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La Acción Social en las Hermandades: Una Perspectiva desde la Historia y la Actualidad

1.- La acción social de las Hermandades en la historia

2.- La acción social de nuestras Hermandades en la actualidad

3.- La caridad y la nueva evangelización

4.- Conclusiones

Página Web del Consejo General de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla

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La Acción Social en las Hermandades:

Una Perspectiva desde la Historia y la Actualidad

Formación - La Acción Social en las Hermandades:lmo. Sr. Delegado Diocesano de Hermandades y Cofradías, Presidente de la Fundación Cruzcampo, Presidente y compañeros de la Junta Superior del Consejo General de Hermandades y Cofradías, Hermanos Mayores, Señoras y Señores:

Como ya han indicado mis predecesores en la palabra, el Encuentro de Hermanos Mayores se ha convertido, con el discurrir de los años, en una excelente ocasión para abordar temas de actualidad que afectan, directamente, a la vida cotidiana de nuestras Hermandades. En esta edición, la Junta Superior consideró que el Encuentro podría constituirse en un foro de reflexión sobre una temática de candente actualidad: la acción social en nuestras Hermandades; pero no como un vano ejercicio de retrospección histórica para reivindicar nuestros orígenes estrechamente vinculados a la asistencia mutua y al auxilio del necesitado; ni siquiera, tampoco, como una invitación a la autocomplacencia desde la mirada benévola y conformista a nuestros logros presentes; sino como un compromiso de futuro: algo que nos impulsa a seguir actuando, fieles a nuestra fe, en un empeño continuado por transformar la realidad que nos ha tocado vivir, por paliar el dolor de quienes sufren, padeciendo con ellos sus propias incurias, solidarios y solícitos en nuestra tarea.

Ese es el motivo que hoy nos concita en esta sede de la Fundación Cruzcampo, siempre sensible a la llamada de las Hermandades y Cofradías. Nuestra reflexión precisa de una visión integral: para comprender la realidad presente y para afrontar los desafíos que se avecinan. Por eso conviene, desde ahora, sentar algunas premisas de partida:

En primer lugar, un análisis reflexivo de la acción social en nuestras Hermandades no puede prescindir, en modo alguno, de la consideración de lo que nuestras corporaciones hacen cada día en un esfuerzo encomiable por mejorar la realidad que nos circunda. Son muchas, ciertamente, las muestras de ese empeño continuado por profundizar y por ampliar la asistencia social de nuestras Hermandades. Y esa realidad no puede ni debe ser eludida, porque es, justamente, la constatación palmaria de una preocupación social creciente que nuestras corporaciones están experimentado. Hay una sensibilidad renovada hacia los problemas sociales, una sensibilidad que precisa ser cultivada porque es la manifestación más rotunda de la apertura, de la disponibilidad, del servicio y del amor hacia el prójimo.

En segundo lugar, la acción social no puede sustraerse a una confrontación entre lo que es y lo que debe ser. Toda realidad humana precisa ser analizada desde este prisma: la contrastación entre el ser y deber ser, una tensión permanente sin la cual la vida del hombre sería vacía, absurda y sin sentido. Esta necesidad de contraponer lo que hacemos con lo que deberíamos hacer no sólo constituye el punto de partida de toda experiencia moral, sino que es, también, la piedra angular de nuestra vivencia cristiana: nuestra condición de seguidores de Cristo nos demanda una actitud continua de mejora; mejora que sólo es viable desde el reconocimiento de nuestras carencias; mejora, en suma, que sólo podrá llevarse a cabo si advertimos que lo que somos y lo que hacemos está todavía muy distante de lo que deberíamos ser y hacer.

Guiados, pues, por estas observaciones preliminares intentaremos a lo largo de nuestra ponencia poner de relieve: a) en primer lugar, que la caridad no constituye un nuevo campo de acción en nuestras Hermandades, sino que está profundamente vinculada a su origen histórico; b) en segundo lugar, cuál es el panorama asistencial de las Hermandades, en qué tareas se hallan inmersas y cuáles son las líneas de actuación que las diputaciones de caridad tratan de desarrollar en la actualidad, sin omitir una referencia a los aspectos que creemos pueden ser mejorados; c) en tercer lugar, es necesario confrontar lo que hacemos con lo que debemos hacer. Se trata de analizar cómo debemos entender en nuestros días el ejercicio de la caridad como miembros de la Iglesia de Cristo; d) por último, trataremos de establecer algunas conclusiones que, sin ánimo de exhaustividad, nos permitan valorar en su conjunto la acción social de nuestras Hermandades desde la perspectiva de lo mucho recorrido y de lo mucho que aún resta por recorrer.

