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Evolución del cortejo penitencial en la Semana Santa de Sevilla  

1.- Introducción.

2.- Siglos XVI y XVII.

3.- Siglo XVIII y XIX (primera mitad).

4.- Siglo XIX (segunda mitad).

5.- Siglo XX.

6.- Notas

Página Web del Consejo General de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla

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Ir al inicio de la página 1.- Introducción.

Formación - Los Cortejos penitencialesos desfiles procesionales que contemplamos durante la Semana Santa son el resultado de siglos de evolución en sus formas, en sus modos y maneras; una concepción de la cofradía, de la procesión en la que han influido factores de muy diversa índole: históricos, artísticos, religiosos y sociales.

El camino recorrido desde las primeras manifestaciones de piedad popular de finales del siglo XV hasta las actuales del siglo XXI, está jalonado de momentos clave en los que las intervenciones externas y ajenas al propio mundo de la cofradía han marcado hitos diversos, que más adelante pasaremos a exponer.

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Ir al inicio de la página 2.- Siglos XVI y XVII.

Hacia la segunda mitad del siglo XVI, la mayoría de las corporaciones actuales estaban ya fundadas. La hermandad como agrupación de fieles en torno a un misterio o a una advocación de Cristo o de la Virgen, tiene sus orígenes a mediados del siglo XV, siendo las más primitivas las dedicadas a la Vera-Cruz y Sangre de N. S. Jesucristo. Junto a estas, existieron otras de carácter gremial, que agrupaban a personas dedicadas a un mismo oficio y que solían tener por titular al santo patrono de su actividad.

Procesión de disciplinantes

Aunque no han quedado testimonios gráficos de la estación penitencial de estas primeras hermandades, conservamos bastantes noticias relativas a ésta en sus Reglas o Estatutos. Un análisis pormenorizado de algunas de ellas, nos puede dar una idea muy aproximada del aspecto que debieron tener estos cortejos penitenciales.

Se contemplaban dos categorías de hermanos: de sangre y de luz. Los hermanos de sangre eran los disciplinantes, que durante la procesión se flagelaban con manojos de cuerdas terminados en rodezuelas. Los segundos portaban hachas de cera y al término de la estación curaban las heridas de sus hermanos en el llamado lavatorio. Las hermanas participaban en la procesión, no como disciplinantes, pues hubiera resultado impropio que una mujer mostrara su espalda desnuda, sino llevando velas encendidas delante o detrás de las imágenes.

Hermanos de sangre y de luz vestían una túnica de lienzo basto o de anjeo ceñida con cuerdas y un capirote romo. En el lado izquierdo del pecho, a la altura del corazón, algunos acostumbraban a llevar la insignia o escudo de la cofradía. El color de la túnica variaba según la hermandad: negra era la de la Vera-Cruz, morada la de Jesús Nazareno y blancas con escapulario carmesí la de las Siete Palabras. Muy pronto, sin embargo, comenzaron a añadirse adornos a las túnicas y a llevarse escudos de sedas y oro que contradecían el espíritu austero y penitencial de la hermandad. Un claro ejemplo de esto lo hallamos en las Reglas de Jesús Nazareno de 1564, en su capítulo cuarto se dice textualmente que ningún hermano de ningún estado ni calidad que sea lleve señal conoscida, ni calça afollada que haga vulto por de fuera, levantando la tunica, ni escudo ninguno de plata, ni de oro, ni bordado, ni esmaltado (...) la camisa no lleve descubierto el cuello, ni lleven puños con polainylla, ni se lleve debaxo la túnica sayo negro ni de otra ninguna color, porque solo se permite para el abrigo del cuerpo un jubón de lienço blanco, el qual por ninguna parte se paresca.

En estos primeros tiempos las imágenes eran portadas en pequeñas andas sencillas sin motivo decorativo alguno. Las insignias eran pocas y muy repartidas, muy simples en su concepción, de telas sin bordados; siendo las más comunes banderas y estandartes. La música se reducía en la mayoría de los casos a un grupo de cantores que entonaban salmos penitenciales y a trompetas tañendo de dolor.

