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Evolución del cortejo penitencial en la Semana Santa de Sevilla
3.- Siglo XVIII y XIX (primera mitad). 4.- Siglo XIX (segunda mitad).
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El camino recorrido desde las primeras manifestaciones de
piedad popular de finales del siglo XV hasta las actuales del siglo XXI, está
jalonado de momentos clave en los que las intervenciones externas y ajenas al
propio mundo de la cofradía han marcado hitos diversos, que más adelante
pasaremos a exponer.
Hacia la segunda mitad del siglo XVI, la mayoría de las
corporaciones actuales estaban ya fundadas. La hermandad como agrupación de
fieles en torno a un misterio o a una advocación de Cristo o de la Virgen,
tiene sus orígenes a mediados del siglo XV, siendo las más primitivas las
dedicadas a la Vera-Cruz y Sangre de N. S. Jesucristo. Junto a estas, existieron
otras de carácter gremial, que agrupaban a personas dedicadas a un mismo oficio
y que solían tener por titular al santo patrono de su actividad. Aunque no han quedado testimonios gráficos de la estación
penitencial de estas primeras hermandades, conservamos bastantes noticias
relativas a ésta en sus Reglas o Estatutos. Un análisis pormenorizado de
algunas de ellas, nos puede dar una idea muy aproximada del aspecto que debieron
tener estos cortejos penitenciales. Se contemplaban dos categorías de hermanos: de sangre y de
luz. Los hermanos de sangre eran los disciplinantes, que durante la procesión
se flagelaban con manojos de cuerdas terminados en rodezuelas. Los segundos
portaban hachas de cera y al término de la estación curaban las heridas de sus
hermanos en el llamado lavatorio. Las hermanas participaban en la procesión, no
como disciplinantes, pues hubiera resultado impropio que una mujer mostrara su
espalda desnuda, sino llevando velas encendidas delante o detrás de las
imágenes. Hermanos de sangre y de luz vestían una túnica de lienzo
basto o de anjeo ceñida con cuerdas y un capirote romo. En el lado izquierdo
del pecho, a la altura del corazón, algunos acostumbraban a llevar la insignia
o escudo de la cofradía. El color de la túnica variaba según la hermandad:
negra era la de la Vera-Cruz, morada la de Jesús Nazareno y blancas con
escapulario carmesí la de las Siete Palabras. Muy pronto, sin embargo,
comenzaron a añadirse adornos a las túnicas y a llevarse escudos de sedas y
oro que contradecían el espíritu austero y penitencial de la hermandad. Un
claro ejemplo de esto lo hallamos en las Reglas de Jesús Nazareno de 1564, en
su capítulo cuarto se dice textualmente que ningún hermano de ningún
estado ni calidad que sea lleve señal conoscida, ni calça afollada que haga
vulto por de fuera, levantando la tunica, ni escudo ninguno de plata, ni de oro,
ni bordado, ni esmaltado (...) la camisa no lleve descubierto el cuello, ni
lleven puños con polainylla, ni se lleve debaxo la túnica sayo negro ni de
otra ninguna color, porque solo se permite para el abrigo del cuerpo un jubón
de lienço blanco, el qual por ninguna parte se paresca. En estos primeros tiempos las imágenes eran portadas en
pequeñas andas sencillas sin motivo decorativo alguno. Las insignias eran pocas
y muy repartidas, muy simples en su concepción, de telas sin bordados; siendo
las más comunes banderas y estandartes. La música se reducía en la mayoría
de los casos a un grupo de cantores que entonaban salmos penitenciales y a
trompetas tañendo de dolor. La estación penitencial se realizaba desde el templo donde
se residía a varias iglesias o conventos de la collación, pues no será hasta
el siglo XVII cuando se establezca la obligación de procesionar a la Catedral.
