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Irene Gallardo Flores
Sevilla 3 de Mayo de 2008
A mi hijo Falete, mi razón de existir.
A mi marido, quien confía en mí sin medida, al que quiero y admiro.
A mi querido Padre el Canónigo y Capellán Real Federico María Pérez-Estudillo y Sánchez (q.e.p.d.), que siempre me guía.
A mis padres, por su amor y entrega.
A mis hermanos, sobrinos, sobrina-nieta y cuñados, por el cariño que me ofrecen a diario.
A Anita mi suegra, cariñosa mujer y esposa que fue de un gran cofrade de Sevilla.
Al Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla, por hacerme el regalo de nombrarme pregonera de las Glorias de María.
A mis Hermandades de los Gitanos, Santísima Vera+Cruz, el Valle, el Carmen y el Rosario de Santa Catalina y la Redención, por su apoyo.
A mis padrinos Antonio Soto, Carmen Benavente, Manuel Yruela y José Mª García Bravo-Ferrer (q.e.p.d).
A mis amigos, porque nunca me fallan.
A mi maestro Manolo Bará (q.e.p.d), y a mi querido Engelberto Salazar (q.e.p.d), que me precedieron en este Pregón y que ahora comparte la Gloria de Dios Padre.
A mis compañeros de la prensa por su apoyo y cariño.
A Sevilla, por haberme dejado nacer en "la Ciudad de la Gracia", al decir del soleano Romero Murube.
La devoción a la Siempre Inmaculada Virgen María, se remonta en la historia de los tiempos a los tres primeros siglos de la era cristiana, aunque el culto público y externo estaba prohibido y penado con persecuciones y muerte, los cristianos ya veneraban a María, mediante iconos pictóricos en el interior de las catacumbas.
En el siglo IV, llega la tan esperada paz con el emperador Constantino, permitiendo éste el culto público a los cristianos. Pero será tras el concilio de Éfeso, siglo V, cuando queda esclarecida la divinidad de la maternidad de la Santísima Virgen, extendiéndose el culto mariano por todo el orbe.
Muchas son las formas de rezar a la Santísima Virgen que se han llevado a cabo, desde tiempo inmemorial.
Durante el Oficio Divino se reza o se canta en honor a la Virgen María desde hace siglos, el Ángelus, Ave María, Stabat Matar, la oración de San Bernardo y la oración más difundida, el Santo Rosario, cuyo origen se remonta a las ciento cincuenta avemarías, que los devotos rezaban a semejanza de los ciento cincuenta salmos, que los frailes y clérigos recitaban durante el Oficio Divino.
Recordemos, los piropos a la Bienaventurada Virgen María, que la cristiandad ha recogido a lo largo de los siglos en la oración final del Santo Rosario, la Letanía Lauretana. Nacida en la casa de Loreto, por monjes carmelitas, e instituida oficialmente como culminación del rosario, por el Papa Clemente VIII, en 1601.
Corría el año del Señor de 1523, Miguel Perrín, imaginero de barro de la Catedral de Sevilla, entronizaba, rodeándola de veinticinco figuras, flanqueada por siete Santos del santoral sevillano y por diecisiete Santos Mártires, Confesores, Vírgenes y Doctores de la Iglesia Romana, a la Virgen del Reposo. De la misma, hace el maestro escultor en barro cocido, una copia que se llevaría a las Américas.
Desde bien temprano ardían las muchas lámparas de plata, que en honor a Santa María del Reposo, colocó el Cabildo Catedral. A Ella se le reconocían cientos de milagros, concediendo a quienes hasta el trasaltar mayor de la Catedral fuesen a rezarle, más de cien indulgencias.
Nada de ello hizo rectificar en su postura a aquel anciano de Sefarad, de apellido Abrabanel, que llegado de Córdoba hasta Sevilla, visitaba a diario el recinto Catedral. Resentido y airado solía mirar a las imágenes de Salomón y David, próximas a la Virgen del Reposo.
-"!Noramala lo pariste!", decía Abrabanel, seguro de su doctrina, una y mil veces, día tras día.