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Ir al inicio de la páginaLA ACCIÓN SOCIAL DE LAS HERMANDADES EN LA HISTORIA

Cualquier análisis que se pretenda riguroso sobre la acción social en las Hermandades no puede prescindir de una mirada retrospectiva. Es justamente en sus orígenes donde podemos encontrar algunas pistas sobre los desafíos del presente. Nadie puede ignorar que el origen histórico de nuestras corporaciones, con sus luces y con sus sombras, está estrechamente vinculado al culto, al auxilio mutuo y a la vivencia comunitaria de la fe. Nuestras Hermandades tenían, como uno de sus principales cometidos, la asistencia mutua, la ayuda a los desvalidos, a los necesitados y a los enfermos. De hecho, no fueron pocas las que crearon y mantuvieron, durante largo tiempo, hospitales, casas de asistencia y orfelinatos.

De ello da cumplida cuenta Bermejo y Carballo en su conocida obra Glorias Religiosas de Sevilla, quien constata que la Hermandad del Santísimo Cristo de la Fundación instituida en torno al año 1400 por el Arzobispo Don Gonzalo de Mena "no reconoció otro objeto que el amparo y socorro de los Negros, clase por lo común pobre y desvalida, para cuyo efecto les hizo dicho Arzobispo una casa hospital".1

Son abundantes las referencias de este cronista a la atención que nuestras Hermandades prestaban en épocas ya remotas a los desvalidos, fruto de una preocupación por paliar las necesidades del prójimo. Muchas de nuestras corporaciones se emplearon en la ayuda a los enfermos, estableciendo hospitales para tal fin; otras, por el contrario, concentraron sus esfuerzos en el auxilio de niños huérfanos y no faltaron tampoco las que orientaron su actividad a remediar las necesidades de los presos y de los menesterosos. Citemos, sin ánimo de exhaustividad y a título meramente ilustrativo, algunos testimonios históricos. Así, consta acreditado que la Hermandad del Silencio prestó asistencia económica a los pobres de la cárcel, según los preceptos contenidos en su Reglas aprobadas en 1578, y que esta misma corporación, a partir de 1627, inició la práctica de amparar a los "Sacerdotes ancianos, pobres e impedidos, para cuyo fin alquiló una casa...en la que eran asistidos y mantenidos", empeño en el que persistió hasta el año 1673 en el que, a iniciativa de la propia corporación, se constituyó una Hermandad cuyo fin único fue atender a esta necesidad, para lo cual se erigió el Hospital de los Venerables Sacerdotes en 1676. 2

Bermejo constata también la erección de una Hermandad, de identificación incierta debido a la carencia de documentación, que con loable propósito caritativo, se creó en 1585 para acoger criaturas huérfanas y forasteras desamparadas, para lo cual estableció una casa para el amparo y protección de niñas pobres y desvalidas. Este Asilo de Orfandad constituyó un hito en la labor asistencial que las cofradías desarrollaron en aquel tiempo, alcanzando grandes beneficios para la sociedad sevillana de la época "porque no había año -recuerda el cronista- en que no se ampararan más de cien niñas expuestas a perderse". 3

Es igualmente sabido que la cofradía del Santísimo Cristo del Amor fue instituida con una finalidad inequívocamente caritativa que quedó plasmada en la asistencia a los pobres encarcelados, siendo que este propósito de sus fundadores inspiró las advocaciones de sus Sagrados Titulares: el Cristo del Amor y la Virgen del Socorro. 4 El origen hospitalario y gremial de muchas de nuestras Hermandades viene a confirmar esa orientación, rubricando la vinculación de las cofradías con el auxilio a los enfermos: ese es el caso, entre otras, de la Hermandad de la Sagrada Entrada en Jerusalén, fundada en un hospital perteneciente al gremio de medidores de la Alhóndiga y posteriormente unida a la Hermandad del Amor, 5 de la Hermandad de la Sagrada Oración del Huerto y María Santísima del Rosario, establecida en el Hospital de las Cinco Llagas; 6 o de la Cofradía de Nuestra Señora de la Hiniesta que, a finales del siglo XV y merced a un legado sucesorio, constituyó un hospital bajo la advocación de su Titular. 7

Las contrariedades y vicisitudes que nuestras Hermandades han atravesado influyeron de forma decisiva en la continuidad histórica no sólo de sus labores caritativas sino también de las instituciones que las animaban. Unas, tras períodos de esplendor y gran predicamento devocional, decayeron de manera definitiva; otras, lograron superar los embates del destino acometiendo con nuevos bríos su propio discurrir histórico; no faltaron, finalmente, las que, a pesar de las incidencias que les afligían, perduraron con empeño hasta nuestros días.

