humillación está el principio de toda grandeza;
porque Dios premia a los humildes concediéndoles abundantes
gracias con las que se hacen agradables a sus divinos ojos y los
ensalza y los eleva hasta su gloria. Pues mira, mira cuánto
subo, mira la ventaja que te llevo, pues llegará el
día de mi grandeza y será muy superior a la tuya
y parecida a la de los ángeles y nunca se acabará
porque será eterna" (Papeles... 253).
A medida que Sor Ángela crecía en humildad,
también iba reflexionando sobre el mismo concepto de esa
virtud. "Ahora pienso de otro modo, conociendo que la verdadera
humildad consiste en el conocimiento de mi nada; conocer que, si tengo
algo bueno, es de Dios; y si malo, mío. Y ¿por
qué no ser agradecida a Dios cuando nos hace
algún beneficio? ¿Por qué privar a
nuestra alma de conocer lo que Dios hace con ella, aunque sea una
miserable pecadora, para despertar más y más la
gratitud y el deseo de serle fiel? Esto no solo no se opone a la
humildad, sino que es conveniente; y esto, junto con la obediencia, me
hace hablar sin rodeos" (Papeles... 301).
En agosto de 1875, Sor Ángela escribía una de las
páginas más hermosas sobre la humildad. La
soberbia, dice nuestra Santa, es la hidropesía espiritual
que ha causado la vanidad. El remedio: la humildad, que es la
contemplación de Dios como lo más admirable y
querido. Dios lo es todo. Infinito, perfecto y digno del más
grande amor. Humildad con Dios, para con nosotros mismos y para con los
prójimos. Pero habría que añadir un
cuarto punto de humildad, que no es comprender sino sentir. "No
está en la mano de la criatura el poder alcanzar por mucho
que se trabaje, sino por un beneficio de su Amado y dulce
Dueño y Señor; y tanto no está en su
mano, como que ignora la causa sintiendo sus efectos" ¡La
humildad no tiene fin, como el mar! (Apuntes de ejercicios y retiros,
413-414).
Sor Ángela sabe lo que vale esta virtud y desea poseerla,
pero se queja de que el amor propio la vence. Así lo
escribía en los Apuntes de Ejercicios: No solo se necesita
la humildad de entendimiento, sino la humildad de voluntad, que es el
amor a la humillación. Pero, "una cosa es amar y desear, y
otra practicar; y más esta virtud que es la que
más lastima el amor propio (...) Sin humildad o sin poner
los medios para conseguirla, no es posible la perfección que
deseo" (Apuntes..., 487).
El ejemplo, para tan alta perfección, no podía
ser otro que el mismo Jesucristo, que se hizo el último de
los hombres. "Hice otra meditación de la humildad. Y
estudiando en el ejemplo que nos da Nuestro Señor
Jesucristo, que siendo la santidad misma y el justo por excelencia se
hace el último de los hombres, abrazando lo más
bajo, la abyección, la nada, y yo de qué distinta
manera obro.
Y se me pusieron delante las ocasiones de humillación que
algunas veces se me han presentado y siempre he desmentido. Lo
más que he hecho algunas veces, después que he
desmentido y he cometido la falta, entonces me he reconocido, pero
siempre huyendo la humillación, no queriendo aparecer
culpable, justificándome y disculpándome a
más no poder. Qué confusión se
experimenta, cuando se ve esta conducta, considerando la humildad del
Corazón adorable de Jesús.
También se me hiere mucho el amor propio cuando humillan a
la Institución, olvidándome que la
humillación debe ser el distintivo de la
Compañía y su mayor gloria la debe cifrar en
ésto; y así lo he conocido yo siempre y ahora
parece que no estoy firme en estos principios, cuando tanto huyo de lo
más esencial de la Hermana de la Cruz, que es la
humillación" (Apuntes... 533).
En cada una de estas palabras se percibe la profundidad del amor de Sor
Ángela a su Dios y Señor.
Alegría en la pobreza
El camino de la alegría pasa delante de la casa de la
pobreza y del desprendimiento. El vacío de no tener y poseer
las cosas de este mundo se llena y rebosa con la alegría,
que es el premio al desapropio de todo. Al final, la alegría
no es sino el contento de saberse querido y amparado por Dios. "El
Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres"
(Salmo 125).
Sor Ángela llora de contento al ver que sus primeras
compañeras viven la "perfecta alegría" de
quedarse sin comer por haber dado su tiempo y su alimento a los pobres.
Siente una profunda alegría al comprobar el sacrificio de
las Hermanas en la ayuda a los moribundos apestados, a los pobres
más desvalidos.
