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Vivir de la Palabra de Dios II
Plan de formación para Hermandades y Cofradías
de la Diócesis de Sevilla
Vol. II. Los Evangelios
- INTRODUCCIÓN GENERAL: EL NUEVO TESTAMENTO EVANGELIOS (I)
- II. EL NUEVO TESTAMENTO. EVANGELIOS SEGÚN SAN MARCOS
- III. EL NUEVO TESTAMENTO. EVANGELIOS SEGÚN SAN MATEO
- IV. EL NUEVO TESTAMENTO. EVANGELIOS SEGÚN SAN LUCAS
- V. EL NUEVO TESTAMENTO. EVANGELIOS SEGÚN SAN JUAN
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INTRODUCCIÓN GENERAL: EL NUEVO TESTAMENTO EVANGELIOS (I).
3. ¿Por qué la división de los evangelios en dos grupos?.
4. Los milagros de los evangelios.
5. Importancia de los evangelios para la fe del creyente.
6. Para nosotros, hoy, aquí y ahora.
1.1. Jesús de Nazaret, judío de origen y de formación,
suscitó en la historia, y en particular entre sus seguidores, un movimiento
religioso "nuevo" y hasta "revolucionario" en fuerte
contraste con la religiosidad proveniente de la Antigua Alianza sellada entre
Dios y su Pueblo. Por eso, ya en la primera generación cristiana se comenzó a
hablar de Nueva Alianza en abierta contraposición con la Antigua.
Entre ambas existe, con todo, continuidad y novedad, ya que la Antigua
Alianza confluye y culmina en Jesús, el cual es, a su vez, autor y consumador
de la Alianza Nueva. (cf. Hb 1,1-2; 8,1-13; 9, 1-15). 1.2. En este contexto de Alianza Nueva y definitiva, el
cristianismo se presentó desde el principio como "una Buena Noticia":
más aún, para los seguidores del Nazareno, muerto y resucitado, Jesús fue
la Buena Noticia por excelencia que los hombres, sobre todo los pobres, los
sencillos, los oprimidos y los marginados, esperaban: "tranquilizaos –dijo
el ángel a los pastores- mirad que os traigo una buena noticia, una
gran alegría, que lo será para todo el pueblo" (Lc 2,10). 1.3. Esta Buena Noticia se fue propagando, ante todo, gracias
al "boca a boca" de las propias comunidades cristianas que fueron
surgiendo, en primer lugar, en el territorio de Palestina; después en todo el
Asia Menor; más tarde en el occidente, llegando hasta la misma Roma, capital
del Imperio. "De esta forma –repite una y otra vez el Libro de los Hechos
de los Apóstoles- la Palabra del Señor iba creciendo y se robustecía poderosamente"
(Hch 6,7; 12,24; 19,20). 1.4. Las distintas comunidades cristianas fueron sintiendo
bien pronto la necesidad de poner por escrito los hechos y los dichos del
Señor que se habían ido propagando entre ellos, con el fin de fijar bien esas
enseñanzas y experiencias y de esa forma poder transmitirlas con la mayor
fidelidad posible a las generaciones futuras. 1.5. Así fueron naciendo "los evangelios", es
decir, los escritos –dirigidos a las comunidades cristianas- con los que se
aseguraba la transmisión de la Buena Noticia (el Evangelio con mayúscula), y se satisfacía también, en alguna medida, la
legítima curiosidad de los recién convertidos acerca de la Persona de Jesús
de Nazaret: su origen, su vida, su muerte y, sobre todo, el sorprendente hecho
de su Resurrección. 1.6. En realidad, "evangelios" hubo muchos: se hablará más
delante de evangelios "canónicos" y de evangelios
"apócrifos". Pero, andando el tiempo (a partir de la segunda mitad
del siglo II), la tradición de las distintas iglesias se fue decantando por cuatro
de estos evangelios, en los que esas Iglesias se reconocían a sí mismas en
su fidelidad al mensaje del Evangelio o Buena Noticia traída por Jesús. Como
final del proceso de discernimiento se redujo oficialmente a cuatro el número
de estos escritos, que desde entonces son normativos para la fe cristiana.