Hasta que un día Salomón Abrabanel, llegó con una pena grande y honda, mirando a la Madre de Dios de manera distinta a la que el acostumbraba. A la semana siguiente, aquel longevo judío, resentido, agrio y malhumorado, llegó rezando a la Virgen en la lengua Sefardí la oración del medio día. Y el ángelus en sus labios, se fue tornando en piropo a la Virgen del Reposo.
-¡" Norabuena lo pariste"!, Virgen Bendita María, Luz que nos protege y guía.
-¡" Norabuena lo pariste"!, Virgen y Madre de Dios, consuelo del pecador.
-¡" Norabuena lo pariste"!, Virgen de todo cristiano, amor de los sevillanos.
-¡" Norabuena lo pariste"!, Virgen y Reina del Cielo, sosiego en nuestro desvelo.
Rescatando la memoria perdida entre los recuerdos, ésta noche y en Tu casa, permite a la pregonera que así te vuelva a decir:
-¡" Norabuena lo pariste"!, Virgen Santa del Reposo, Sevilla no te ha olvidado.
Quiero dejarte mi canto como testimonio y fe de los devotos de siempre, que ni el tiempo ni la historia podrán borrarnos tu nombre ni tu devoción antigua, ni los milagros que hiciste, por eso vengo a decirte, Madre mía del Reposo,
-¡" Norabuena lo pariste"!
Excelentísimo y Reverendísimo Señor Cardenal Arzobispo de Sevilla.
Ilustrísima Señora Delegada de Fiestas Mayores del Ayuntamiento de Sevilla.
Ilustrísimo Señor Presidente y Junta Superior del Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla.
Hermanos Mayores.
Dignísimas Autoridades.
Hermanos en Cristo Nuestro Señor y en Su Madre bendita.
Paz y Bien.
El refranero español dice, que "ser agradecido es de bien nacido", por eso en ésta noche, comienzo ha hablaros con la palabra "gracias", como heraldo de mi pregón.
Gracias, Delegada, por tus palabras repletas de cariño, que han hecho que esa semblanza que hoy dejas en el aire, se enmarque en lo más hondo de mi sentir cofrade. Gracias Rosamar, que orgullo y que alegría que sea por vez primera una mujer, quien me indique el camino que llega hasta el atril. Gracias Delegada.
Nunca me podía haber imaginado, que aquella noche de Diciembre después de estar a las plantas de la devoción del Cristo de la Vera+Cruz, en la cornisa del Aljarafe, en Salteras, sonara a través del teléfono, el timbre alegre y siempre reconocible, de Joaquín de las Peña.
Como estaría de ajena a lo que me proponían que mostré mi extrañeza cuando el Secretario me pasó al Presidente.
No lo podía creer. Manolo Román había acabado de colocar sobre mis hombros, en aquella noche fría de Diciembre, el peso de la responsabilidad y las alas de la Gloria.
Gracias Presidente, gracias amigos Consejeros.
Quiero también dar las gracias, desde ésta tribuna de orador que hoy se me brinda, a mis compañeros, a los periodistas de la ciudad que con tanto cariño me han tratado y que me han demostrado que la amistad no es sueño sino realidad. Gracias compañeros.
En ésta noche de encuentros y recuerdos, se suben conmigo hasta éste atril, las presencias de mis ausencias, la figura indeleble de mi querido y Reverendo Padre y Capellán Real de la Virgen de los Reyes Federico Pérez-Estudillo, el admirado periodista y Pregonero de las Glorias Manolo Bará, mi maestro, un entrañable amigo que se marchó hace días buscando un Lunes Santo perpetuo en las Alturas, Pregonero de las Glorias y sonrisa infinita, Engelberto Salazar y un fraile bueno, al que llamo a la intercesión en muchas ocasiones y que muriendo en olor de santidad a los pies de su Cristo de la Vera+Cruz, en el Convento de San Francisco, la ciudad y el Arzobispado de Sevilla, quisieron que se enterrase en el suelo santo de la Catedral, el Venerable Siervo de Dios Fray Sebastián de Jesús Sillero.
Nada es comparable a ésta realidad.
He soñado más de mil veces que llegaba éste instante, despertando de mi utopía una realidad veraz, ¿Cómo yo iba alcanzar tan alto honor que no merezco?