¿De dónde viene esa alegría que
rezuman los conventos de las Hermanas de la Cruz? Se podrían
ir buscando razonamientos y circunstancias, pero nada
explicaría la verdadera causa de la alegría, que
no es otra que el estar abrazadas a la cruz: "¡Ay, Dios
mío!,¡Qué dulces son las penas llevadas
por tu amor! Llevar con alegría todos los trabajos y penas
que Dios me mande. Abrazarme con la cruz y llena de gozo venerarla con
grande respeto y darle muchas gracias a Dios, que así lo
dispone para mi bien y su gloria" (Papeles... 207). "Qué
alegría tengo!... Voy a desprenderme de todo para siempre,
ya voy a quedar pendiente de la cruz con mis tres votos. ¡Ay,
qué santa es la alegría que siento!
Está oculta en lo íntimo de mi alma, pero a
mí no me ocupa otro pensamiento: toda consagrada a Dios, sin
familia, sin nada terreno, únicamente a Dios y a
mí Madre María y a mis hermanos los santos. Este
mundo será para mí una sombra" (Papeles... 221).
En ese supuesto diálogo con el siglo XIX, del que
hablábamos antes, Sor Ángela descubre el secreto
de la alegría: "Y en vez de apartar de mí al que
padece, como tú haces, porque su presencia ataja el paso a
tus deleites, yo le socorro en lo que puedo y estoy dispuesta hasta a
sacrificar mi vida por aliviar sus penas y de este modo
hacérselas más llevaderas. Si tú
supieras la felicidad que siente y la alegría de que es
bañada el alma de quien así lo practica,
dirías que tengo razón en decir que soy
más dichosa que tú.
Pero son tan abundantes los placeres puros y los gozos santos de los
que sirven a Dios, que yo no los puedo decir; pero diré uno
para acabarte de confundir, y es el que recibe el alma cuando entra en
su pecho su dulce Amado" (Papeles... 255).
El amor de Dios lo llena todo de gozo, supera las penalidades de la
vida; inunda el alma de consuelo y de paz. "Ama, y su amor no la deja
estar quieta hasta encontrar la vida de la cruz y del sacrificio; y
cuando la encuentra, cuando se ofrece a su Dios como víctima
para en nada gozar, entonces encuentra en su corazón un
lleno que la inunda de un gozo superior a todo gozo. Es porque ha
encontrado el modo de imitar a su Amado en las virtudes y en la vida
del sacrificio; y por esto siempre se ve contenta a la persona que ama
a Dios" (Papeles... 350-351).
Una señal de la exquisita delicadeza de Sor
Ángela es la de su comportamiento con las Hermanas:
"Procuraré mucha igualdad en el semblante, que aparezca una
moderada alegría, con una sonrisa que les pruebe que estoy
contenta, a fin de no apurar a las Hermanas. Y tengo que trabajar en
esta igualdad" (Apuntes... 507).
Se podía hacer un paralelismo entre el capítulo
de la "perfecta alegría" de las florecillas franciscanas y
los "recuerdos" de Sor Ángela: siempre resplandece el gozo
de poder ofrecer algo a Dios y de servir a los hermanos.
Caridad sin medida
El pensamiento de San Agustín estaba muy presente: "La
medida del amor es un amor sin medida". Y sin medida, por incontables,
son los actos heroicos de amor fraterno de Sor Ángela. Era
el suyo un corazón que se sentía abrasado por el
amor de Cristo que colmaba las más santas inquietudes de su
vida. "Mi corazón, escribe en sus Papeles de conciencia, se
multiplica para ser entero para cada uno de los pobres que se ven
necesitados, y me ocupo de sus penas como mías" (267).
Dios le había dado a Sor Ángela el don de la
caridad. Y ella amaba tanto a los que padecían necesidad que
no tenía valor para separarse de ellos. "Así lo
dispuso tu amor y así me lo inspiras a mí para
que, sumamente pobre, retirada del mundo, muerta a la familia y todo lo
que no sea Dios, me entregue, desnuda hasta de lo necesario, a la
penitencia y a la oración; pero cuando conozca que puedo ser
útil al prójimo, nada me detenga, y corra a
prestarle aquel alivio que Tú me inspires,
volviéndome al retiro a imitación de los
ángeles que después de consolarnos, vuelven a su
mismo estado de gloria" (Papeles... 210).
La regla y norma de vida estaba muy clara: "unir la penitencia y la
oración con el servir a los hermanos. (...) Mi Dios hecho
hombre por ellos y derramando hasta la última gota de su
sangre, y yo, a imitación suya, aunque nada les pueda dar,
tendré el consuelo de llorar con ellos y sentir sus penas"
(Papeles... 298).