Así, por ejemplo, la Vera-Cruz realizaba cinco estaciones, al Convento de San
Francisco, a la Catedral, al Salvador, a Santa María Magdalena y al Convento de
San Pablo. La Trinidad visitaba seis casas de Nuestra Señora (...), Nuestra
Señora de la Yniestra e la Encarnación y el Socorro de Santa María de las
Dueñas, San Salvador, Yglesia Mayor [y] Sancta Maria del Valle. ¿Cómo se organizaba esta procesión? ¿qué lugar ocupaba
cada uno? Una vez más, son las propias ordenanzas las que nos describen el
orden y lo que se ha de llevar en ella. Así era el cortejo de la Hermandad de
la Quinta Angustia: (...) que lleven primero una cruz grande con su sudario y
que la dicha cruz lleve uno de los mayordomos vestido con camisa negra. Y que
vayan seis cofrades con sus hachas y camisas negras y a la postre vaya un
crucifixo grande y que lo lleve un cofrade de los más altos con seis hachas. Y
que vayan con sus cantores, los mejores que se hallares, e más vaya una
trompeta que vaya tañendo de dolor. (...) E para poner orden y concierto y para
esforçar vayan quatro hermanos, los que los mayordomos eligieren, para regir
con sus varas o por mejor dezir bastones azules en las manos y con sus
vestiduras como los que vayan alumbrando. Muy hermosa es la descripción que de la cofradía
encontramos en las Reglas antes citadas de Jesús Nazareno: (...) Acordamos
ante toda la procession llevar nuestro estandarte de color morado, en medio una
cruz sanctissima de Jerusalem, y tras dél la sanctissima Cruz de Jerusalem, y
tras della veynte y quatro hermanos vestidos como los demás de sus túnicas y
doze de cada parte llevaran veynte y quatro hachas de cera, acompañando los
pasos de nuestra salud, poniendo toda veneración un sanctissimo Cristo con las
cruz a cuestas, a quien todos los hermanos vayan siguiendo, y al cabo de dicha
procesion con otra tanta cera en la manera dicha se lleve una imagen de la
Virgen Sancta María Nuestra Señora, para que llevando por capitán delante de
nuestros ojos a Jesucristo y las espaldas amparadas con su divina Madre seamos
libres del demonio. Estos dos ejemplos nos sirven para hacernos una idea muy real
y certera del aspecto que debieron presentar aquellos cortejos. Las variaciones
de una a otra hermandad se refieren más a las imágenes titulares y al color de
banderas e insignias que a la forma general de realizar esta penitencia
pública. Sin embargo, muy pronto se perdió este carácter austero y
penitencial. Ya a comienzos del siglo XVII, se introdujo la costumbre de
procesionar a las imágenes de la Virgen bajo palio, siendo la primera en
realizarlo la Hermandad de la Soledad. El desarrollo del arte barroco y el
espíritu de la Contrarreforma, que favoreció todas aquellas manifestaciones de
piedad y penitencia populares, impulsaron esta tendencia. Sus manifestaciones
más visibles fueron un enriquecimiento progresivo de vestiduras de imágenes
-sobre todo las de la Virgen María- , el empleo de brocados y ricas telas en la
confección de insignias, la desaparición de las sencillas andas procesionales
y el nacimiento de las canastillas talladas, la aparición de los pasos
alegóricos y la pérdida de un cierto sentido de las disciplina. El cortejo penitencial no fue ajeno a estos cambios,
revistiéndose de un lujo y una fastuosidad impensables. Un claro exponente lo
tenemos en la descripción que el cronista Ortiz de Zúñiga hace de la
procesión de la Hermandad del Santo Entierro: (...) y en el Viernes por la
tarde vuelven a hacer [la estación] (...) siendo la penúltima el Santo
Entierro, cuya christiana pompa hace ceder en religiosa ostentación los estilos
triunfales de la antigüedad a los héroes y príncipes mayores, arrastrando
estandartes, enlutando pífanos y enronqueciendo clarines.(1) A las insignias que antes figuraban en la cofradía se
añaden ahora varas con cañones y escudos de plata, banderas y estandartes
rematadas con labores de orfebrería y bordados en oro. Varias noticias al
respecto encontramos en el inventario realizado en 1618 por la Hermandad del
Cristo del Amor en el documento de fusión con la de la Sagrada Entrada en
Jerusalén. Así se dice que la corporación posee dos baras de plata de
alcade enteras (...) mas otra vara con un cañón de plata y una encomienda
ensima que sirbe de diputado mayor (...) mas otra bara con otro cañon de plata
torneado con su encomienda que sirbe de fiscal, mas una manguilla de damasco
azul bordada (...) mas un estandarte de damasco azul con su encomienda. Por
su parte la Sagrada Entrada tiene entre sus bienes una media bara de hermano
mayor de ebano e plata, un estandarte de damasco morado con su escudo bordado e
su lucimiento de plata (...) y un escudo de plata de muñidor.(2) Este boato incidió en la pérdida del sentido penitencial
primitivo, y así, la disciplina y decoro de los penitentes se relajó de tal
modo que comenta el Abad Gordillo al respecto que ya no hay caballeros que se
disciplinen porque la sangre de color rojo ya se derrama de mala gana (...)
