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Tres Temas de Formación para las Hermandades y Cofradías

 

Tema I: Dios, Horizonte del Hombre.

Tema II: Jesucristo, ayer, Hoy y siempre.

Tema III: La Iglesia en que yo creo.

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Tema III: La Iglesia en que yo creo.

3.1. Motivación del Tema.

3.2. Constatamos.

3.3. Referencia Doctrinal.

3.4. Nuestro acercamiento a Dios.

3.5. Nos preguntamos.

3.6. Tomamos algún compromiso.

3.7. Para ampliar nuestros conocimientos.


 

Ir al inicio de la página 3.1.- Motivación del Tema

3.1.1. La vocación bautismal es una vocación esencialmente comunitaria, es decir, eclesial: decir “bautizado” es -de por si- decir “miembro de la Iglesia”. De may, que el tema de Iglesia es un tema realmente central en la vida de un cristiano. Es uno de los puntos imprescindibles de referencia para definir la autenticidad de la vocación cristiana. No se es cristiano “por libre”.

3.1.2. Jesús llamó y envió a sus seguidores al mundo, no en forma individualista, sino constituyéndolos en grupo, es decir, de forma comunitaria: “venid, os haré pescadores de hombres”, “como el Padre Me envió, así os envío Yo”, “íd y anunciad la Buena Noticia”, “seréis mis testigos”..: siempre en plural, es decir, siempre comunitariamente.

3.1.3. La vida cristiana auténtica, según eso, tiene que vivirse y desarrollarse siempre en el contexto de la Iglesia: de una Iglesia concreta (Diócesis o Parroquia), pero con un horizonte católico, es decir, universal.

3.1.4. Por otra parte, somos conscientes de que la Iglesia, la comunidad eclesial, poco a poco pero de forma clara, va perdiendo significatividad en la sociedad en que vivimos: cada vez significa menos la Iglesia, y cada vez importa menos pertenecer o no a la Iglesia. Y sin embargo, en este mundo nuestro, en esta sociedad nuestra tan dividida, tan desunida y tan llamada a la unidad como “aldea global”, la Iglesia está llamada, por su propia naturaleza, a ser fermento e instrumento de cohesión y de unidad entre todos los hombres, sin distinción de raza, sexo, nación, continente, estado social, etc...


Ir al inicio de la página3.2.- Constatamos

3.2.1. La idea y hasta la vivencia que tienen no pocos cristianos es la de un cristianismo individualista: la dimensión comunitaria de la vocación cristiana está completamente ausente de sus vidas. La Iglesia aparece como una especie de gran supermercado espiritual” del que nos servimos para nuestro propio provecho, pero con el cual y con sus dirigentes-empresarios, nos tenemos propiamente nada que ver.

3.2.2. Se da, además, en la mente y en el lenguaje de muchos, incluso cristianos, una reducción, real por más lamentable que sea, de la Iglesia a la Jerarquia. Iglesia, es equivalente a Jerarquía: la Iglesia dice, la Iglesia hace, la Iglesia falla...

3.2.3. Muchos no creyentes y también muchos creyentes, tienen un concepto de la Iglesia completamente negativo. La Iglesia, al remar contra corriente, es una fuerza, un poder fáctico y mediático completamente negativo: es completamente retrógrada, antiprogresista, contraria al “verdadero progreso” de la sociedad y de sus conquistas en el campo sobre todo de la técnica y de la ética.

3.2.4. No es raro, además, encontrar cristianos que en su relación con la Iglesia se comportan como si “lo de la Iglesia” no fuera de él, como si se tratase de algo completamente ajeno a su persona, a su pensamiento, a sus intereses profundos, a sus preocupaciones más hondas.

3.2.5. Con relativa frecuencia, la Iglesia aparece -con no pequeño escándalo- como una entidad eminentemente pesetera”: es decir, muy interesada en todo lo referente al dinero. Más aún, aparece como una entidad inmensamente “rica” cuyos miembros principales, la Jerarquía, vive opíparamente en un nivel de vida que sólo los ricos pueden tener.


Ir al inicio de la página3.3.- Referencia Doctrinal.