En la misión de la Compañía de las
Hermanas de la Cruz estaría, en primer lugar, la caridad
fraterna: "El objeto principal de la Compañía es
unir la vida retirada y penitente con el servicio de los
prójimos; es unir la vida activa con la pasiva; es imitar en
todo a Nuestro Señor, primero en su vida oculta y penitente,
en su pobreza y desnudez de todo lo terreno; y segundo en su vida
pública haciendo bien a todos y en particular a los
enfermos" (Papeles... 329).
La caridad con todos, también en la vida de comunidad de las
Hermanas. De una manera particular en la corrección
fraterna, que es obligación de la Hermana mayor. Una vez
más, resplandece la caridad y delicadeza de Sor
Ángela cuando recomienda: "Debe ser muy grande el amor que
debe tener a sus Hermanas, mirando en cada una de ellas una
víctima ofrecida a su Dios y dispuesta a morir en el
Calvario. Un amor tierno y respetuoso la debe animar para corregirlas,
sin dejarles pasar ni la cosa más sencilla. Pero esta
corrección debe ser muy dulce, y al mismo tiempo que les
haga conocer sus defectos, debe estar dispuesta hasta ponerse a sus
pies conociéndose indigna de corregir a una sierva de Dios"
(Papeles... 336).
Y si una hermana está pasando por dificultades y
tentaciones, la superiora ha de tratarle de tal manera que "sus
palabras deben ser gotas de almíbar para endulzar la
amargura que se encuentra en la que así es probada"
(Papeles... 362).
¿Quién derramó el bálsamo
de consuelo en esos corazones, donde no hay más que amargura
y peligros? Sor Ángela se hace la pregunta. La respuesta es
su propia vida entregada al servicio de los pobres, conforme a la
lección que aprendía a diario en la escuela del
amor insondable y misericordioso del corazón de Cristo.
Esta ha sido la vida y éstas las virtudes que más
resplandecieron en la beata Ángela de la Cruz. Es muy
difícil encontrar explicaciones meramente humanas para una
vida tan admirable y heroica. La mano de Dios estaba con ella. Y las de
Sor Ángela bien asidas a las de su Señor. Dios lo
explica todo. Sin Él no hay explicación posible.
Y Dios había tomado de su cuenta a su humilde sierva
Ángela.
II - "DIOS NOS HA TOMADO DE SU CUENTA"
Cuando Sor Ángela va describiendo cómo ha de ser
la casa donde vivan las Hermanas, quedan en penumbra los espacios y las
cosas y va apreciándose una misteriosa presencia de Dios en
todo. Es la sacramentalidad que hace de los signos más
insignificantes un instrumento para el encuentro con el Creador de
todas las cosas. Una casa donde reina un profundo silencio, sus paredes
blancas, todo muy limpio. En los corredores, las estaciones del
Vía Crucis. El dormitorio, que ayude a meditar en la
muerte...
San Anselmo le había pedido a Dios "dónde y
cómo buscarte, dónde y cómo
encontrarte" (Proslogion 1). Sor Ángela sabía muy
bien dónde estaba Dios y cuál era el camino para
el sublime encuentro por el que aspiraba continuamente su alma. Toda su
vida no era sino un deseo de ver la mano providente de Dios en todas
las cosas. ¡Tu rostro buscaré, Señor!,
puede decir con el salmo (27,8). ¡Que brille tu rostro y nos
salve! (31,17). Pero también siente en muchas ocasiones el
amargor de la noche oscura y tiene que suplicar: ¡No me
ocultes tu rostro! (27,8) ¿Por qué me lo
escondes? (44,25). ¡Haz brillar sobre nosotros tu luz! (4,7).
Y el rostro resplandeciente de Dios, humilde y crucificado, aparece en
el amor de nuestro Señor Jesucristo.
La experiencia de Dios en Sor Ángela no es la de un
encuentro ocasional y de unos momentos de intimidad con el
Señor, es ver continuamente la presencia del Creador en
todas y cada una de sus acciones. Ella está rebosante del
amor divino y donde pone los ojos, los deseos, el dolor...,
allí encuentra a su Dios. Metido en las más
recónditas honduras de lo humano y
transcendiéndolo todo.
Dios es el Padre bondadoso que protege y cuida, sobre todo a los
más pobrecillos. En medio de tanto dolor, pobreza y
desvalimiento, Sor Ángela recita, una y otra vez, las
peticiones del Padrenuestro. Pues muy alto es el concepto que Sor
Ángela tiene de Dios. Lo es todo y por Él ha de
hacerse todo. Y mirar en todo a Dios. Pero también llega la
noche oscura de la tribulación. El consuelo y la luz
vendrán de Dios, pues en Él reside la
misericordia. El amor divino quema su alma y la llena de ansias del
encuentro con el Dios vivo que llega crucificado. El amor de Dios lo
contempla vivo y cercano en Cristo.
Hablar con Dios, escuchar su palabra y responder con la misma vida,
será propósito continuo. Pues solamente
escuchando Dios se le puede contemplar en Jesucristo.