La estación penitencial se realizaba desde el templo donde se residía a varias iglesias o conventos de la collación, pues no será hasta el siglo XVII cuando se establezca la obligación de procesionar a la Catedral. Así, por ejemplo, la Vera-Cruz realizaba cinco estaciones, al Convento de San Francisco, a la Catedral, al Salvador, a Santa María Magdalena y al Convento de San Pablo. La Trinidad visitaba seis casas de Nuestra Señora (...), Nuestra Señora de la Yniestra e la Encarnación y el Socorro de Santa María de las Dueñas, San Salvador, Yglesia Mayor [y] Sancta Maria del Valle.

¿Cómo se organizaba esta procesión? ¿qué lugar ocupaba cada uno? Una vez más, son las propias ordenanzas las que nos describen el orden y lo que se ha de llevar en ella. Así era el cortejo de la Hermandad de la Quinta Angustia: (...) que lleven primero una cruz grande con su sudario y que la dicha cruz lleve uno de los mayordomos vestido con camisa negra. Y que vayan seis cofrades con sus hachas y camisas negras y a la postre vaya un crucifixo grande y que lo lleve un cofrade de los más altos con seis hachas. Y que vayan con sus cantores, los mejores que se hallares, e más vaya una trompeta que vaya tañendo de dolor. (...) E para poner orden y concierto y para esforçar vayan quatro hermanos, los que los mayordomos eligieren, para regir con sus varas o por mejor dezir bastones azules en las manos y con sus vestiduras como los que vayan alumbrando.

Muy hermosa es la descripción que de la cofradía encontramos en las Reglas antes citadas de Jesús Nazareno: (...) Acordamos ante toda la procession llevar nuestro estandarte de color morado, en medio una cruz sanctissima de Jerusalem, y tras dél la sanctissima Cruz de Jerusalem, y tras della veynte y quatro hermanos vestidos como los demás de sus túnicas y doze de cada parte llevaran veynte y quatro hachas de cera, acompañando los pasos de nuestra salud, poniendo toda veneración un sanctissimo Cristo con las cruz a cuestas, a quien todos los hermanos vayan siguiendo, y al cabo de dicha procesion con otra tanta cera en la manera dicha se lleve una imagen de la Virgen Sancta María Nuestra Señora, para que llevando por capitán delante de nuestros ojos a Jesucristo y las espaldas amparadas con su divina Madre seamos libres del demonio.

Estos dos ejemplos nos sirven para hacernos una idea muy real y certera del aspecto que debieron presentar aquellos cortejos. Las variaciones de una a otra hermandad se refieren más a las imágenes titulares y al color de banderas e insignias que a la forma general de realizar esta penitencia pública.

Sin embargo, muy pronto se perdió este carácter austero y penitencial. Ya a comienzos del siglo XVII, se introdujo la costumbre de procesionar a las imágenes de la Virgen bajo palio, siendo la primera en realizarlo la Hermandad de la Soledad. El desarrollo del arte barroco y el espíritu de la Contrarreforma, que favoreció todas aquellas manifestaciones de piedad y penitencia populares, impulsaron esta tendencia. Sus manifestaciones más visibles fueron un enriquecimiento progresivo de vestiduras de imágenes -sobre todo las de la Virgen María- , el empleo de brocados y ricas telas en la confección de insignias, la desaparición de las sencillas andas procesionales y el nacimiento de las canastillas talladas, la aparición de los pasos alegóricos y la pérdida de un cierto sentido de las disciplina.

El cortejo penitencial no fue ajeno a estos cambios, revistiéndose de un lujo y una fastuosidad impensables. Un claro exponente lo tenemos en la descripción que el cronista Ortiz de Zúñiga hace de la procesión de la Hermandad del Santo Entierro: (...) y en el Viernes por la tarde vuelven a hacer [la estación] (...) siendo la penúltima el Santo Entierro, cuya christiana pompa hace ceder en religiosa ostentación los estilos triunfales de la antigüedad a los héroes y príncipes mayores, arrastrando estandartes, enlutando pífanos y enronqueciendo clarines.(1)