Sea como fuere, el azaroso discurrir histórico de nuestras corporaciones no pudo dejar de afectar a su labor asistencial que, a pesar del tesón de sus hermanos, se veía resentida frecuentemente por calamidades que menguaron su fortuna: epidemias, terremotos o inundaciones se han de contar como causantes de estos males. En otras ocasiones, el variante rumbo de los acontecimientos políticos, las revoluciones o los conflictos entre la Iglesia y el poder civil, impidieron la restauración o continuidad de su labor asistencial.

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Ir al inicio de la páginaLA ACCIÓN SOCIAL DE NUESTRAS HERMANDADES EN LA ACTUALIDAD

El auge que nuestras Hermandades han experimentado durante el siglo XX ha repercutido de forma notoria en la promoción de una importante labor asistencial cuyo desarrollo sigue un ritmo creciente en las últimas décadas. Es innegable que la caridad ha desempeñado, como hemos visto anteriormente, una importante misión en el seno de las Hermandades, pero no puede desconocerse tampoco que la carestía en que nuestras propias corporaciones se veían inmersas afectaba al desarrollo pleno de esta dimensión principal de la Hermandad. Hoy las circunstancias han cambiado: no sólo por el progreso general de nuestra sociedad y porque nuestras Hermandades han venido consecuentemente a mejor fortuna, sino también porque el magisterio de la Iglesia, profundamente renovado tras el Concilio Vaticano II, urge a los laicos a una acción directa e inmediata en la propagación del Evangelio. Fruto de ello, los cofrades somos cada vez más sensibles y más conscientes de que nuestro culto necesita ser autenticado en el pergamino de la vida con la tinta de nuestro esfuerzo.

Atendiendo a ello, las Hermandades desarrollan en la actualidad una labor asistencial vigorosa que va en aumento con los años. Son incontables los proyectos asistenciales a los que nuestras corporaciones prestan su apoyo, bien a través de una participación indirecta, bien mediante la implicación efectiva de sus miembros en algún proyecto específico.

Esa atención creciente de las Hermandades a los proyectos asistenciales fue constatada en el Libro Blanco sobre La Acción Caritativa y Social de la Iglesia en Sevilla, elaborado con motivo del Congreso Diocesano de Caridad y Pobreza celebrado en Sevilla en 1998. Es de destacar, en este sentido, las reticencias de las Hermandades a publicar los datos relativos a su labor asistencial y la propia dificultad que entraña la recopilación exhaustiva de información en esta materia. Esa ausencia de transparencia perjudica, como ha hecho notar el estudio que citamos, la propia imagen de las instituciones de la Iglesia y el alcance y dimensión real de su labor social: "Los servicios sociales de la Iglesia hacen muy poco por dar a conocer a la población las prestaciones que realizan. En una sociedad donde calles, carreteras, prensa, radio y TV nos bombardean con publicidad, resulta sorprendente que se difunda tan poco una labor de tanta calidad y tradición en la historia de España... De todas formas, ese desinterés por la información, además de no beneficiar a la imagen de la Iglesia, perjudica sobre todo a los que la necesitan, pues por desconocimiento no todos pueden acudir a ellos". 8 A pesar de este déficit informativo, el documento sitúa a las Hermandades como uno de los actores principales de la acción social en la Diócesis con un 16,7% de los grupos de acción social en la Diócesis. 9 En ese mismo texto, se acredita que, durante 1997, anualidad a la que se refiere el informe, el 11,4% del montante económico total que la Iglesia de Sevilla dedicó a los proyectos asistenciales fue aportado por las Hermandades y Cofradías, lo que supone, en términos absolutos, 86.256.000 pesetas (518.409 €).

Para paliar esta ausencia de información, la Junta Superior elaboró un breve cuestionario sobre los planes de acción social y los instrumentos con que cuentan nuestras Hermandades en este campo. Los datos obtenidos de este pequeño sondeo, convenientemente clasificados, nos han permitido no sólo realizar una prospección de las áreas de trabajo actuales sino detectar, también, algunas deficiencias que creemos pueden ser mejoradas. Al análisis y exposición del resultado de este cuestionario dedicamos las páginas que siguen.