Hoy os digo amigos, que vengo ante vosotros con las manos abiertas y sin más credenciales que mi amor a María, mi corazón cofrade y la entrega de años a mis queridas Glorias.
En ningún lugar del orbe cristiano se ha amado más a lo largo de los siglos, a la Madre de Dios, como en Sevilla. Y lo digo sin vanidad y con plena conciencia del argumento.
¿Dónde un hombre ha llegado a venderse para sufragar los gastos de la festividad de la Santísima Virgen, si no en Sevilla?
¿Dónde una ciudad antes que Roma, proclama la Concepción Inmaculada de María, sino en Sevilla?
¿Dónde se cubre y protege desde tiempo inmemorial, a la Madre de Dios con un palio de respeto, sino en Sevilla?
¿Dónde un cura, antes que la curia lo aceptara, proclamó a los vientos, la Mediación Universal de todas las causas a la Santísima Virgen, sino en Sevilla?
¿Dónde se defendió antes que en el Vaticano la Realeza de María, sino en Sevilla?
¿Y donde una ciudad engalana su escudo y su heráldica con el apellido de Mariana, sino en Sevilla?
A María siempre se llega por Sevilla.
Y en Sevilla Tu nombre siempre está en los labios.
Mil nombres Señora para llamarte y otros tantos para honrarte.
De la Sede y las Batallas, de las Fiebres y la Granada,
De la Antigua y del Cojín, de los Olmos y la Estrella.
De los Reyes y el Pilar, del Madroño y de la Cinta,
Del Alabastro y Belén, de la Leche y del Reposo,
De la Alcobilla y Consolación, de Génova y Facistol.
De los Remedios y Concepción, del Rosario y los Dolores,
De la Asunción y la Angustia, del Valle y de la Piedad,
Del Pozo Santo y la Anunciación, de los Marmolejos y la Merced.
Rezan las piedras el Avemaría, las que vinieron de Itálica y que calza la Giganta, las que se elevan al cielo, en un sueño de canónges que de loco enamorado te construyeron un templo.
Y te reza el frío mármol, que se extiende ante tus plantas para alfombrar con sus carnes, blancas de tanta pisada, tu camino penitente, Madre siempre Inmaculada.
Reza el sol en los cristales rompiéndose en cromatismo, atravesando coqueto, las vidrieras del Templo, tercero en la cristiandad.
No quiso hacerte Sevilla, Madre de Dios, Madre Nuestra, un convento, una capilla, un santuario, un retablo, una parroquia, un sagrario, que quiso hacerte una iglesia de renombre universal, a donde se coronara a la flor del azahar, a la azucena florida, a esa rosa sin espinas que es la Madre del Señor.
Y quiso también Sevilla, por si duda aún cabía, nombrarla a la humanidad con advocación mariana y antigua en nuestra ciudad.
Templo de la penitencia para rezar ante Vos.
Catedral de la ciudad levantada en pos de Dios
Y en el nombre de su Madre Bendita entre las mujeres,
Catedral de dulce gracia, Santa Maria de la Sede.
A mis dos abuelas nadie las presentó y jamás se conocieron.
Mi abuela Ana, nació en Montánchez, era mi abuela materna, apenas si conviví con ella unos meses. Fue muy devota de la Virgen del Carmen. Me dejó entre sus recuerdos, un escapulario carmelita gastado por los años.
Mi abuela Concha, nació en Triana, cantaba flamenco y saetas como los ángeles. Acudía a misa a Santa Ana y su devoción la depositaba a las plantas de la Señora del Carmen, que la Abuela de Dios acoge en su Parroquia y ante la Virgen del Rocío, que Almonte cobija.
De ambas, después del tiempo, he heredado la devoción Carmelita.
De mi abuela Ana su escapulario, de mi abuela Concha mi amor a Triana.
Todo me lleva a Triana y Triana a Ti, Pastora.
Más de cien años viviendo en la gloria de los Cielos, que es como decir Triana.
A la vera de tu Madre, esa Señora Santa Ana de regio porte trigueño, que se desvive en cuidarte.
Soleares de Triana suenan a compás del paso, mientras la tarde agoniza en un septiembre templado, que va buscando el otoño entre los mimbres del río.
Todo me lleva a Triana y Triana a Ti, Pastora.