Dios se lo pague a Dios
Sor Ángela era la Superiora general. Reelegida una y otra
vez con la anuencia de Roma. Pero esa dispensa no se
concedió en el Capítulo del verano de 1928.
Así lo relata José María Javierre:
"Reunido de nuevo el Capítulo, leyó
Lorán la orden. Quedaron las Hermanas estupefactas; no
concebían semejante cosa. Sólo
«madre» conservó la serenidad. Se
arrodilló ante el visitador, le besó los pies
antes que el sacerdote reaccionara y le dijo una frase prodigiosa:
«Dios se lo pague a Dios», significando que en el
episodio veía clarísima la voluntad divina" (o.c.
128).
Dios es el bien, el único bien, el todo bien, como lo
había aprendido en la escuela de la espiritualidad
franciscana. "Dios mío, mi todo, mi descanso, mi bien, mi
fuerza, mi vida, mi gloria, mi única gloria. Esta es la
dicha, padre mío, superior a toda dicha, la que nace del
conocimiento de Dios y el conocimiento de nuestra nada; pero esta nada
profundizada hasta el infinito. Yo no sé si me
explicaré, pero así como el pez se encuentra en
el mar sin encontrar más que agua, así se
encuentra el alma en esta nada sin término. Pero
cuánto goza, como que de este mar de su nada y
confusión sale purificada para entrar en el mar del amor y
unión estrechísima con su Dios, que es un mar de
felicidad sin fin; no porque esté libre de padecer, sino
porque sólo en penar goza. Pero no, es que la criatura que
vive en Dios no vive a nada, ni en las cosas espirituales encuentra
consuelo; sólo en su Dios y en su Dios solo.
Sólo, sólo Dios y mi Dios solo" (Papeles... 415).
Como Dios es quien puede dar la salud a los enfermos, el que cuida de
las Hermanas, todo ha de hacerse por amor de Dios y por Dios sufrir
todo lo que cuesta trabajo, en resignación con lo que
Él dispone y amarle cuanto le es posible a una criatura.
"Dios me pide mucho y yo, si fuera posible le daría
más de lo que me pide. (...) Dios mío, que mis
miserias me llenan de confusión en tu presencia; pero
tú lo sabes que te amo mucho, muchísimo y que
muchísimo más te quiero amar" (Papeles... 193).
En alguna ocasión, Sor Ángela piensa que sus
pequeñas imperfecciones le alejan de Dios, pero reacciona
enseguida manifestando su deseo de estar muy unida a su
Señor. "Con esta conformidad de voluntades todo lo
veré tan bueno, todo para nuestro bien; y que haya penas o
alegrías, trabajos o descanso, nada alterará la
paz de mi alma ni me apartará de la unión con
Dios" (Apuntes... 490).
Abandonada en las manos de Dios, y no queriendo sino hacer la voluntad
divina, se afana en practicar todas las virtudes, pero no
sólo repara en la dificultad, sino que se da cuenta que algo
tan sublime e importante tiene que venir necesariamente como un regalo
de la bondadosa misericordia de Dios. Habrá, por tanto, que
abandonarse y crecer en humildad delante de Dios. "Yo decía:
Sólo tú, Dios mío, puedes hacer que el
alma llegue a cosa tan alta. Si con tu gracia lo consigo, eres
Tú el que has obrado en mí. Y esto
producía un agradecimiento tan conmovedor en mí,
que me hacía derramar lágrimas al ver la bondad
de Dios en una criatura infiel; este agradecimiento, como no era
mío, sino de Dios, que me lo daba para que le diera gracias
por sus beneficios, no se puede explicar.
Sentí tanto deseo, en agradecimiento a tan
señalado beneficio, de serle muy fiel a mi Dios, y no poner
óbice a nada de lo que quiera de mí; porque
aunque Dios lo hace todo, pero la criatura tiene que poner de su parte
para corresponder a los favores de Dios. Entonces me
encontré con un deseo de corresponder a Dios con esta
rectitud, ni por ser más santa ni tener más
virtud, sino por agradecer a Dios y pagarle con lo único que
puedo que es con la fidelidad" (Apuntes... 494).
No cabe la menor duda que entre las virtudes más
sobresalientes de Sor Ángela estaba la del agradecimiento y
la alabanza a Dios, que son fruto de la humildad. Tan grande esta el
deseo de reconocer la bondad de Dios, que solamente podría
hacerse de una manera: "Que Dios se lo pague a Dios".
No me escondas tu rostro
En medio de un día tan radiante de amor a Dios,
también llegaban los momentos de noche oscura. "Por la
mañana sentía mucha contradicción, no
podía sufrir; me resigné con la voluntad de Dios
uniéndome a mi Jesús en el Calvario.