todos van sueltos y galanes. Se ha reducido todo a seguir la novedad y galas que
se permiten, que es cosa lastimosa lo que en esto se usa.(3) El cortejo en su organización interna, apenas sufrió
cambios, pues la cofradía seguía iniciándose con una cruz, tras de la cual
aparecían los disciplinantes, separados por las insignias en tramos, después
venía el paso de Cristo, más tramos de disciplinantes, hermanos de luz y el
paso de la Virgen. La transformación, era patente, en cambio, en el aspecto
externo de insignias, pasos y músicas que acompañaban a las imágenes
titulares. A tal grado llegaron los desórdenes y problemas, que en 1604, el Cardenal
Fernando Niño de Guevara convoca un Sínodo en el que se tratan de forma
pormenorizada todos estos problemas. La disposición más importante fue la
obligación que tenían todas las hermandades de hacer estación a la Catedral,
evitándose así los conflictos derivados de la confluencia de dos cofradías en
la misma calle o en el mismo templo. También se legisló contra los adornos
indebidos en las túnicas y el alquiler de penitentes, estratagema usada por
aquellas corporaciones con pocos hermanos. En suma, el Sínodo trató de
devolver a las procesiones su primitivo espíritu penitencial.
1.- Introducción.
os desfiles procesionales que contemplamos durante la Semana
Santa son el resultado de siglos de evolución en sus formas, en sus modos y
maneras; una concepción de la cofradía, de la procesión en la que han
influido factores de muy diversa índole: históricos, artísticos, religiosos y
sociales.![]()
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Durante esta centuria, se agudizaron las transformaciones
observadas en la anterior, si bien, se advierte hacia finales una cierta crisis
en algunas corporaciones que provoca la suspensión de la estación de
penitencia por falta de fondos durante varios años.
El cortejo no experimentó grandes cambios en comparación con el del siglo XVII, si bien, en la documentación conservada aparece mencionada una insignia no citada hasta entonces: el senatus. Así lo encontramos en las cofradías del Cristo del Amor, Jesús Nazareno y las Tres Necesidades (4), por poner un ejemplo.
Pero el hecho más relevante y que mayor repercusión tuvo en la organización del cortejo, fue, sin duda, la supresión de los disciplinantes por Carlos III en 1777. A la mentalidad ilustrada del monarca repugnaba el sangriento espectáculo de los flagelantes, que a sus ojos aparecía más como un atavismo medieval, que como muestra de penitencia pública. La supresión de esta figura tuvo como resultado el nacimiento del nazareno tal y como lo entendemos hoy día, pudiéndose afirmar que ya desde finales del XVIII se comienza a gestar la cofradía actual.
A la medida citada, se unió seis años más tarde, la orden de supresión de las cofradías gremiales y de todas las demás, excepto las sacramentales. Estas disposiciones dieron origen a la revisión y renovación de estatutos, causa por la cual, muchas de las reglas conservadas en nuestros archivos pertenecen a las décadas finales del siglo XVIII.