Junto al risco de tu peña, te están diciendo piropos el párroco Martín Pérez y el devoto Padre Míjares, el Arcángel San Miguel y el Franciscano Isidoro, requiebros que por las calles se van convirtiendo en Salves.
Hay un cielo de cohetes en la Plazuela Santa Ana, cuando suena el tintineo del collar de tus ovejas y el barrio regresa al barrio de devoción heredada, que nunca dejó de ser esta bendita Triana.
Todo me lleva a Triana y Triana a Ti, Pastora.
Se está durmiendo la luz y en tu pelo de azabache busca refugio la tarde. Llega la calle Pureza y el Cielo viste de arte, desde el se asoman tus hijos para volver a mirarte.
Rafael Ariza "El Viejo", toca el martillo con arte y Demófilo te hace con la palabra del duende una crónica de historias que recuerda al viejo Betis. Belmonte en el Altozano, baja los brazos y extiende en un capote de sueños, flores de aromas intensos para que tu pie derecho nunca repose en el suelo. Maireles con sus pinceles, te deja escrito en la noche la leyenda imaginaria que en Ti se hizo realidad, y es que en Septiembre Pastora, "Triana te esperará".
Todo me lleva a Triana y Triana a Ti, Pastora.
En tus enaguas de seda llevas prendido Señora, los amores de tu barrio y los suspiros del Río que aquel día te acunara, con la brisa de bonanza que viene desde Sanlúcar y las espumas de sal que llegan desde la barra. Y hasta el puente abrió sus ojos, de oscura forja trianera, para mirarse en los tuyos, del color canela.
Todo me lleva a Triana y Triana a Ti, Pastora.
Cruza ese puente Pastora y despídete del río.
Dile hasta luego a Santa Ana y saluda a la Capilla.
Que Mayo vino por Ti con el sol y nuevo brío
como regalo de amor que a Ti te ofrece Sevilla.
Pastora de las promesas y de devoción sincera
permite dejarte el beso de ésta pobre pregonera
repleto de sentimientos de mi sangre trianera.
Todo me lleva a Triana y Triana a Ti, Pastora.
-Se apagaron con el eco de los vientos, los sonidos de las tibias trompetas y los roncos tambores. Pasó, como siempre pasa, tan renovada y coqueta, tan antigua y tan austera, la Semana Grande de la ciudad.
Con la Gloria de Dios Resucitado, nos llenamos de gozo.
Presentíamos que la primavera pronto nos visitaría tiñendo las calles de alegría.
Y llegó Mayo, con sus nostálgicas cancioncillas infantiles, esas que nuestras madres, esas madres de Sevilla que tanto saben y supieron de amor, nos enseñaban postradas de hinojo junto a la cuna:
Bendita sea Tu Pureza y Eternamente lo sea
Pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza.
A Ti Celestial princesa, Virgen Sagrada María,
Yo te ofrezco en este día, alma, vida y corazón.
Mírame con compasión, no me dejes Madre mía.
Así le reza sin duda "El Chato de la Costanilla", a su Madre de la Salud, mientras en una chicotá de ensueño, el paso camina entre la devoción de los siglos y la expectación de la gente cofrade, que sale a su encuentro en una tarde vestida con la elegancia de los tiempos y que se recuesta taciturna, en la escalinata del Santo Isidoro, exhalando el último beso de la luz, que se refugia en el calor de tu manto.
Llegó Mayo, el de las acacias y los arrayanes, el que llega a las ventanas regalando luz, el de San José, de madera extremeña y mucho barrio, tanto que hasta su nombre lo lleva por bandera y creciendo al amparo del Bueno del Carpintero con esfuerzos y sin cesar en el empeño, van arraigando su devoción entre sus moradores.
Mayo siempre es Sevilla. Es uno de los pocos meses que tienen apellido: "Mayo Mariano", por eso Mayo siempre será de Sevilla.
La llamaron de la Alegría, porque no hay forma humana de llamar a la "Gracia de Dios" con más acierto. Y te sabes Alegría del mundo cuando acercas tu mano a los labios de Sevilla en la Gloria de la Resurrección, anunciando que Cristo vive y que se inicia tú tiempo. Alegría, en el recodo de la historia vecina de las leyendas de la ciudad y de esos momentos donde en reloj se detiene en el corazón y los recuerdos, descansando su memoria en el último banco de San Bartolomé.