A las insignias que antes figuraban en la cofradía se añaden ahora varas con cañones y escudos de plata, banderas y estandartes rematadas con labores de orfebrería y bordados en oro. Varias noticias al respecto encontramos en el inventario realizado en 1618 por la Hermandad del Cristo del Amor en el documento de fusión con la de la Sagrada Entrada en Jerusalén. Así se dice que la corporación posee dos baras de plata de alcade enteras (...) mas otra vara con un cañón de plata y una encomienda ensima que sirbe de diputado mayor (...) mas otra bara con otro cañon de plata torneado con su encomienda que sirbe de fiscal, mas una manguilla de damasco azul bordada (...) mas un estandarte de damasco azul con su encomienda. Por su parte la Sagrada Entrada tiene entre sus bienes una media bara de hermano mayor de ebano e plata, un estandarte de damasco morado con su escudo bordado e su lucimiento de plata (...) y un escudo de plata de muñidor.(2)

Este boato incidió en la pérdida del sentido penitencial primitivo, y así, la disciplina y decoro de los penitentes se relajó de tal modo que comenta el Abad Gordillo al respecto que ya no hay caballeros que se disciplinen porque la sangre de color rojo ya se derrama de mala gana (...) todos van sueltos y galanes. Se ha reducido todo a seguir la novedad y galas que se permiten, que es cosa lastimosa lo que en esto se usa.(3)

El cortejo en su organización interna, apenas sufrió cambios, pues la cofradía seguía iniciándose con una cruz, tras de la cual aparecían los disciplinantes, separados por las insignias en tramos, después venía el paso de Cristo, más tramos de disciplinantes, hermanos de luz y el paso de la Virgen. La transformación, era patente, en cambio, en el aspecto externo de insignias, pasos y músicas que acompañaban a las imágenes titulares.

A tal grado llegaron los desórdenes y problemas, que en 1604, el Cardenal Fernando Niño de Guevara convoca un Sínodo en el que se tratan de forma pormenorizada todos estos problemas. La disposición más importante fue la obligación que tenían todas las hermandades de hacer estación a la Catedral, evitándose así los conflictos derivados de la confluencia de dos cofradías en la misma calle o en el mismo templo. También se legisló contra los adornos indebidos en las túnicas y el alquiler de penitentes, estratagema usada por aquellas corporaciones con pocos hermanos. En suma, el Sínodo trató de devolver a las procesiones su primitivo espíritu penitencial.

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Ir al inicio de la página 3.- Siglo XVIII y XIX (primera mitad).

Durante esta centuria, se agudizaron las transformaciones observadas en la anterior, si bien, se advierte hacia finales una cierta crisis en algunas corporaciones que provoca la suspensión de la estación de penitencia por falta de fondos durante varios años.

El cortejo no experimentó grandes cambios en comparación con el del siglo XVII, si bien, en la documentación conservada aparece mencionada una insignia no citada hasta entonces: el senatus. Así lo encontramos en las cofradías del Cristo del Amor, Jesús Nazareno y las Tres Necesidades (4), por poner un ejemplo.

Pero el hecho más relevante y que mayor repercusión tuvo en la organización del cortejo, fue, sin duda, la supresión de los disciplinantes por Carlos III en 1777. A la mentalidad ilustrada del monarca repugnaba el sangriento espectáculo de los flagelantes, que a sus ojos aparecía más como un atavismo medieval, que como muestra de penitencia pública. La supresión de esta figura tuvo como resultado el nacimiento del nazareno tal y como lo entendemos hoy día, pudiéndose afirmar que ya desde finales del XVIII se comienza a gestar la cofradía actual.

A la medida citada, se unió seis años más tarde, la orden de supresión de las cofradías gremiales y de todas las demás, excepto las sacramentales. Estas disposiciones dieron origen a la revisión y renovación de estatutos, causa por la cual, muchas de las reglas conservadas en nuestros archivos pertenecen a las décadas finales del siglo XVIII.

Como antes mencionamos, la supresión del disciplinante dio lugar a la aparición del nazareno. Los primeros cuerpos de señores nazarenos, como se les llama en la documentación, surgieron a finales del siglo XVIII y principios del XIX, siendo las hermandades de Jesús Nazareno, Gran Poder y Tres Necesidades las primeras en adoptarlo.