Como antes mencionamos, la supresión del disciplinante dio lugar a la aparición del nazareno. Los primeros cuerpos de señores nazarenos, como se les llama en la documentación, surgieron a finales del siglo XVIII y principios del XIX, siendo las hermandades de Jesús Nazareno, Gran Poder y Tres Necesidades las primeras en adoptarlo.
Paralelamente fue necesaria una reorganización del cortejo penitencial. Así, la cruz que tradicionalmente abría la procesión, toma mayor protagonismo, conservándose en la actualidad algunas de las realizadas en estos años, como por ej. la de la cofradía del Amor fechada en 1803. Tras esta, seguía el cuerpo de los nazarenos, distribuidos en tramos y separados por los nazarenos de canastillas, intercaladas iban las diferentes insignias: Senatus, Banderas, Simpecados y Estandartes. En la presidencia del paso se situaba lo que se denominaba el convite, esto es, autoridades y miembros de la Junta de Oficiales, vestidos de gala. Cerraban la procesión el preste y la música, que en estos años consistía en bandas militares de los regimientos acuartelados en Sevilla.
Un suceso histórico de gran trascendencia vino a trastocar de nuevo el hasta entonces apacible mundo de las hermandades: la invasión francesa. No nos extenderemos en lo que supuso para la ciudad esta desgraciada época; más bien nos detendremos en la repercusión inmediata y directa que tuvo en la mayoría de las corporaciones penitenciales. Muchas se vieron obligadas a trasladarse de sede, otras perdieron sus enseres y bienes más preciosos -como la Hermandad del Santo Entierro, cuyo fabuloso paso de carey y plata fue destrozado- algunas, no pudiendo sostenerse tras los estragos de la guerra, se extinguieron. Se entró en un periodo crítico del que no se recuperarían hasta muy entrado el siglo XIX, como queda constatado por el gran número de hermandades que durante esos años no realizaron la estación de penitencia.
Tras el retorno de Fernando VII y durante el llamado trienio liberal, se dictaron varias disposiciones que afectaron a la organización y aspecto del cortejo penitencial. Seguidores en su política liberal de los postulados ilustrados, se pretendía que los penitentes no se cubrieran el rostro y que se participase en la procesión en traje de gala. Muchas corporaciones se rebelaron contra esta medida y optaron por no salir a hacer estación en esos años, otras pidieron licencia al asistente para poder procesionar de la manera tradicional.
La vuelta de los absolutistas al poder, significó para las hermandades el abandono de políticas perjudiciales para sus fines. Y así, se obró una recuperación en el seno de muchas de estas corporaciones, visible en la renovación casi completa de sus enseres procesionales.
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Hacia la segunda mitad del siglo XIX se advierten nuevas
tendencias en la configuración externa de la cofradía. Estamos ya en la época
del Romanticismo, que con su exaltación de lo popular y genuino, nos ha legado
los primeros documentos gráficos sobre la Semana Santa. El establecimiento de la corte de los Duques de Montpensier
en la ciudad y su implicación en los diversos festejos que se celebraban,
impulsaron de nuevo la Semana Santa, que hasta entonces había estado un poco
aletargada. Se establecen los palcos en la carrera oficial; es un público
burgués, compuesto por comerciantes e industriales, el que ahora contempla las
cofradías. Muy distinto de la nobleza dieciochesca que antes copaba cargos y
honores en las Juntas de Oficiales de las hermandades. La Semana Santa se
concibe también, y en esta nueva mentalidad, desde un punto de vista
utilitario: las cofradías atraían a numerosos visitantes, de cuya presencia se
veían favorecidos los intereses mercantiles de la burguesía sevillana. Las túnicas se enriquecen, perdiéndose definitivamente, el
ascético concepto de los primeros siglos. Se completa el hábito nazareno con
guantes de cabritilla, los zapatos se adornan con hebillas de plata, la cola se
recoge con ademán elegante en el brazo. Es la época de las Magnas Procesiones del Santo Entierro,
cuyo cortejo sigue siendo de los más ricos y vistosos, con su cohorte de
sibilas, ángeles y autoridades civiles y militares. En 1850, el alcalde de la
ciudad, Francisco Javier Cavestany, influido por las ideas del duque D. Antonio
de Orleáns, invitó a diez hermandades a hacer su estación de penitencia junto
al Santo Entierro, sin perjuicio de que la efectuasen además, en el día que
tenían señalado habitualmente. Desde entonces quedó establecida esta
celebración porque, según se cuenta, gustó mucho a los concurrentes, y así
en el siglo XIX se celebró los años 1854, 1874, 1890 y 1898. El nutrido cortejo que habitualmente acompañaba a esta
procesión es conocido a través de los Manifiestos publicados a expensas de la
propia hermandad en donde se hacía una descripción pormenorizada del mismo.