Dicen los textos sagrados que Gabriel abandonó la estancia aprisa, toda vez que anunció la buena nueva a María, pero aquí sabemos que permanece junto a la Virgen, porque se quedó prendado de su belleza serena, de su mirada profunda, éste Arcángel Sevillano que en Coria viera la luz, no quiere nunca apartarse de tu silueta de Reina.
Me han dicho, Anunciación, que trae encargo de la Gloria, de otro angelito del Cielo al que llaman como él, para que siempre acompañe tu devota procesión, ese otro Serafín con Dios está en las Alturas y se llama Castejón.
Sin duda alguna, no existe mes en el año que más identifiquemos con la devoción a la Santísima Virgen María, que éste de Mayo.
¿Quién de los presentes en los tiempos de infante no ha solicitado de su madre, ramilletes de flores para rendir pleitesía a la más hermosa entre ellas?
La cancioncilla que aun resuena en nuestra mente con la que saludábamos al inicio de la jornada escolar a la Madre de Dios; "venid y vamos todos con flores a María…"
Aquellas imágenes que de la Virgen Santísima se repetían una y otra vez, en el pasillo principal del colegio o en la entrada, sobre el encerado verde en un pequeño cuadro o en las viajeras capillitas de madera que protegían a la recogida representación de la Reina del Cielo, con un cristal repleto de huellas de diminutos dedos y de besos enormes.
Como aquellas que las Hijas de la Caridad, encomendaban a sus alumnos y que presidían por un día los hogares del barrio de San Román, recibiendo las oraciones y las peticiones de nuestras madres, que se afanaban, por dejar impoluta las capillitas viajeras de la Virgen Milagrosa.
Aquella devoción de los hogares y de nuestra infancia, que cada año por Mayo nos visita en los rincones del alma, sacando lo más bello de nosotros.
…Y seguimos siendo niños y volvemos al colegio.
Devoción de lapiceros, de compás y cartabón, como la que nos preside a diario en la llamada de auxilio ante las vicisitudes.
Advocación infantil y risueña de María Auxiliadora, que nos guía y protege, en cualquier lugar del mundo donde se encuentre Don Bosco.
Fervor de la tierna infancia que nunca ha de faltarnos en la celosía del alma.
Procesiones de jolgorio y jubileo inocente, colores rosa y celeste como tu misma bandera.
Entronizada y serena en su propio Santuario del colegio Salesiano.
En recogida capilla de la calle San Vicente.
Encantadora y hermosa desde el mismo Nervión.
Y en la otra orilla del río, con el alboroto alegre de los niños que acompañan:
"Sentaita" y sevillana,
va la hija de Santa Ana
repartiendo bendiciones
por las calles de Triana.
Una mañana radiante se despierta en este Mayo, se ha adelantado al reloj a los viejos calendarios.
Hay barrios despabilados y bulliciosa alegría, que corre como un riachuelo desde el Cerro hasta Triana, desde el Sur de la ciudad hasta el mismo Salvador, eclosionando en San Gil.
Las siete de la mañana, huele a fresca amanecida, a café de pucherete, al carburo de los carros, a romero y a tomillo, a la juncia y al lentisco y al almidón de las batas.
Están sonando cohetes que ajan el cielo eterno, convocando a la alegría que se derrama en las calles.
Azul limpio en las alturas y verde en el corazón.
Ya se prepara Sevilla para decirles adiós a los que cogen su atillo con la vara de acebuche rematada por la mata de floreciente romero, o a los más que afortunados que llevan una carriola y pasean en charré, a los que lo harán andando y arrimados a los costeros del cajón de la carreta, que lleva el Simpecado.
Sobre el pecho luce orgullosa la medalla rociera, con el cordón del color de la cinta del sombrero.
Verde para Triana, blanca y verde para Sevilla, albero y verde para la Macarena, roja y verde para Sevilla Sur y oro y verde en el Cerro.