Después he tenido muchas angustias, no encuentro a Dios, en
la oración he estado peor que otras veces.¡Dios
mío!, haz de mí lo que quieras, pero tengo muchas
penas; todas te las ofrezco" (Papeles... 200).
En la palabra Dios y en la obediencia a su director espiritual
sentía descanso ante "unos escrúpulos tan grandes
que me hacían desmayar. Yo hacía muchos actos de
amor de Dios y pedía perdón a Dios y desechaba,
conforme con la voluntad de Dios en todo. (...) ¡Ay, Dios
mío, y qué incomprensible eras hablando en el
interior de las almas! Sin ruido de palabras, Tú dices cosas
extraordinarias y haces heridas profundas de amor y haces derramar
lágrimas más dulces que la miel" (Papeles... 202,
386).
Si Dios así repartía de los tesoros de su
misericordia, ante ello sólo se podía hacer una
cosa: corresponder a las gracias recibidas haciéndolo todo,
hasta a las acciones más insignificantes, con la
más pura intención de agradar a Dios.
El fuego del amor de Dios, que el Espíritu había
puesto en su alma, le quemaba de tal manera que sentía una
enorme responsabilidad ante tanta gracia como se le había
dado. Pensaba en la hora de dar cuenta veía su pobre alma
llena de imperfecciones. Pero Dios estaba cerca: "Yo temblaba;
pasó pronto, pero en aquel momento me pareció
como que no tenía remedio y acudí a los actos de
fe, esperanza y caridad y pedí perdón a Dios y me
quedé tranquila. (...) Cuántos motivos de temer.
Pero yo, amado Jesús mío, me voy corriendo al pie
de la cruz y echo mi cabeza sobre tus sagrados pies para que tu sangre
preciosa caiga en mi alma y quede blanca como la nieve, y no quiero
levantarme de tus pies hasta que pronuncies mi sentencia, que no dudo,
porque el Padre me lo asegura, que será favorable"
(Papeles... 274).
El hondo sentido de la caridad y de la compasión, que
inundaba la vida de Sor Ángela la lleva, incluso, a tener
remordimiento de como trata a su pobre alma. "Y
¿cómo me he portado con mi alma? ¡Ah,
pobre alma! , Yo le he dado muerte, yo la he privado de las riquezas
con que su Dios la dotó, no he tenido compasión
de ella y he sido la causa de su ruina. Pero mi Dios, siempre
misericordioso, mientras que yo hacía por arrojarla a los
infiernos, oraba por ella, velaba por ella, padecía por
ella, y moría por ella" (Papeles... 373).
No podía quedar la menor duda: solamente la misericordia de
Dios podía llenar de luz la noche oscura de las
tribulaciones de Sor Ángela.
Ansias del Dios vivo
Que el corazón de Sor Ángela ardiera en amor a
Dios, puede comprobarse en cada momento de su vida. También
ha quedado grabado en sus escritos. Pues solamente Dios hace "vivir con
su vida, amar con su amor y brillar con su luz" (Papeles... 278).
El hambre de Dios es insaciable. Por su amor se deja todo y el premio
es el consuelo en la cruz y en el sacrificio. "Cuando se ofrece a su
Dios como víctima para en nada gozar, entonces encuentra en
su corazón un lleno que la inunda de un gozo superior a todo
gozo. Es porque ha encontrado el modo de imitar a su Amado en las
virtudes y en la vida del sacrificio; y por esto siempre se ve contenta
a la persona que ama a Dios. De modo que en estas palabras se encierran
las virtudes que necesitan estas Hermanas, para poder abrazar la vida
que las debe llevar al cumplimiento de las demás. Y son
éstas: Creo en Dios. Espero en Dios. Amo a Dios. Fe que las
ilumine. Esperanza que las sostenga. Amor que las abrase y generosidad,
hasta consumar el sacrificio con la muerte. Amén"
(Papeles... 350-351).
El amor de Dios no aleja de los demás. Las Hermanas "aman a
sus padres y parientes hasta con ternura, porque la virtud hace los
corazones sensibles, y se engañan los que creen que con
ésta viene la dureza" (Papeles... 397).
Un deseo incontenible de amor a Dios llenaba su alma y empapaba de
caridad todos y cada uno de los instantes de su vida. El deseo se
unía a la humildad, y el amor al empeño de servir
a los más queridos de Dios. Sor Ángela no puede
vivir sin Dios y sin los pobres. "Dios mío, te amo; te adoro
con todas las veras de mi corazón y de mi alma. Pero
¿te amo y no soy tan perfecta como Tú quieres?
¿Te amo y no hago más, mucho más, para
agradarte? ¿Te amo y soy ingrata a tus beneficios?