Evangelio de Marcos: “Mientras subía Jesús a la montaña fue llamando a los que él quiso y se reunieron con él. Designó a doce para que fueran sus compañeros y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios. Así constituyó el grupo de los Doce” (3,14-15)

Libro de los Hechos: “Los que aceptaron sus palabras se bautizaron y aquel día se les agregaron unos tres mil. Eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles y en la comunidad de vida, en el partir el pan y en las oraciones. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común: vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno” (4,4 1-45).

Carta a los Romanos: “En el cuerpo, que es uno, tenemos muchos miembros, pero no todos tienen la misma función; lo mismo nosotros, con ser muchos, unidos a Cristo formamos un solo cuerpo y, respecto a los demás, cada uno es miembro. Pero con dotes diferentes según el regalo que Dios nos haya hecho: Si es el hablar inspirado, ejérzase en proporción a la fe: si es el servicio, dedicándose a servir; si es el que enseña, a enseñar; si es el que exhorta, a exhortar. El que contribuye, hágalo con esplendidez; el encargado, con empeño; el que reparte la asistencia, con simpatía” (12,4-8.

Carta a los Efesios: “Fue Él (Cristo) quien dio a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, a otros como pastores y maestros, con el fin de equipar a los consagrados para la tarea del servicio, para construir el cuerpo de Cristo, hasta que todos sin excepción alcancemos la unidad que es fruto de la fe y del conocimiento del hijo de Dios, la edad adulta, el desarrollo que corresponde al complemento del Mesías” (4,11-13).   

Constitución “Lumen Gentium”: “En todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien le teme y practica la justicia. Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. (...) Este pueblo mesiánico, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como de instrumento de redención universal y le envía a todos el universo como luz del mundo y sal de la tierra” (n° 9).

Constitución “Gaudium et Spes”: “Dios creó al hombre no para vivir aisladamente sino para formar sociedad. De la misma manera, Dios ‘ha querido santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente’. Desde el comienzo dc la historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres no solamente en cuanto individuos, sino también en cuanto miembros de una determinada comunidad” (n° 32).

Constitución “Sacrosanctum Concilium”: “Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina, y todo esto de suerte que en ella lo humano está ordenado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos” (n° 2).

771: “Cristo, el único Mediador, estableció en este mundo su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como un organismo visible. La mantiene aún sin cesar para comunicar por medio de ella a todos la verdad y la gracia. La Iglesia es a la vez: ‘sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico de Cristo; el grupo visible y la comunidad espiritual; la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo’. Estas dimensiones juntas constituyen una realidad compleja en la que están unidos el elemento divino y el humano”.

811: “Esta es la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica. Estos cuatro atributos, inseparablemente unidos entre si, indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión. La Iglesia no los tiene por ella misma; es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades”.

n° 827: “Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y buscar sin cesar la conversión y la renovación. Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación”.


Ir al inicio de la página3.4.- Nuestro acercamiento a Dios.

3.4.1. El Concilio Vaticano II ha representado en la Iglesia de nuestro siglo XX una profunda renovación en la forma de concebir y de vivir la realidad Iglesia. Con el Concilio Vaticano la Iglesia llegó a una nueva conciencia eclesial, formada por una nueva forma de “ser”, una nueva forma de “estar presente” y una nueva forma de “actuar”.

3.4.2. Por otra parte, las líneas de fuerza en que puede expresarse la renovación eclesiológica realizada por el Vaticano II pueden sintetizarse en las cinco líneas que a continuación se analizan. Son líneas diversas pero necesariamente complementarias, de forma que no puede escogerse una con desconocimiento u olvido de las demás.

3.4.2.1. La Iglesia es un “Misterio”, y por consiguiente, una Comunidad de fe.

“Misterio” en el lenguaje bíblico es la revelación o manifestación de un designio de Dios que, habiendo estado mucho tiempo oculto, se hace patente, se manifiesta a un cierto momento en la historia: “en la plenitud de los tiempos” dice el apóstol Pablo. La Iglesia, como continuación en la historia de Cristo, que es la revelación suprema del amor de Dios a los hombres, está llamada a ser, en su debilidad humana, la revelación, la manifestación de que Dios sigue amando hoy a la humanidad, sigue queriéndola salvar, sigue queriendo llevar adelante el Proyecto de construir su Reino entre los hombres. En su esencia más profunda, la Iglesia tiene que ser el lugar en el que se revela el designio salvador de Dios, y el instrumento de que Dios quiere servirse para realizar ese Proyecto. La Iglesia está llamada a ser, además, reflejo del misterio de Dios, uno y trino, y del misterio del Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre en la unidad de su persona. Ahora bien, si al “misterio” se responde con la fe y desde la fe, la Iglesia es -debe ser- una Comunidad de fe