Cinco suspiro de plata que se marchan buscando los terrones y los bancales de arena de la Raya Grande, las tablas que crujen del Puente del Ajolí, las aguas mansas del Jordán andaluz, el Quema de los bautizos y de las Salves, las chumberas y cigüeñas del Palacio, cinco carretas del alma que sirven de baldaquino, a la representación pictórica de la Madre de Dios y del Rocío, en un alarde de religiosidad popular, nacida al sur del sur y que no conoce fronteras.
Sobre el cajón, a la verita del bendito Simpecado, cientos de velas de promesas que los fieles que no hacen el camino, depositan al partir las Hermandades, que se prenderán en la pará de la noche, cuando se elevan los cantos a la Señora de las Marismas, que nació en el Reino de Sevilla, bajo un acebuche Manriqueño y que nos recibe en ese Sábado de la Gloria, víspera de Pentecostés, a las puertas de su Ermita.
Ya crujen los ejes de las ruedas en las carretas de plata.
Crujen los frontiles de los bueyes con el andar cansino que el carretero manda.
Crujen las guardamalletas y las columnillas.
Cruje el cajón y crujen las varas de los cohetes.
Crujen las gargantas rotas en los vivas.
Crujen las retamas que pisan los peregrinos.
Crujen las maderas del tamboril y el aire de la gaita.
Crujen en el alma las presencias de las ausencias.
Crujen las mejillas que las lágrimas bañan.
Y crujen los sentimientos en la calle Las Carretas,
porque es que cruje la vida y las promesas cumplidas,
cuando me acerco a tus plantas
suplicando tu perdón, rogando tu bendición.
Devoción del rociero
Madre de Dios y nuestra
Señora de las Marismas,
Promesa de los romeros
Blanca Paloma del Cielo
y Rocío de mis anhelos.
Dios ha bajado de los Altares, ha salido de los Templos y ha tomado la Ciudad.
Está por todas partes.
En los viejos corredores de los patios de vecinos, en las plazas pequeñas y recogidas, en los adarves ocultos de Sevilla…
Dios es azul y es juncia, y es romero fresco y sol de justicia, y es rojo seise y celeste "Cieguecita", y es valor de las Patronas, esas Santas olvidadas y es Leandro e Isidoro, entre plata marfileña y es la inocencia de un niño que en el Sagrario le rezan y es la Luz de la mañana y es la Cena más amarga que Dios mismo compartió.
Dios es Amor y en Sevilla, es Sacramento y Pasión.
¿Cuántas veces durante nuestra infancia, no habremos escuchado decir a nuestras abuelas: "San Antonio Bendito, dame salud".
Y San Antonio, allá por Junio, vuelve a visitar a nuestras abuelas, esas que entre el ganchillo y los bolillos, aun tienen el tiempo enredado entre las manos y cuentan con paciencia las devociones de sus antepasados.
Así lo siguen haciendo, en las puertas de sus casas, cuando San Antonio pasa un Junio por Torreblanca.
¡Las abuelas! Siempre las abuelas… que hubiese sido de devociones como ésta o como la del Corazón de Jesús, si no hubiese sido por ellas…
"Divino Corazón de Jesús, en Vos confío".
Divino Corazón de Jesús henchido de amor y herido de traición. Haces en Junio el milagro de reunir a todo un barrio y visitar al enfermo dándole tu bendición.
Cristo vivo, entre nosotros, con ese dulce semblante que te regalara Illanes.
Un Junio donde el calor comienza a apuntar el final de las clases y tu procesión.
Naciste al amparo del sol que tiene su propio barrio y con el patrocinio de un puñado de infantes, bajo la mirada atenta y protectora del Santo Claretiano.
Doncella de Nazaret, devoción limpia y sincera que te entregan todo el año los niños de tu colegio. Corazón puro y sin mancha y orgullo de Tu Hermandad.
Narra Bermejo para la historia de la Ciudad, que Sevilla fue sitiada en tiempos de Gunderico el monarca de los vándalos y alanos, allá por el año 423. En esos momentos convulsos y terribles para la cristiandad, la Virgen de la Hiniesta fue retirada del culto y preservada de posibles actos sacrílegos, ocultándosela en el Templo de San Julián.
No sería ésta su morada definitiva.
Con la llegada de los árabes la decisión de los fieles se hizo efectiva, la Señora fue trasladada a tierras catalanas donde la seguridad se podía garantizar, adentrándola en los montes, entre lentiscos y retamas, protegida de posibles profanaciones.