Paralelamente fue necesaria una reorganización del cortejo penitencial. Así, la cruz que tradicionalmente abría la procesión, toma mayor protagonismo, conservándose en la actualidad algunas de las realizadas en estos años, como por ej. la de la cofradía del Amor fechada en 1803. Tras esta, seguía el cuerpo de los nazarenos, distribuidos en tramos y separados por los nazarenos de canastillas, intercaladas iban las diferentes insignias: Senatus, Banderas, Simpecados y Estandartes. En la presidencia del paso se situaba lo que se denominaba el convite, esto es, autoridades y miembros de la Junta de Oficiales, vestidos de gala. Cerraban la procesión el preste y la música, que en estos años consistía en bandas militares de los regimientos acuartelados en Sevilla.

Un suceso histórico de gran trascendencia vino a trastocar de nuevo el hasta entonces apacible mundo de las hermandades: la invasión francesa. No nos extenderemos en lo que supuso para la ciudad esta desgraciada época; más bien nos detendremos en la repercusión inmediata y directa que tuvo en la mayoría de las corporaciones penitenciales. Muchas se vieron obligadas a trasladarse de sede, otras perdieron sus enseres y bienes más preciosos -como la Hermandad del Santo Entierro, cuyo fabuloso paso de carey y plata fue destrozado- algunas, no pudiendo sostenerse tras los estragos de la guerra, se extinguieron. Se entró en un periodo crítico del que no se recuperarían hasta muy entrado el siglo XIX, como queda constatado por el gran número de hermandades que durante esos años no realizaron la estación de penitencia.

Tras el retorno de Fernando VII y durante el llamado trienio liberal, se dictaron varias disposiciones que afectaron a la organización y aspecto del cortejo penitencial. Seguidores en su política liberal de los postulados ilustrados, se pretendía que los penitentes no se cubrieran el rostro y que se participase en la procesión en traje de gala. Muchas corporaciones se rebelaron contra esta medida y optaron por no salir a hacer estación en esos años, otras pidieron licencia al asistente para poder procesionar de la manera tradicional.

La vuelta de los absolutistas al poder, significó para las hermandades el abandono de políticas perjudiciales para sus fines. Y así, se obró una recuperación en el seno de muchas de estas corporaciones, visible en la renovación casi completa de sus enseres procesionales.

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Ir al inicio de la página 4.- Siglo XIX (segunda mitad).

Hacia la segunda mitad del siglo XIX se advierten nuevas tendencias en la configuración externa de la cofradía. Estamos ya en la época del Romanticismo, que con su exaltación de lo popular y genuino, nos ha legado los primeros documentos gráficos sobre la Semana Santa.

Estación de Penitencia de la Hermandad de Montserrat

El establecimiento de la corte de los Duques de Montpensier en la ciudad y su implicación en los diversos festejos que se celebraban, impulsaron de nuevo la Semana Santa, que hasta entonces había estado un poco aletargada. Se establecen los palcos en la carrera oficial; es un público burgués, compuesto por comerciantes e industriales, el que ahora contempla las cofradías. Muy distinto de la nobleza dieciochesca que antes copaba cargos y honores en las Juntas de Oficiales de las hermandades. La Semana Santa se concibe también, y en esta nueva mentalidad, desde un punto de vista utilitario: las cofradías atraían a numerosos visitantes, de cuya presencia se veían favorecidos los intereses mercantiles de la burguesía sevillana.

Las túnicas se enriquecen, perdiéndose definitivamente, el ascético concepto de los primeros siglos. Se completa el hábito nazareno con guantes de cabritilla, los zapatos se adornan con hebillas de plata, la cola se recoge con ademán elegante en el brazo.

Es la época de las Magnas Procesiones del Santo Entierro, cuyo cortejo sigue siendo de los más ricos y vistosos, con su cohorte de sibilas, ángeles y autoridades civiles y militares. En 1850, el alcalde de la ciudad, Francisco Javier Cavestany, influido por las ideas del duque D. Antonio de Orleáns, invitó a diez hermandades a hacer su estación de penitencia junto al Santo Entierro, sin perjuicio de que la efectuasen además, en el día que tenían señalado habitualmente. Desde entonces quedó establecida esta celebración porque, según se cuenta, gustó mucho a los concurrentes, y así en el siglo XIX se celebró los años 1854, 1874, 1890 y 1898.