2.1. Una pregunta que surge de forma inmediata cuando nos
acercamos a los evangelios es si son "la historia de Jesús". La
respuesta a esta pregunta debe ser matizada. Si por historia se entiende un
relato casi fotográfico de la realidad que se narra, hay que decir que no. Los
evangelios tienen un inequívoco fondo histórico, pero es una historia
vista, leída y narrada desde la fe. Esto quiere decir, entre otras cosas, que
los lugares geográficos, el tiempo, las circunstancias de los hechos y dichos
de Jesús, son, con bastante frecuencia, realidades vistas y consideradas desde
una clave teológica, es decir, desde una interpretación particular, con un
significado que está siempre al servicio de la fe. 2.2. Una segunda cuestión es la que atañe al origen de los
evangelios: ¿dónde se originaron? ¿hubo, tal vez, unos autores (los conocidos
cuatro evangelistas) que se sentaron un buen día y fueron escribiendo sus
respectivos evangelios comenzando por el capítulo primero hasta llegar al
último? ¿cómo nacieron los evangelios? Y también ¿para qué fueron
escritos? ¿con qué objetivo? 2.2.1. Las respuestas a esta serie de interesantes preguntas,
tienen un denominador común: la comunidad cristiana: o, por mejor decir,
las comunidades cristianas. Fueron las comunidades cristianas las que,
movidas por el deseo de conservar la "memoria viva" de lo que Jesús
"hizo y enseñó desde el principio" (Hch 1,1) y por la necesidad y
urgencia de transmitir con fidelidad esos mismos hechos y palabras salvadoras a
los cristianos que no habían conocido ya personalmente a Jesús, fueron
recopilando en documentos separados, los hechos de Jesús (es decir, su
actividad mesiánica y sobre todo sus milagros), y, por otra, los dichos de
Jesús, de los que se sirvieron más tarde los redactores de los evangelios. 2.2.2. Quiere esto decir, que los evangelios son impensables
sin la "cuna" en la que nacieron: las comunidades cristianas. Unas
comunidades que, aun rehaciéndose todas con amor y fidelidad a la persona de
Jesús de Nazaret, eran diversas las unas de las otras, según que hubieran
surgido en Judea, en Roma, en Antioquía o en Galilea. Eran diversas por el
ambiente sociocultural, por la formación de sus miembros, por el estatus
social, por su procedencia del judaísmo o del helenismo, etc.. Comunidades
todas cristianas, pero con una configuración claramente pluralista. 2.3. Este pluralismo explica que los evangelios, aun siendo
todos expresión del único Evangelio (la única Buena Noticia), no sean textos
uniformes: cada uno tiene su propia y peculiar "arquitectura". Una
arquitectura que responde no solo a la peculiaridad de cada uno de los cuatro
autores (Marcos, Mateo, Lucas y Juan), sino también al interés espiritual y
misionero de los destinatarios, a la finalidad que cada autor se propuso al
redactar el texto del propio evangelio, a la cultura y formación de los
miembros de la comunidad, a su ambiente o momento religioso, etc. 2.4. Eso hace que un mismo hecho o dicho de Jesús (vgr. la
proclamación de las Bienaventuranzas, el milagro de la multiplicación de los
panes, los relatos de las apariciones del Resucitado y otros muchos) se presente
no sólo en momentos distintos de la vida de Jesús o en lugares geográficos
distintos, sino incluso con matices y redacciones notablemente diversos: en
definitiva, se trata de los mismos materiales (valga la expresión), pero con una preocupación arquitectónica sensiblemente
distinta en cada caso. 2.5. En este sentido, es necesario distinguir netamente entre
evangelios canónicos, es decir, reconocidos y aceptados oficialmente por
la Iglesia (hecho que ocurrió a partir de la segunda mitad del siglo II), y evangelios
apócrifos. 2.5.1. En los años que siguieron a la Resurrección del
Señor, en el momento mismo en que la comunidad cristiana (la Iglesia) daba sus
primeros pasos por la historia (entre los años 65 d.C. y finales del siglo II),
se suscitó en el corazón de los creyentes el natural deseo de conocer de
manera pormenorizada hasta los más pequeños detalles de la vida del Maestro.