Así lo encontramos descrito en el publicado en 1842: Un piquete de fuerza
militar abrirá paso a la procesión; y después una escuadra de la Guardia
Romana a caballo. Seguirá el ministro muñidor con ropón de terciopelo negro
guarnecido de galón de oro, con el escudo de relieve igual al que tiene
esculpido en sus insignias esta Hermandad, y dos Señores Diputados con varas de
gobierno. Un cuerpo de Señores Nazarenos con túnicas negras y cirios,
distribuidos en los términos siguientes. Veinte y cuatro con la Santísima
Cruz, dos bocinas con banderillas de terciopelo negro bordadas de oro, y dos
canastillas. Otro igual número con la Bandera de tafetán negro y en el centro
una cruz roja. Después con el debido orden el resto de Nazarenos, bocinas y
canastillas y una orquesta de músicos tocando en tono fúnebre. Tras el paso alegórico del Triunfo de la Santa Cruz, seguirá
un cuerpo de señores hermanos seglares vestidos de negro, y las cruces de todas
las Parroquias, presididas por la de Santa María Magdalena. En el centro nueve
coros de ángeles representados por niños agraciados, bien vestidos y
aderezados con propiedad, curiosidad y riqueza, llevando en sus manos cada uno
un atributo de la pasión de N. S. Jesucristo, capitaneados por los dos
Arcángeles y demás Ángeles y Príncipes con los distintivos por donde son
más conocidos, y sus inscripciones, a saber: San Miguel, San Gabriel, San
Rafael, el Ángel de la Guarda, San Uriel, San Sealtiel, San Zeudiel, San
Barachiel, San Jachiel. A estos coros de Ángeles continuarán las doce Sibilas
(...) figuradas por otras tantas niñas vestidas también con toda propiedad y
trages significativos, cada una al uso de su provincia oriental, y en las manos
sus atributos, nombres y principales profecías, a saber: Pérsica, Líbica,
Délfica, Cinmeria, Eritrea, Samia, Cumana, Helespontia, Frigia, Tiburnina,
Agripa y Cimea. Cerrará este acompañamiento una niña propiamente vestida,
representando a la Muger Verónica. (...) Un coro de música cantando el Salmo In
exitu Israel de Egipto: doce hermanos con cirios encendidos, varios acólitos
con ciriales, doce sacerdotes con casullas negras y los Señores Censores de
esta Hermandad con varas. Sigue el paso o andas sobre el que se halla colocada con el
mayor gusto la Urna sepulcral cerrada de cristales, y en ella la sagrada imagen
del cuerpo del Señor (...). Una escuadra o compañía romana con capitán,
teniente y alférez, compuesta de Sres. Hermanos, aramdos de morrión con
visera, peto y espaldar de hoja acerada, tonelete y calzado color de púrpura,
lanza y espada: marchando al compás de bocinas construidas al intento según
entonces se usaban, y en el centro de ellas el Senatus. De esta misma compañía
se colocarán ocho individuos a los costados del paso de la Urna (...). Después dos Sres. Diputados con varas y el Estandarte, de
raso negro, bordado en él de oro el escudo de esta Corporación (...). Nuestro
Teniente de Hermano Mayor (...) hará el convite a las personas y corporaciones
que guste, que irán con velas encendidas a continuación del estandarte, doce
hermanos con cirios, la música cantando el himno Stabat Mater. Tras el paso del Duelo, seguirá el clero de la
Parroquia de Santa María Magdalena y los Sres. Eclesiásticos seculares que
gusten incorporarse con sobrepellices y estolas, cercando la retaguardia un
piquete de las compañías de preferencia de las tropas de la guarnición y de
todos los cuerpos de la Milicia nacional con armas a la funerala. También se introducen las centurias romanas, en recuerdo de
aquellas que ocupaban Palestina en tiempos de Jesús. Con mayor o menor rigor
histórico en la reconstrucción de sus uniformes, dotan a la cofradía de una
cierta teatralidad. En este afán de llevar en el cortejo figuras o personajes
que antes se hubieran considerado superfluos, se halla el proyecto de la
Hermandad del Amor de llevar delante del paso de la Sagrada Entrada en
Jerusalén, veinticuatro hermanos vestidos de hebreos. Y desde esta época la
Hermandad de Montserrat incluye en su cortejo, las figuras de la Mujer Verónica
y la Fe.