¿Te amo y no vuelo a la perfección más
elevada? ¿Te amo y no muero de dolor por haberte ofendido?
¿Te amo y no me consume el celo por tu gloria?
¿Te amo y en vez de arder en esa dulce llama de caridad
estoy helada como la nieve y fría como la salamanquesa?
Pues, te amo, Señor, y sin ti no puedo pasar, no puedo
vivir. Tú eres la vida de mi vida, el alma de mi alma, la
alegría de mis alegrías, el gozo de mi gozo.
Tú eres mi todo. Tú eres mi gloria.
¿Cuándo, Dueño mío, me
veré libre de todo lo que detiene mi vuelo a tus brazos para
no separarme de ti?" (Papeles... 260).
Tengo ansias del Dios vivo. Sor Ángela vive continuamente
ese santo deseo y, para saciarlo, ha encontrado el mejor,
más puro y más abundante de los manantiales: la
identificación con Jesucristo, servidor y amparo de los
pobres.
Jesucristo es el Señor
Los santos Padres aconsejan, como ejercicio de piedad, meterse por la
herida abierta que la lanza del soldado ha dejado en el costado de
Cristo. Que sea la llaga bendita como puerta por la que uno se adentre
hasta el mismo corazón del Señor. Contemplar y
sentir con Cristo. Dejarse quemar por un fuego tan vivo de amor que la
muerte se vuelva esperanza. Mas la belleza de las palabras puede
confundir al pensamiento y hacerle creer lo que la razón le
niega y llevarle a la nube ficticia de la evasión y del
sentimentalismo y cerrar los ojos al mundo de lo real y dejarlos
abiertos nada más que para la ilusión
espiritualista.
Es el amor de Cristo el único que hace posible creer, con
toda la fuerza del alma, lo que desborda nuestro entendimiento. Es otra
sabiduría, son otros razonamientos. Es un amor inmenso que
todo lo explica, que allana todas las dificultades. Sor
Ángela quiere estar así: bebiendo en el manantial
de gracia que brota de la redención obrada por Cristo: "La
sangre que brota de las llagas del Salvador llega hasta el alma como
bálsamo que la conforta y como perfume suave que la recrea,
haciéndola perseverar hasta el fin, inundándola
de gozo y arrebatándola en amor; amor que la hace salir
fuera de sí misma hasta unirse con su Dios, que la abrasa en
el fuego de su amor. Y Dios crucificado por la criatura, y la criatura
por su Dios. He aquí esta perfecta unión en que
el alma dice con verdad aquello del Apóstol: «Vivo
yo, mas ya no soy yo, sino que Dios vive en mí»"
(Primeros escritos 178).
Con alguno de sus escritos, Sor Ángela de la Cruz
podría figurar entre los escritores místicos
más destacados de nuestra literatura espiritual. Sirva de
ejemplo esta página sobre el corazón de Cristo:
"Qué impresión tan íntima y dulce se
siente, al conocer de un golpe ese amor, esa ternura del
corazón de nuestro Dios y esa amorosa solicitud de nuestro
Padre celestial. Y qué pena, cuando echando una mirada a
nosotros mismos, vemos que con nada podremos nunca corresponder a ese
Dios, que es todo nuestro y que no mira más que nuestra
santificación. Él todo lo sufre, El espera; y con
una paciencia infinita oye quejas que desprecian sus beneficios. Y todo
lo paga con llamar al alma a solas y descubrirle los secretos de su
amor, en orden a su santificación.
Esto, dulcísimo Jesús mío, es lo que
has hecho conmigo, yo estaba en tinieblas, nada veía;
quería sacudir el peso que me oprimía;
quería echar fuera de mí la cruz, siquiera por
algunos días.
Y Tú, ni te disgustas ni apartas de mí tu
misericordia, sino que me concedes beneficios sobre beneficios. Me das
a conocer todo lo que he recibido y a lo que no he correspondido, por
lo que mi deuda es grande; y Tú, compadecido de
mí, me das ocasiones para poder satisfacer, si no todo,
parte; pero que si no acepto voy a aumentar la deuda.
Y sigues dándome a conocer cómo en todo lo que me
pasa es tu amor el que obra para mi bien. Si llamo a las puertas de tu
corazón abrasado y permanecen cerradas, conozco que es tu
amor quien las cierra, porque así lo merezco por mi flojedad
y para que aprenda a clamar y a pedir, y que trabaje y no me deje
llevar de la pereza.
Si estoy fría, conozco que es tu amor el que me pone tan
fría, para que aprenda a amar, y también para que
pague el tiempo que Tú con un amor ardiente me llamabas para
prenderlo en mi corazón y yo,distraída con las
criaturas y conmigo misma, no acudí a tu llamamiento.