El nutrido cortejo que habitualmente acompañaba a esta procesión es conocido a través de los Manifiestos publicados a expensas de la propia hermandad en donde se hacía una descripción pormenorizada del mismo. Así lo encontramos descrito en el publicado en 1842: Un piquete de fuerza militar abrirá paso a la procesión; y después una escuadra de la Guardia Romana a caballo. Seguirá el ministro muñidor con ropón de terciopelo negro guarnecido de galón de oro, con el escudo de relieve igual al que tiene esculpido en sus insignias esta Hermandad, y dos Señores Diputados con varas de gobierno. Un cuerpo de Señores Nazarenos con túnicas negras y cirios, distribuidos en los términos siguientes. Veinte y cuatro con la Santísima Cruz, dos bocinas con banderillas de terciopelo negro bordadas de oro, y dos canastillas. Otro igual número con la Bandera de tafetán negro y en el centro una cruz roja. Después con el debido orden el resto de Nazarenos, bocinas y canastillas y una orquesta de músicos tocando en tono fúnebre.

Tras el paso alegórico del Triunfo de la Santa Cruz, seguirá un cuerpo de señores hermanos seglares vestidos de negro, y las cruces de todas las Parroquias, presididas por la de Santa María Magdalena. En el centro nueve coros de ángeles representados por niños agraciados, bien vestidos y aderezados con propiedad, curiosidad y riqueza, llevando en sus manos cada uno un atributo de la pasión de N. S. Jesucristo, capitaneados por los dos Arcángeles y demás Ángeles y Príncipes con los distintivos por donde son más conocidos, y sus inscripciones, a saber: San Miguel, San Gabriel, San Rafael, el Ángel de la Guarda, San Uriel, San Sealtiel, San Zeudiel, San Barachiel, San Jachiel. A estos coros de Ángeles continuarán las doce Sibilas (...) figuradas por otras tantas niñas vestidas también con toda propiedad y trages significativos, cada una al uso de su provincia oriental, y en las manos sus atributos, nombres y principales profecías, a saber: Pérsica, Líbica, Délfica, Cinmeria, Eritrea, Samia, Cumana, Helespontia, Frigia, Tiburnina, Agripa y Cimea. Cerrará este acompañamiento una niña propiamente vestida, representando a la Muger Verónica. (...) Un coro de música cantando el Salmo In exitu Israel de Egipto: doce hermanos con cirios encendidos, varios acólitos con ciriales, doce sacerdotes con casullas negras y los Señores Censores de esta Hermandad con varas.

Sigue el paso o andas sobre el que se halla colocada con el mayor gusto la Urna sepulcral cerrada de cristales, y en ella la sagrada imagen del cuerpo del Señor (...). Una escuadra o compañía romana con capitán, teniente y alférez, compuesta de Sres. Hermanos, aramdos de morrión con visera, peto y espaldar de hoja acerada, tonelete y calzado color de púrpura, lanza y espada: marchando al compás de bocinas construidas al intento según entonces se usaban, y en el centro de ellas el Senatus. De esta misma compañía se colocarán ocho individuos a los costados del paso de la Urna (...).

Después dos Sres. Diputados con varas y el Estandarte, de raso negro, bordado en él de oro el escudo de esta Corporación (...). Nuestro Teniente de Hermano Mayor (...) hará el convite a las personas y corporaciones que guste, que irán con velas encendidas a continuación del estandarte, doce hermanos con cirios, la música cantando el himno Stabat Mater.

Tras el paso del Duelo, seguirá el clero de la Parroquia de Santa María Magdalena y los Sres. Eclesiásticos seculares que gusten incorporarse con sobrepellices y estolas, cercando la retaguardia un piquete de las compañías de preferencia de las tropas de la guarnición y de todos los cuerpos de la Milicia nacional con armas a la funerala.