Así se produjo una amplia proliferación de escritos en los que, para colmar un
cierto vacío, se narraba con todo lujo de detalles la vida del Señor e incluso
la de su Madre, María. 2.5.2. Muchos de esos escritos corrían entre los cristianos
como otros tantos evangelios, pero de forma oculta: por eso se llaman
"apócrifos". En general, los evangelios apócrifos, al tiempo que narran con gran lujo de detalles (con frecuencia
fabulosos y hasta ridículos) la vida de Jesús y de su Madre, adoptan el nombre
de un Apóstol (Pedro, Tomás..) con el fin de dar mayor importancia e interés
al escrito. Entre ellos son famosos el Evangelio de Pedro, el Evangelio
de Tomás, el Protoevangelio de Santiago, el Evangelio de los
Hebreos, el Evangelio de los Nazarenos, el Evangelio de los
Ebionitas, el Evangelio de los doce Apóstoles y muchos otros. 2.5.3. Es importante saber que los evangelios apócrifos
fueron sistemáticamente desautorizados desde un principio por la Iglesia
oficial (llamada "la gran Iglesia"), y desde luego ni fueron usados
nunca en las celebraciones litúrgicas o en las controversias con los herejes,
ni sirvieron en forma alguna para la tarea evangelizadora. Con todo, los
apócrifos han dejado una clara huella en algunos datos completamente asumidos
por la comunidad cristiana: entre otros, el nombre de los padres de la Virgen
(Joaquín y Ana), la presentación de María niña en el templo a los tres
años, el nacimiento de Jesús en una cueva en medio de la mula y el buey, el
nombre de los Magos (Melchor, Gaspar y Baltasar), la historia de los ladrones
Dimas y Gestas, el relato de la Verónica, el nombre de Longinos, el soldado que
traspasó el costado de Cristo con la lanza. Todos estos datos se deben a los
evangelios apócrifos. 2.6. Por último, hay que tener en cuenta que, para una
acertada lectura de los evangelios (canónicos u oficiales), es preciso situarse
en la perspectiva correcta: y esta no es otra que la Resurrección del Señor.
La experiencia de la Resurrección de Jesús fue de tal manera impactante y
decisiva en la vida personal y comunitaria de sus seguidores, que se constituyó
no sólo en fundamento de la vida de la Iglesia, sino también en obligado
punto de partida de los escritos en los que se fueron narrando de forma sucesiva
y progresiva, la muerte de Jesús, su pasión, su vida pública, la vida oculta
en Nazaret y su misma infancia incluida la concepción en el seno de María por
obra del Espíritu. Así, se constata en los evangelios un verdadero desarrollo
desde la Resurrección hasta el inicio de la existencia humana de Jesús.
3.1. Desde los primeros siglos del cristianismo los cuatro
evangelios se han distribuido en dos grupos fundamentales: los tres primeros,
Marcos, Mateo y Lucas (llamados sinópticos), por una parte, y el evangelio de
Juan por otra. 3.1.1. La apelación de los tres primeros como
"evangelios sinópticos", se debe a un hecho muy sencillo: la
semejanza existente entre ellos (tanto en contenido como incluso en la
estructura) es de tal manera clara y evidente, que permitió ponerlos en
columnas paralelas y leerlos con un solo golpe de vista (sin-op-sis). No
ocurre lo mismo con el evangelio de Juan. Por eso, desde siempre, ha existido en
la Iglesia esa división entre "evangelios sinópticos" y
"evangelio de Juan". 3.1.2. Los evangelios sinópticos tienen indudablemente entre
ellos una interdependencia tal, que permiten plantear la cuestión de si Mateo y
Lucas dependen, al menos en sus contenidos y líneas generales, del evangelio de
Marcos que es, sin duda, el más antiguo de los tres. Efectivamente, sin perder
de vista lo dicho más arriba acerca de la arquitectura propia y peculiar de
cada evangelista, el evangelio de Marcos es, a juicio de los especialistas, el
primero que se redactó y por consiguiente constituye, de alguna forma, una de
las fuentes de las que bebieron los otros dos, Mateo y Lucas. 3.1.3. Por eso, en algún sentido los evangelios de Mateo y
Lucas son ampliación del evangelio de Marcos (en el que prevalecen los hechos