3.4.2.2. La Iglesia es “el Pueblo de Dios”, y por consiguiente, una Comunidad de corresponsables.

En la Antigua Alianza Dios quiso formarse un Pueblo -capitaneado por Moisés- que lo honrara y fuera, al mismo tiempo, instrumento de salvación para los demás pueblos de la tierra. Al hacerse infiel, siendo ‘pueblo de dura cerviz’, el mismo Dios envía a Cristo, su Hijo, para que, siendo Él la cabeza, formara un Nuevo Pueblo que -teniendo un corazón de carne y no de piedra- le dé culto “en espíritu y en verdad”, y sea portador de la Buena Noticia del Reino hasta los confines de la tierra. Este es un Pueblo al que se entra a formar parte por el Bautismo. Un Pueblo constituido por hombres y mujeres cuya dignidad única y suprema es la misma para todos: la de ser bautizados. Un Pueblo orgánicamente estructurado a partir de la diversidad de dones, carismas y ministerios que reparte el Espíritu entre todos. Un Pueblo que participa, todo él, de la triple condición de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Un Pueblo que tiene la vocación radical de servicio a todos los hombres. Un Pueblo plenamente consciente de su condición de “peregrino” hacia la realización plena del Reino. Un Pueblo que constituye, por todo esto, una Comunidad de miembros corresponsables.

3.4.2.3. La Iglesia es “una Comunión”, y, por consi­guiente, una Comunidad de hermanos.

El gran deseo de Cristo, mejor habría que decir que su gran obsesión, fue la “unidad” de todos los suyos: “Padre santo, que todos sean uno. Que como tú y yo somos ‘uno’, que también ellos sean ‘uno’; que sean consumados en la unidad para que el mundo crea que tú me has enviado”(Jn 17,11-21). La Iglesia es, por expreso mandato y deseo de Cristo una gran comunión de todos los seguidores y creyentes en Cristo. Una comunión que tiene que realizarse en la diversidad y desde la diversidad. La unidad en la Iglesia y de la Iglesia no es uniformidad, sino la convergencia y complementariedad de lo diverso. La diversidad en la Iglesia, lo mismo que la unidad, encuentran su fuente y principio en el Espíritu Santo: es Él, el que da los diversos dones, carismas y ministerios, y el que hace que esa diversidad, en lugar de ser para la lucha y el antagonismo, sea para el enriquecimiento de la Iglesia y de cada uno de sus miembros. Según eso, unidad y pluralismo en la Iglesia no son realidades contradictorias, sino exigencia profunda de la única fuente que es el Espíritu Santo. Existe además en la Iglesia un instrumento esencial e insuprimible para la construcción de la unidad: la Eucaristia que es, ante todo y por encima de todo, el sacramento de la unidad eclesial. La Iglesia es, pues, una auténtica Comunidad de hermanos.

3.4.2.4. La Iglesia es, en si, como “un Sacramento”, un “signo levantado ante las naciones”, y, por eso mismo, una Comunidad de testigos.