En cuanto al contenido de los proyectos asistenciales que nuestras corporaciones emprenden el espectro es amplio y variado. Evitando incurrir en la enumeración casuística de proyectos particulares podemos clasificarlos en unos cuantos apartados:

a) atención directa a necesidades básicas y becas de estudio: esta materia constituye, sin duda alguna, el apartado más destacado en volumen y actividad de nuestras bolsas asistenciales. Prácticamente la totalidad de nuestras corporaciones dedican una parte sustancial de su presupuesto a sufragar gastos ordinarios de personas y familias en situación de precariedad económica. En este apartado se incluyen, por tanto, bolsas de alimentos, campañas de navidad individuales o colectivas, atención a través de los economatos, pago de rentas y recibos de agua o luz, becas de estudios obligatorios y teológicos, ayudas para gastos médicos o cualquier otra acción que contribuya a paliar las necesidades básicas de los solicitantes. El Libro Blanco del Congreso Diocesano de Caridad y Pobreza sitúa en torno al 38% del gasto total el importe que nuestras Hermandades destinan a este capítulo: "Este porcentaje tan alto es un indicador de la rapidez con la que llega el dinero recaudado...a las personas que lo necesitan". 10

b) La creación y mantenimiento de centros de atención social para necesitados, ancianos y discapacitados: En este apartado la acción social de nuestras corporaciones hasta hace unos años era muy escasa. Hemos de reconocer, sin embargo, que la sensibilización en esta materia ha propiciado un incremento significativo en la última década y sigue en aumento en la actualidad. Fruto de ello, nuestras corporaciones, bien aisladamente, bien a través de fundaciones jurídicamente constituidas para la articulación conjunta de acciones sociales, han creado centros geriátricos, centros para disminuidos psíquicos, guarderías o economatos que vienen desempeñando una labor social muy efectiva.

c) Otro de los capítulos a los que las Hermandades vienen prestando su atención es la contribución a congregaciones, organizaciones e instituciones sociales ya constituidas: el campo de acción en esta materia abarca proyectos de muy diversa naturaleza y calado, lo cual dificulta de manera considerable su clasificación. En cualquier caso, en este capítulo ocupa un papel importante la ayuda económica a las Cáritas de las parroquias en las que nuestras corporaciones se hallan incardinadas, así como la contribución a Cáritas diocesana y a la Iglesia de Sevilla. No puede omitirse la colaboración con otros proyectos entre los cuales deben reseñarse: parroquias e instituciones religiosas, conventos y monasterios, campamentos de verano y Organizaciones no Gubernamentales de ámbito nacional, como Proyecto Hombre, Fundación Marcelo Spínola para la lucha contra el paro, la Asociación Española de Lucha contra el Cáncer, la Asociación para la Lucha contra las Enfermedades del Riñón o Asociaciones para la asistencia y reinserción de presos, entre otras.

d) Un porcentaje no desdeñable de nuestra acción social es el constituido por la ayuda a los países subdesarrollados, bien a través de colaboraciones puntuales, bien mediante la colaboración en proyectos con vocación de continuidad. Esta línea de trabajo va en aumento y encuentra una acogida cada vez mayor en nuestras Hermandades.

e) Otro ámbito de actividad se circunscribe a la asistencia a enfermos, la visita, auxilio y compañía a personas mayores que sufren, además de los avatares de su enfermedad, el azote de la soledad. Se detecta en nuestras corporaciones un interés por este nuevo modelo de acción social que comienza poco a poco a desarrollarse y que no requiere de un excesivo despliegue de medios. Hay que decir, no obstante, que entre las diversas modalidades de acción en este capítulo la asistencia domiciliaria es ya objeto de proyectos específicos coordinados por fundaciones constituidas al efecto y participadas por diversas Hermandades.

f) Por último, nuestras corporaciones acometen proyectos formativos específicos gestionados directamente por las Hermandades. Nuevamente, la diversidad que ofrece este apartado hace difícil la clasificación, pues las iniciativas que se desarrollan en esta sección incluyen, entre otras, colonias y campamentos de verano, cursos de formación destinados a promover la incorporación al mercado de trabajo de inmigrantes o personas de escaso nivel profesional o proyectos formativos destinados a alumnos con dificultades en el desarrollo de sus estudios de educación primaria o secundaria.