sobre los dichos de Jesús), al que no solo mejoran en su formulación
lingüística sino que incluso complementan con los dichos de Jesús
recogidos en un documento anterior a la misma composición del evangelio de
Marcos. 3.2. En contraposición con los evangelios sinópticos,
aunque complementándolos en forma profunda, el evangelio de Juan tiene un
carácter acentuadamente teológico y espiritual. 3.2.1. La comunidad del "discípulo amado" está
claramente influenciada por aquel (Juan) que, a partir de su experiencia
personal, había penetrado profundamente y comunicado a los demás el misterio
de Jesús. 3.2.2. Para Juan, como para los sinópticos, la figura de
Jesús es radicalmente histórica. Pero en Juan "la historia de Jesús era
como un gran símbolo: remitía a una realidad invisible, que explicaba el hecho
histórico. El suceso histórico de suyo permanecería mudo sin la voz luminosa
de la fe. Es el impacto gigantesco de la personalidad de Jesús lo que está en
el centro de esta tradición". (G.Segalla, Juan (Evangelio de), en
AA.VV., Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Madrid 1990, p.926). 3.2.3. La contraposición entre Juan y los sinópticos se echa de ver, entre
otros aspectos, en el conocimiento perfecto que tiene el autor del cuarto
evangelio de la topografía de Judea y de Jerusalén, en la duración y
cronología de la vida pública de Jesús (tres años en Juan, uno en los
sinópticos), en situar el ministerio de Jesús fundamentalmente en Jerusalén
(los sinópticos lo sitúan más bien en Galilea), y en su interés por Samaría
frente al desinterés de los sinópticos.
4.1. Podemos preguntarnos por qué, en el estudio de los
evangelios, privilegiamos de alguna manera el tema de los milagros de Jesús. La
respuesta es sin duda interesante: en primer lugar, por el peso cuantitativo que
los milagros tienen en los evangelios. Son al menos 42 los relatos de milagros
que encontramos en los evangelios, la mayor parte de ellos narrados por los
evangelistas sinópticos. Son, por tanto, una realidad que no se puede
desconocer. 4.2. Los milagros, por otra parte, han sido fuertemente
cuestionados por la crítica racionalista sobre todo de los siglos XIX y XX.
Parece, en efecto, materialmente imposible que las leyes de la naturaleza,
siendo "inflexibles", puedan romperse o quebrarse, dando lugar a unos
hechos extraordinarios que, por esa misma razón, se llaman
"milagrosos". Considerados desde el punto de vista puramente
científico, los milagros pueden aparecer, y de hecho aparecen, para no pocos de
nuestros contemporáneos, como algo completamente inexplicable, cuando no absurdo e incluso absolutamente
imposible. En consecuencia, los milagros del evangelio serían pura invención
de la fantasía, más o menos calenturienta de los apóstoles y discípulos,
fanatizados o embaucados por la figura del Maestro. 4.3. Si se tiene en cuenta, además, que fuera de los
evangelios se encuentran también, sobre todo en la literatura religiosa griega,
personajes que han realizado hechos "milagrosos" con frecuencia
semejantes a los realizados por Jesús, se puede y hasta se debe preguntar:
¿cuál es, en definitiva, el verdadero valor, el sentido último y esencial de
los milagros de Jesús? 4.4. En la predicación primitiva los milagros de Jesús
fueron aceptados en dos sentidos diversos y complementarios. El primero, apologético:
Jesús proclama un mensaje; y para demostrar que ese mensaje procede de Dios,
Dios le concede hacer milagros: cf. Hch 2,22. El segundo sentido es catequético:
lo mismo que entre los hombres se da un signo o una señal de una realidad
invisible (un anillo como señal de amor esponsal) o que está todavía por
venir (un trato), también Jesús realiza signos (milagros) como señal
segura e inequívoca de que el Proyecto que Él nos trae de parte de Dios (el
Reino: la fraternidad universal, la liberación del mal, la anticipación de lo
que comenzará a ser una realidad definitiva a partir de la Resurrección), no
es una palabra hueca o vacía, sino una Palabra firme, sólida y creativa de lo