4.- Siglo XIX (segunda mitad).
La Semana Santa romántica pervivirá como tal hasta finales del siglo XIX, cuando la genial aportación de Juan Manuel Rodríguez Ojeda, la transforme en la Semana Santa actual.
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No se conciben las cofradías de nuestros días sin la labor
de este artista preclaro, pues las huellas de sus aportaciones y hallazgos
llegan hasta la actualidad. Para decirlo en palabras de Julio Martínez Velasco:
frente a lo negro, los colores; frente a lo estático, lo dinámico; frente a
la línea recta, las curvas; frente a lo lúgubre, lo alegre.(5) ¿Cómo influyó el arte de Juan Manuel en el cortejo
penitencial? Primeramente habría que destacar sus maravillosas invenciones en
el campo del bordado. Sus diseños de pasos de palio transformaron la rigidez
que los caracterizaba, en un grácil movimiento con sus bambalinas ondulantes.
Asimismo, cautivan por su belleza y proporciones los mantos, túnicas e
insignias salidas de su taller. Pero su aportación no queda ahí, va mucho más allá,
abarca toda la cofradía. Y así, crea para su Hermandad de la Macarena, la
túnica de capa. Un hábito nazareno de terciopelo verde que se reviste de una
capa crema de merino. Una capa amplia, con mucho vuelo, muy alegre. Muy pronto
será imitada por otras hermandades en una tendencia creciente que llega hasta
1940. Esta labor de renovación incluyó también a los elementos
de orfebrería, y aquí es justo destacar, la maestría de Cayetano González,
cuyos diseños de respiraderos, bocinas, varas, faroles, coronas.... dieron un
aire nuevo a la procesión. Los tramos de la cofradía crecen y con ellos la
inclusión de nuevas insignias con que separarlos y ordenarlos. A partir de estos artistas, y hacia los años 40, podemos
decir que se halla fijado el actual cortejo penitencial en sus líneas básicas
cuyas pequeñas variaciones se deben a la idiosincrasia de cada hermandad. Pocas
innovaciones se constatan desde entonces, si no es la creación de una nueva
insignia, como el caso del banderín con la leyenda Mediatrix que hace
años estrenara la Hermandad del Cachorro. Al comienzo del siglo XXI, podemos decir que en lo relativo
al cortejo penitencial, sus formas, organización y estilo poco hay que innovar.
El actual, resultado de una larga evolución de cuatro siglos se nos presenta
como la síntesis más perfecta de equilibrio entre sus diversos elementos. Amparo Rodríguez Babío
MARTÍNEZ VELASCO, Julio [et al.]: El Cristo del Amor y
su Archicofradía. Sevilla, 1998. P. 292. MARTÍNEZ VELASCO, Julio: La Semana Santa de Sevilla, de
ayer a hoy. Sevilla, 1992. P. 54. MARTÍNEZ
VELASCO, Julio: La Semana Santa de Sevilla, de ayer a hoy. Sevilla,
1992. P. 224.
5.- Siglo XX.
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ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: Anales
Eclesiásticos y Seculares de la M.N. y M.L. Ciudad de Sevilla. Sevilla,
1988. Tomo 3, p. 242.
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