También se introducen las centurias romanas, en recuerdo de aquellas que ocupaban Palestina en tiempos de Jesús. Con mayor o menor rigor histórico en la reconstrucción de sus uniformes, dotan a la cofradía de una cierta teatralidad. En este afán de llevar en el cortejo figuras o personajes que antes se hubieran considerado superfluos, se halla el proyecto de la Hermandad del Amor de llevar delante del paso de la Sagrada Entrada en Jerusalén, veinticuatro hermanos vestidos de hebreos. Y desde esta época la Hermandad de Montserrat incluye en su cortejo, las figuras de la Mujer Verónica y la Fe.

Aparecen innovaciones en el diseño de los enseres procesionales: los bordados se enriquecen con las formas vegetales y carnosas de los cardos y acantos, los motivos neogóticos, tan caros a los románticos, se trasladan a canastillas y a vestiduras de imágenes.... Es la época dorada de bordadoras como Teresa del Castillo, Josefa y Ana Antúnez, Patrocinio López.........

La Semana Santa romántica pervivirá como tal hasta finales del siglo XIX, cuando la genial aportación de Juan Manuel Rodríguez Ojeda, la transforme en la Semana Santa actual.

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Ir al inicio de la página 5.- Siglo XX.

No se conciben las cofradías de nuestros días sin la labor de este artista preclaro, pues las huellas de sus aportaciones y hallazgos llegan hasta la actualidad. Para decirlo en palabras de Julio Martínez Velasco: frente a lo negro, los colores; frente a lo estático, lo dinámico; frente a la línea recta, las curvas; frente a lo lúgubre, lo alegre.(5)

¿Cómo influyó el arte de Juan Manuel en el cortejo penitencial? Primeramente habría que destacar sus maravillosas invenciones en el campo del bordado. Sus diseños de pasos de palio transformaron la rigidez que los caracterizaba, en un grácil movimiento con sus bambalinas ondulantes. Asimismo, cautivan por su belleza y proporciones los mantos, túnicas e insignias salidas de su taller.

Pero su aportación no queda ahí, va mucho más allá, abarca toda la cofradía. Y así, crea para su Hermandad de la Macarena, la túnica de capa. Un hábito nazareno de terciopelo verde que se reviste de una capa crema de merino. Una capa amplia, con mucho vuelo, muy alegre. Muy pronto será imitada por otras hermandades en una tendencia creciente que llega hasta 1940.

Esta labor de renovación incluyó también a los elementos de orfebrería, y aquí es justo destacar, la maestría de Cayetano González, cuyos diseños de respiraderos, bocinas, varas, faroles, coronas.... dieron un aire nuevo a la procesión. Los tramos de la cofradía crecen y con ellos la inclusión de nuevas insignias con que separarlos y ordenarlos.

A partir de estos artistas, y hacia los años 40, podemos decir que se halla fijado el actual cortejo penitencial en sus líneas básicas cuyas pequeñas variaciones se deben a la idiosincrasia de cada hermandad. Pocas innovaciones se constatan desde entonces, si no es la creación de una nueva insignia, como el caso del banderín con la leyenda Mediatrix que hace años estrenara la Hermandad del Cachorro.

Al comienzo del siglo XXI, podemos decir que en lo relativo al cortejo penitencial, sus formas, organización y estilo poco hay que innovar. El actual, resultado de una larga evolución de cuatro siglos se nos presenta como la síntesis más perfecta de equilibrio entre sus diversos elementos.

Amparo Rodríguez Babío

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Ir al inicio de la página 6.- Notas

  1. ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: Anales Eclesiásticos y Seculares de la M.N. y M.L. Ciudad de Sevilla. Sevilla, 1988. Tomo 3, p. 242.

  2. MARTÍNEZ VELASCO, Julio [et al.]: El Cristo del Amor y su Archicofradía. Sevilla, 1998. P. 292.

  3. SÁNCHEZ GORDILLO, Alonso: Religiosas estaciones que frecuenta la religiosidad sevillana. Sevilla, 1982. P. 171.

  4. MARTÍNEZ VELASCO, Julio: La Semana Santa de Sevilla, de ayer a hoy. Sevilla, 1992. P. 54.

  5. MARTÍNEZ VELASCO, Julio: La Semana Santa de Sevilla, de ayer a hoy. Sevilla, 1992. P. 224.

 

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