Pero llegó un momento en que la Virgen de la Hiniesta quiso regresar a Sevilla, después de haber hecho benditas aquellas tierras Catalanas.
Quiso Santa María de la Hiniesta, poner en su camino a un noble caballero aragonés Mosén Per de Tous, que en 1380, encontrándose éste de cacería, halló Su bella imagen acunada por el aroma del romero y el tomillo.
Y Mosén la trajo hasta Sevilla, levantando capilla y enterramiento familiar en la cabecera de la nave del Evangelio de San Julián. Corría el año del Señor de 1407, cinco años después se erigiría la Hermandad para honor y gloria de la Virgen de la Hiniesta, patrona y alcaldesa bendita de la Ciudad.
Así se cumplió todo lo que la Madre de Dios, "bella Rosa gloriosa en un volcán", dispuso en tierras altas de Montserrat, como reza su leyenda a modo de deseo:
"Sum Hispalis de Sacello ad Portem quod ducit ad Cordubam"
"Soy de Sevilla, de un templo que se encuentra en la puerta que conduce a Córdoba".
Permite a la pregonera, Rosa entre las retamas e Hiniesta de San Julián, que tome en éste momento tu deseo y sentimiento que a Mosén dejaste dicho y me lo lleve conmigo hasta Capillas, Iglesias, Conventos y hasta cenobios, donde moran devociones que de otras tierras llegaron y aquí raíces echaron, siendo ya tan sevillanas como tu propia pureza.
SOY DE SEVILLA, mi gracia es Montemayor, vi nacer a Juan Ramón y desde Moguer llegué. Vivo en San Juan de la Palma, muy cerca de la Amargura.
SOY DE SEVILLA, y del prado me proclaman, en higuera de la sierra tengo una ermita pequeña y en ésta ciudad bendita me dan cobijo los muros de una antigua colegial que llaman del salvador.
SOY DE SEVILLA, desde Roma me trajeron con el nombre de Araceli, en Lucena entronizada mi devoción se quedó, como en un "Altar del Cielo". En San Andrés me acogieron y aquí me quiero quedar porque es estar en el cielo.
SOY DE SEVILLA, mi nombre es de la Sierra y patrona soy de Cabra, Fernando el pendón me dio y ante mis plantas rezó. Vivo en la Puerta de Osario, en un Templo con solera al que llaman de San Roque.
SOY DE SEVILLA, y me llaman Guadalupe, soy un claro de luna en la historia de Juan Diego. O soy de un moreno intenso si me rezan franciscanos en las montañas de Cáceres. Me cuidan hijos de Asís y los de San Juan de Dios, en ésta bendita tierra.
SOY DE SEVILLA, morenita y pequeñita, mi nombre es de la Cabeza, me escondieron entre peñas para conservar mi talla y allí en lo alto de un cerro tengo yo mi santuario en la serranía de Andujar. Vivo en San Juan de la Palma y en Sevilla también tengo, la gubia de un gran maestro, una Hermandad muy antigua y el barrio de un Santo Mártir.
SOY DE SEVILLA, me baña el mediterráneo con sus aguas cristalinas y en Almería me veneran como patrona bendita de la tierra y del Mar. Hijos de San Juan de Dios me dan cobijo en su casa.
SOY DE SEVILLA, del Juncal a mi me llaman, en Irún mi advocación es antigua y muy querida, yo me siento sobre un trono y mi hijo en mis rodillas, aquí tengo propio un barrio que en Setiembre se engalana para que pasee sus calles.
SOY DE SEVILLA, junto a un roble y una fuente en Logroño me encontraron, mi nombre es Valvanera y San Benito presido. Patrona soy de mi Barrio que llaman de la Calzá.
SOY DE SEVILLA, luminosa devoción la que contiene mi gracia, patrona soy de Canarias y mi nombre se pronuncia con acento en Sudamérica, pero mi casa en Sevilla es humilde y muy devota, me dan cobijo en un barrio que lleva mi propio nombre y se llama Candelaria.