que está anunciando: cf. Hch 10,38. 4.5. Por consiguiente, más allá del aspecto literario (las
diversas redacciones que se encuentran en los cuatro evangelistas) o del aspecto
propiamente histórico (hechos bien establecidos y aceptados por las primeras
comunidades cristianas), los milagros de los evangelios tienen que ser
considerados, ante todo y sobre todo, desde la perspectiva creyente, comenzando
por la conciencia y la importancia que les atribuyó el mismo Jesús. 4.6. Los evangelios, en efecto, reflejan una postura de
Jesús frente a los "milagros" que no deja de ser un poco paradójica:
por una parte, los desacredita, en algunas ocasiones parece hacerlos de mala gana, o llega incluso a negarse a hacerlos:
vgr. Mt 4,6; 27,42; Lc 11,29; 16,31; Jn 4,48. Por otra, acepta hacer milagros,
respondiendo a su propia sensibilidad personal y a la existencia de una fe
profunda en el agraciado: vgr. Mc 2,5; 6,34; Mt 9,36; 15,28-32; Lc 7,13; Jn
11,35. 4.7. Jesús no era un curandero que iba repartiendo por una
parte y por otra milagros, es decir, cosas "maravillosas", "obras
portentosas" que dejaban boquiabiertos a los que las contemplaban. Jesús
se presentó siempre como el Mesías venido de parte de Dios con la Buena
Noticia del Reino. Una Buena Noticia que se "acreditaba" precisamente
con los "signos" que realizaba. De tal forma, que entre Palabras de
Jesús y Signos de Jesús, existe una perfecta correspondencia: lo que anunciaba
de palabra, lo acreditaba con la fuerza de los signos; y lo que hacía
experimentar con los signos, era la acreditación del mensaje anunciado con la
palabra. 4.8. En definitiva, el sentido fundamental que tienen los milagros en la
mente y en la actuación de Jesús es la de ser signos inequívocos de que el
Proyecto de Dios sobre la humanidad que se llama Reino de Dios, ha llegado a la
tierra, ha sido instaurado gracias a la presencia de Jesús, el Mesías, y está
llamado a irse realizando paulatina pero inexorablemente a lo largo de la
historia. De ahí, que "sin relación con la predicación del Reino de
Dios, las curaciones de Jesús caerían en el rango de hechos más o menos
diversos; si no fuera acompañada de signos insertos en lo concreto de la
existencia humana, la predicación de Jesús no sería más que una ‘gnosis’,
una doctrina sabia para unos iniciados, relativa a la salvación del alma y no
al destino del hombre en su totalidad" (E.Cothenet, Cuadernos bíblicos,
8, p.57).
5.1. A pesar de lo dicho hasta aquí, hay que afirmar, clara
y abiertamente, que el cristianismo no es la religión del libro sino la del
testimonio de vida. No todo lo que hizo y dijo Jesús está materialmente
recogido en los evangelios. Al final de su evangelio afirma claramente San Juan:
"hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se contaran una por
una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se
escribieran" (Jn 21,25). El cristianismo, pues, no es fruto del libro sino
de una experiencia profunda, aunque intraducible en palabras, de Jesús muerto y
resucitado. Una experiencia que origina un doble movimiento: hacia dentro,
creando una comunidad de verdaderos hermanos; y, hacia fuera, una comunidad de
valientes testigos del Resucitado. 5.2. La experiencia pascual de los discípulos dio origen a
la comunidad creyente en la que, a un cierto momento, comenzaron a ponerse por
escrito los hechos y los dichos de Jesús. El mismo evangelio de
Marcos, "el más antiguo y punto de partida de los sucesivos, aparece así
a su vez como punto de llegada de toda una reflexión teológica de la comunidad
postpascual; se comienza a caer en la cuenta de que entre los textos
evangélicos y Jesús se interpone, con todo su espesor, justamente aquella
entidad de la cual la exégesis liberal no había querido hacer caso: la
Iglesia"(V.Fusco, Evangelios, en NDTB p.611) 5.3. Sin embargo, "el libro", es decir, "los
escritos" –tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento-, han tenido desde
siempre y siguen teniendo hoy, una importancia decisiva en la vida de la Iglesia