Si ‘sacramento’ es un signo sensible y eficaz de una realidad sobrenatural, es claro que el sacramento por antonomasia es Cristo: El es el gran signo que Dios ha dado Dios para demostrar con los hechos, cuánto nos ama: “tanto amó Dios al mundo que le dio su propio Hijo”(Jn 3,16. Siendo la Iglesia continuación de Cristo en la historia de los hombres, es evidentemente que también la Iglesia es, en sí misma, el gran ‘sacramento’ que Dios sigue dando a los hombres en el mundo actual. Pero tiene que ser un signo no solo sensible, sino ‘inteligible y fácilmente legible’ por todos los hombres, especialmente por los más sencillos, por los pobres, por los humildes, por los marginados, por los analfabetos de Dios y de Cristo. Por otra parte, silos signos son leídos siempre desde una sicología concreta y determinada, la Comunidad eclesial tiene que estar siempre atenta al cambio psicológico de la humanidad, y en particular, a los llamados signos de los tiempos. Y en este contexto sacramental, es preciso situar los siete sacramentos, a fin de que sean percibidos y recibidos como momentos de salvación para los que los reciben. Los sacramentos no actúan a modo de recursos ‘mágicos’ que operan en si y por sí en independencia de las vivencias de la comunidad cristiana y de la actitud interior del que los recibe. La plenitud sacramental requiere la presencia y la acción salvadora de Dios, la mediación insuprimible de la comunidad eclesial y la actitud positiva e iluminada del que recibe el sacramento. Este planteamiento requiere que la Iglesia sea, cada vez más, una Comunidad de testigos.

3.4.2.5. La Iglesia es “una Comunidad enviada”, y, por consiguiente, una Comunidad misionera.

Jesús se presenta ante los hombres como el Enviado por Dios Padre para anunciar e instaurar entre ellos el Proyecto de Dios sobre el mundo al que Jesús llama el Reino. Cuando termina su presencia histórica en este mundo, Jesús confía a su Comunidad el mandato que El mismo había recibido: “como el Padre Me envió, así os envío Yo”(Jn 21,21. La Iglesia es, por tanto, una Comunidad enviada para llevar a hombres un mensaje que no es suyo, sino de Dios: que no se le ha confiado solamente a algunos, sino a toda la Comunidad cristiana como tal; que no se lo ha inventado ella, sino que se lo ha confiado Dios a través de Cristo. “La Iglesia peregrinante -dice el Concilio Vaticano II- es por su naturaleza, misionera” (AD 2). Y el momento en el que el cristiano accede a ese compromiso misionero es el Bautismo. Todo cristiano es misionero en virtud de su propio bautismo. No hay por eso cristianos ‘activos’ y cristianos ‘pasivos vocación cristiana es, por su misma naturaleza vocación también al apostolado”(AA 2). Esta vocación misionera exige una doble y constante presencia: ante Dios y entre los hombres. Sin Oración, no puede haber Misión. Y sin contacto con los hombres, la Misión seria ilusoria. Ante el reto de la Nueva Evangeli7aelo” la Iglesia es más que nunca una Comunidad misionera.


Ir al inicio de la página3.5.- Nos preguntamos.

3.5.1. Nuestras Hermandades ¿se sienten Iglesia? ¿y los miembros de nuestras Hermandades, los Cofrades concretos ¿se sienten Iglesia?

3.5.2. ¿Qué podríamos hacer para superar la visión reduccionista, tan corriente hoy día, según la cual “la Iglesia” es “la Jerarquía”?

3.5.3. Si la Iglesia es un “signo levantado en las naciones” como señal de esperanza y de salvación, hay que preguntarse: ¿hasta qué punto es de verdad un “signo”, una “señal”? ¿Es un signo positivo o negativo? ¿un signo de qué?

3.5.4. ¿Nos duelen a nosotros de verdad las cosas referentes a la Iglesia? ¿Nos sumamos a las críticas que nos hacen, desde fuera, los que se sienten ajenos a todo lo que es Iglesia o se refiere a la misma?

3.5.5. ¿Cuáles nos parecen los mejores medios y caminos para contrarrestar eficazmente esas criticas?

3.5.6. Si la esencia de la Iglesia es radicalmente “comunitaria”, ¿cómo podríamos hacer para que nuestra Hermandad -de puertas adentro- se convirtiera de verdad en una célula viva, en una ‘pequeña Iglesia’?

3.5.7. Si tenemos la impresión de que nuestra Hermandad está aislada del resto de la Parroquia o Templo en que radicamos, ¿cómo podríamos hacer para ser de verdad “fermento de comunión” en relación con las demás Asociaciones, Movimientos o Grupos presentes en esta Parroquia o Templo?


Ir al inicio de la página3.6.- Tomamos algún compromiso.

 

 


Ir al inicio de la página3.7.- Para ampliar nuestros conocimientos.

 

 

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