SOY DE SEVILLA, mi nombre es Desamparados, de Valencia soy patrona y en Sevilla tengo casa con los vecinos de Alcosa y con los de San Esteban, rezándome en San Vicente como en el propio Levante.
SOY DE SEVILLA, antes que mi devoción se arraigara en Zaragoza, yo era ya de Sevilla, cuando el Obispo San Pío me modelara con barro y de esta Ciudad me hiciera Pilar de toda patrona.
SOY DE SEVILLA, yo vine de Cataluña y mi nombre es Montserrat, me trajeron mercaderes de ricas sedas y telas, pero me quedé esperando las devociones ocultas, en una Capilla antigua a las plantas de mi hijo, que es del mundo Conversión.
SOY DE SEVILLA, aunque mis nombres sean cientos, aunque las raíces tenga esparcidas por el mundo, aunque me recen en lenguas que ni imaginarse puedan.
Siempre seré de Sevilla, porque aquí está mi tierra y su bandera lo dice, y lo dicen las Iglesias erigidas en mi nombre y sus calles y sus plazas y las medallas al cuello y las velas de promesas y lo grita ante los tiempos este Templo colosal y esta bendita ciudad, que me ha coronado Reina al sur de la Cristiandad.
Nuestra ciudad es un compendio de historias vividas, sufridas y presentidas, una amalgama de leyendas, de tradiciones y de culturas, un cúmulo de fábulas, sueños y utopías.
Así lo es hasta en su propio nombre.
Ya lo dijo el inefable Rodrigo Caro:
"El nombre de Sevilla no es uno sino muchos, como lo suelen tener las cosas grandes".
Muchos son también los nombres con los que Sevilla proclama a los vientos su carácter Mariano.
Muchos son los apellidos con los que acude a rezar ante la Virgen Santísima.
Y la llama, "Vecina", "Reina", "Madre", "Capitana", "Guapa", "Niña" o "Chiquitita".
La bautiza con el nombre de su Iglesia o de se Parroquia, de su collación o de su barrio.
Así, la Virgen del Carmen es en Sevilla, de Santa Catalina, de Triana, de San Gil, del Santo Ángel, de Calatrava, del Puente, de San Lorenzo, del Buen Suceso, de San Leandro, del Salvador, de Omnium Sanctorum, de Santiago, de San Pedro, de Santa Ana… y de tantos apellidos como la devoción mande.
Versos, Salmos y Oraciones, convertidos en cantata, Letanías de dulce son a la Madre del Carmelo, Señora de pura nácar, Concepción Inmaculada, bandera de azul y plata.
Carmen te llama Sevilla y por Carmen te proclaman
en azulejos, en talla,
en barro o en rica plata,
en oro, en escapularios y en rosarios de plegarias
que día a día desgranan los devotos de tu estampa.
Carmen en las arboledas que allá en la Cruz del Rodeo,
entre leyendas añejas,
se derraman a tus plantas
en la Devoción de un pueblo
asomado a las ventanas
del tiempo y de la historia,
Carmen te nombra a ti el puente, centinela de su barrio,
frontera de mi Triana,
lucero del marinero
y del puerto que la historia
olvidó que un día existió.
Mechero de nuestra Fe.
Bienhechora del que parte,
Patrona del que regresa.
CARMEN. Seis letras para quererte.
Seis motivos para orarte.
Seis diamantes engarzados que tu corona atesora.
Seis momentos de ilusión al contemplar tu semblante.
Seis gracias las concedidas por la que fue concebida
sin pecado original.
Carmen te puso Santa Ana,
la abuela del Niño Dios,
y te parió Capitana
de Esperanza por amor,
en un Templo colosal ,
más que Iglesia Catedral.
Devoción arrabalera
de ese barrio universal.
Carmen en el mismo arco, sin lágrimas y sin llanto,
con un sueño de plumeros
y de verdes terciopelos
que en San Gil dicen que vive
y en primavera florece,
cuando la luna está alta
y entre los trigales crece,
amor al lirio silvestre.
Carmen en el Santo Ángel, Ángel Santo que anunció,
la concepción de su Hijo,
Padre, Espíritu y Amor.
Carmen junto a San Leandro
que te cobija y protege.
Aunque soplen malos vientos,
muéstrales tu escapulario
a los devotos y hermanos
que como ancla de fe