y en la fe de cada creyente. El Concilio Vaticano afirma que el mismo Magisterio
de la Iglesia, aunque tiene el oficio de interpretar auténticamente la palabra
revelada, "no está por encima de la palabra de Dios, sino que está a
su servicio" (DV 10). 5.4. Pero, puesto que los evangelios no son "la
biografía" de Jesús entendida con los cánones y criterios
historiográficos de hoy, no se puede hacer una lectura literalista o
fundamentalista de los textos evangélicos. Y es que "el fundamentalismo no
tiene en cuenta el crecimiento de la tradición evangélica, sino que confunde
ingenuamente el estadio final de esta tradición (lo que los evangelistas han
escrito) con el estadio inicial (las acciones y las palabras del Jesús de la
historia). Descuida por eso mismo un dato importante: el modo como las primeras
comunidades cristianas han comprendido el impacto producido por Jesús de
Nazaret y su mensaje. Ahora bien, éste (el mensaje) es un testimonio del origen
apostólico de la fe cristiana y su expresión directa". (Pontificia
Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia I, F,
Roma 1993). 5.5. Más allá del conocimiento material de los evangelios,
el creyente de ayer como el de hoy tiene que ser muy consciente de que la
finalidad última que se propusieron los redactores de los evangelios no fue
tanto transmitir lo que ocurrió en la vida de Jesús desde su más tierna
infancia hasta el momento mismo de su resurrección (interés que sí
manifestaron los evangelios apócrifos), cuanto invitar ardientemente a los
seguidores del Maestro a establecer una relación personal, profunda y
transformante, con Jesús resucitado presente en la comunidad creyente. 5.6. Por eso, al igual que hay que confesar clara y abiertamente que no
hay ni puede haber verdadera Iglesia sin evangelios, de la misma forma y por
idénticas razones hay que afirmar que no puede haber evangelios sin Iglesia.
Los evangelios no nacieron como libros redactados de forma perfecta y acabada en
sí mismos, que a un cierto momento vinieron como "caídos del cielo"
a una comunidad perfectamente construida y estructurada. El nacimiento de la
comunidad precedió al nacimiento de los evangelios. De tal forma, que así
como todo hombre aparece en el contexto de una comunidad viva por la que su
existencia se entiende y explica, de forma semejante los evangelios nacieron en
el ámbito de comunidades cristianas vivas que existían antes de que existiera
la materialidad de la letra de los evangelios. La experiencia cristiana es más
amplia y rica de lo que se recoge en el texto de los evangelios. El evangelista
Juan expresa con toda claridad la finalidad última y fundamental de los
evangelios escritos: "Jesús realizó en presencia de los discípulos otras
muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas lo han sido para
que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo
tengáis vida en su nombre" (Jn 20,30-31).
6.1. ¿Qué valoración general hacemos del Tema? ¿Hemos
aprendido algo? ¿Qué?. 6.2. ¿Hacemos una lectura literalista de los evangelios?
¿Aceptamos su valor simbólico? 6.3. Los dichos de Jesús, ¿hay que tomarlos todos al
pie de la letra? ¿Hemos oído hablar de los "géneros literarios" en
la Biblia? ¿Qué importancia tienen? Buscar en el Concilio Vaticano II el
Documento Dei Verbum nº 12: leer y comentar. 6.4. ¿Qué relación establecemos entre comunidad cristiana
y evangelios?
E.Charpentier, Para leer el Nuevo Testamento,
Ed.Verbo Divino, Estella 1981. R.Aguirre-A.Rodríguez Carmona, Evangelios sinópticos
y Hechos de los Apóstoles, Ed.Verbo Divino, Estella 1994 2 . P.Grelot, Los evangelios, Cuadernos
bíblicos 45, Ed.Verbo Divino, Estella 1984. G.Lohfink, Ahora entiendo la Biblia, Ed.Paulinas,
Madrid 1990 5 . R.Latourelle, A Jesús el Cristo por los evangelios,
Ed.Sígueme, Salamanca 1982.
1.- Motivación del Tema
2.-
Iluminación del Tema
©
Consejo General de HH. y CC.
de la Ciudad de Sevilla
C/ San Gregorio, 26 - Telf. (+34) 954 21 59 27
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