En fin, Dios mío, todo lo merezco y en todo veo tu amor para
con mi pobre alma; así es que quiero ser muy agradecida. Y
como nada soy, Dueño de mi alma, no encuentro otra cosa para
probarte mi agradecimiento que aceptar todo lo que Tú me
envíes, así sean los mayores trabajos, penas y
contradicciones, como pruebas de tu amor y como castigo merecido a
tanta infidelidad, y en expiación de lo mucho que debo"
(Apuntes... 523).
Madre Angelita quería vivir abrazada a los pies de Cristo
crucificado y tener como escuela de enseñanza el mismo
Calvario: "con mi Jesús crucificado pasar las penas y las
alegrías; allí aprender y enseñar, y
vivir y morir" (Apuntes...462).
En Cristo encontrará el consuelo y la fortaleza. "Pero
entonces la fuente casi se ocultaba y aparecía Nuestro
Señor Jesucristo crucificado, derramando un torrente de
sangre de su divino costado y como diciendo: Yo soy la fortaleza; de
mí lo han recibido todo. Yo soy el que las sostiene; por
mí perseveran. Yo con mi sangre y mi muerte las he
santificado y les he ganado la gloria.
Yo con esto me sentía con más confianza y me
arrojaba a los pies de mi Señor pidiéndole
hiciera conmigo lo mismo, para con su ayuda llegar a aquella
perfección, y le ofrecía una voluntad dispuesta a
hacer la suya en todo.
Pero enseguida aparecía Nuestro Señor
resplandeciente con la misma luz de la fuente y una corona
hermosísima que no era de espinas, pero no sé de
lo que era; estaba resplandeciente, pero crucificado. Un alma sola se
encontraba al pie de la cruz; estaba en la misma actitud que las de la
fuente contemplando a su Dios, y absorta; pero no estaba iluminada.
Esto lo vi con mucha claridad, pero pasó con mucha rapidez"
(Papeles... 279).
Todo ello exigía una total unión con Cristo, que
se entrega como víctima en la cruz, y una profunda humildad,
para vivir en lo más escondido el gozo del encuentro con
Dios. "Yo sentía en mi interior un llamamiento fuerte a
conformar mí vida, en cuanto me fuera posible, con este
sacrificio" (Papeles... 303).
Sor Ángela, sin pretenderlo, hizo la profecía de
lo que sería su glorificación: "Algunas de estas
almas, aunque tan crecidas en santidad, permite Dios que
estén ocultas y que nadie tenga conocimiento de ellas
guardando su gloria para después de su muerte. Su palabra no
puede faltar, y estas almas tienen que ser ensalzadas en este mundo y
en el otro para que se cumpla el que se humilla será
ensalzado y el que se ensalza será humillado. Estas, que
Dios quiere tan ocultas y escondidas, deben dar muchas gracias a su
Dios, porque las ha librado de un enemigo terrible, como son las
alabanzas con que el mundo saluda a todo el que a su parecer lo cree
santo" (Papeles... 377).
Esta será también la gloria de las Hermanas.
"Decía yo que hay mucha relación en estas dos
cosas: la muerte ignominiosa de Nuestro Señor y la vida de
las Hermanitas de la Cruz. Porque así como por esta muerte,
su humanidad mereció tanta gloria, una gloria que es sobre
toda gloria y su trono está tan cerca al de la
Santísima Trinidad; así también, si
estas Hermanas no ponen impedimento de su parte y la gracia obra en
ellas, y esta Compañía llena los altos fines que
Dios se ha propuesto al querer que nazca, tendrá
también una gloria envidiable" (Papeles... 408).
Jesús es el fiador de Sor Ángela y de las
Hermanas. La identificación con Cristo crucificado
será siempre el mejor aval para la santidad.
III - QUE ELLA NOS TOME DE SU CUENTA
"Dios nos ha tomado de su cuenta". Estas palabras de la Beata
Ángela de la Cruz serán, al mismo tiempo, una
realidad que se veía cumplida en la historia de la naciente
Compañía de las Hermanas de la Cruz, y,
también, una profecía que se iba a realizar en la
misma Fundadora.
Son muchas lecciones las que podemos aprender en la escuela de la vida
de Sor Ángela. Todas ellas de imperecedera actualidad, pues
no son sino reflejo del evangelio, de las bienaventuranzas, del
mandamiento del Señor de llevar la Cruz y de amar al
prójimo.
De una manera particular, quisiera subrayar algunas vivencias y
actitudes especialmente significativas en la vida de Sor
Ángela y que son, en estos momentos, tareas urgentes que
realizar en nuestra vida cristiana:
-
Dios, lo primero. Necesitamos
una fe profunda y viva. Estar atentos a su Palabra, que es Jesucristo.
Escuchar al Espíritu que se nos ha dado y vive nosotros.
Esta fidelidad al Espíritu guiaba permanentemente la vida de
Sor Ángela.
-
Ese vivir "escondidos con
Cristo en Dios", no aleja de los hombres, particularmente los
más pobres, sino que, al contrario, es fuego que quema las
entrañas en deseo de servir.
-
Los pobres serán
el camino que Dios ha trazado en la vida de Sor Ángela para
encontrarse más cerca de su Señor. Los pobres nos
evangelizan.
-
La elevada
contemplación de misterios tan sublimes se
traducía en la vida de Sor Ángela en virtudes
domésticas y cotidianas de sencillez, alegría,
ternura, afabilidad, servicio a los demás... Todo lo
había aprendido en el corazón de Cristo.
Dios
ha tomado de su cuenta a la humilde Ángela Guerrero
González y la ha llevado hasta la glorificación
de Santa Ángela de la Cruz.
Nuestra Iglesia de Sevilla bendice a Dios en la santidad de sus hijos.
Ángela de la Cruz está entre las figuras
más resplandecientes de la historia de nuestra
diócesis. Ella brilla por su fidelidad constante a la
voluntad de Dios; por la humildad que llenaba de grandeza su
incondicional amor a su Señor; por la alegría en
la pobreza, que era glorificación de la bondad del Creador;
por la caridad sin medida, en la que Cristo era honrado en los
más pobres y desvalidos.
Con las mismas palabras que usaba nuestra ya próxima santa,
Sor Ángela, acudiremos a la Santísima Virgen
María: "Madre mía, Señora
mía, Reina mía, maestra de la mansedumbre y de la
humildad; enséñame que yo no deseo otra cosa que
aprender de Vos, purísima, limpísima,
hermosísima, blanquísima, bellísima,
santísima María; mi esperanza, mi consuelo, mi
felicidad, mi dicha..." (Papeles... 312).
Dios la había tomado de su cuenta. Y, ahora, glorificada, le
pedimos que sea ella la que también nos tome a nosotros de
su cuenta, para que, por su intercesión, el Señor
nos conceda la gracia de seguir tan buen ejemplo como el que tenemos en
la beata Ángela de la Cruz, y sirvamos con
alegría e incansable caridad a nuestros hermanos.
+
Carlos, Arzobispo de Sevilla

Santa Ángela de la Cruz recibirá en la Catedral los primeros homenajes populares
El domingo 4 de mayo, Juan Pablo II en un viaje
rápido a Madrid, reconocerá título de
Santa a Sor Ángela de Cruz Guerrero,
Fundadora de la Compañía de Hermanas de la Cruz.
Monseñor Carlos Amigo Vallejo, Arzobispo de Sevilla, ha
dispuesto en la
Catedral sevillana un tríduo de acción de gracias
para expresión de la
alegría popular.
Instalados en la Catedral los restos sagrados de la nueva Santa,
recibirán
desde el viernes 9 de mayo al domingo 11 tributo de
veneración y de amor de los
fieles: visitas, oraciones personales y colectivas, encuentros de
parroquias,
peregrinaciones, etc.
Las celebraciones eucarísticas serán presididas
por obispos relacionados con
Sevilla. El domingo día 11, el Sr. Arzobispo
celebrará Misa estacional. Por la
tarde, el cuerpo de la Santa será restituido al sepulcro de
su convento.
El Cabildo catedral de Sevilla acoge emocionadamente la
decisión del Prelado, y
considera un gran honor la realización del tríduo
en su Catedral.
Los antiguos constructores de catedrales deseaban conseguir con ellas
espacios
amplísimos donde prácticamente cupiera la
población íntegra de cada ciudad.
En el bello cobijo de la Catedral, el pueblo se sentía en
casa propia para
dirigir al cielo plegarias colectivas; allí buscaba refugio
y consuelo en
jornadas de pena, allí mostraba su alegría en
días de gozo.
La presencia de Santa Ángela de la Cruz en el templo
corazón de la
archidiócesis, significa el homenaje a nuestra humilde
zapaterita que desde la
casita de su barrio fue capaz de construir la maravilla de las Hermanas
de la
Cruz, pobres entregadas al servicio de los pobres, amadas por nuestra
ciudad
como joya preciosa al margen de cualquier ideología.
Sevilla, cuyo fino espíritu crítico somete a
discusión cualquier
acontecimiento, cualquier programa, cualquier iniciativa, ante el
nombre Ángela
de la Cruz adopta actitudes colectivas de respeto y de
cariño.
Nuestra ciudad se siente feliz rindiendo homenaje familiar y colectivo
a su
amada Angelita, símbolo de renuncia a los intereses humanos,
y de entrega, por
amor de Jesucristo, al servicio de los más necesitados.
José María Javierre
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