Como se puede apreciar, el panorama de acción social de nuestras corporaciones es, sin resquicio a dudas, rico y variado. Hemos de constatar, no obstante, algunas de las carencias más notorias que las Hermandades registran en el desarrollo de su labor y que son, básicamente, dos:

1) el todavía deficiente desarrollo de un voluntariado propio, entendiendo por tal a un grupo de "personas que de modo continuo, desinteresado y responsable dedican parte de su tiempo a realizar actividades en favor de los demás o de los intereses sociales colectivos, conforme a un proyecto que no se agota en la intervención misma, sino que tiende a erradicar las causas de la necesidad o de la marginación social". 11 Esta carencia afecta a dos aspectos principales: a) la imposibilidad de coordinar la labor social, especialmente entre Hermandades del mismo entorno, a fin de evitar la duplicidad de prestaciones, particularmente, en lo relativo a la atención de necesidades básicas; b) la dificultad de ampliar el campo de acción con nuevos proyectos asistenciales que precisan la participación de voluntariado como, por ejemplo, en la compañía a personas mayores o en proyectos formativos específicos.

2) La excesiva dependencia de las bolsas de caridad respecto de la tesorería de las Hermandades resta eficacia a su actuación. Es conveniente, en este sentido, articular, en la medida de lo posible, mecanismos que propicien una cierta autonomía financiera, pues de otro modo la viabilidad de las acciones asistenciales queda seriamente comprometida en su continuidad. Este obstáculo, por otra parte, afecta también a la posibilidad de estructurar de manera coherente y conforme a un plan previamente determinado las acciones que se acometan, debido por otra parte a la falta de voluntariado de gestión que se detecta en algunas de nuestras diputaciones de caridad.

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Ir al inicio de la páginaLA CARIDAD Y LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Vivimos tiempos de cambio: en las hermandades, en la Iglesia y en nuestra sociedad, en nuestro entorno más inmediato y también en el resto de sociedades y países del mundo. Quizás todo cambia tan vertiginosamente que apenas si tenemos tiempo para adaptarnos a las nuevas situaciones que van surgiendo. Cambios que se producen en la sociedad, en sus valores y en sus necesidades, cambios que se producen también en el ámbito de nuestras corporaciones, que afectan a nuestras propias Hermandades y que demandan una actualización del mensaje cristiano para hacer frente a los desafíos de nuestra era.

El cambio es el signo de los tiempos. Pero parece cada vez más claro que, como cristianos de hoy, nuestro sitio está en el mundo que vivimos, en este mundo en continua mutación, y no en el mundo que ya fue y que no volverá nunca más a ser. Por eso, nuestras Hermandades no pueden permanecer impávidas, viviendo la falsa imagen de un mundo que ya no existe porque cambió. Tiempos de cambio que demandan nuestra reflexión y nuestra respuesta como cristianos y cofrades, miembros activos de la única Iglesia de Cristo.

Consciente de este reto, Pablo VI promulgó en 1975 su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, en la que llamaba a los creyentes a la renovación del compromiso cristiano, ratificando con ello la misión esencialmente evangelizadora y apostólica que nos cumple a cada católico en particular: la proclamación de Jesucristo y de su mensaje, la liberación de los oprimidos y el progreso humano. En palabras de Pablo VI: "Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad". 12 A partir de 1983, Juan Pablo II, recogiendo las orientaciones anteriores del magisterio, las concreta en un proyecto para toda la Iglesia al que llama "nueva evangelización". Es un proyecto que pretende ser plenamente fiel a Jesucristo, adaptado a las condiciones y cultura del hombre actual y abierto y sensible a las nuevas perspectivas de la humanidad de nuestro tiempo. Para poder prestar este servicio al mundo actual y futuro, el Papa ha insistido constantemente en la necesidad de promover "una evangelización nueva: nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión". 13

Con frecuencia, los cristianos nos vemos arrastrados por una comprensión mutilada y unidimensional de la caridad que no es plenamente fiel a la radicalidad del mensaje evangélico. Esta visión incompleta de la caridad no como virtud suprema que manifiesta a la vez que consolida la fe a través del testimonio, sino como forma de justificar y justificarnos ante Dios y ante los demás debe ser desterrada de nuestras conductas. Quiero decir con ello que la caridad no puede limitarse a conductas aisladas, esporádicas y circunstanciales que nos eximen del deber integral de ayudar al hermano, sufriendo con él sus propios padecimientos, sus angustias, sus desazones e inquietudes. Por eso, la autenticidad del amor al prójimo reclama efectivamente el ejercicio de la caridad, pero de una caridad impregnada de una actitud profundamente compasiva. La compasión, que es "sufrir con", es la esencia misma del amor a los hermanos: si nuestras obras no responden a ese espíritu compasivo que nos lleva a sentir en nuestro propio corazón el dolor ajeno, nuestro proceder no dejará de ser una acción hermosa pero vacía, hueca, e indolente; porque la caridad, como recuerda San Pablo, es Amor; Amor con mayúsculas, amor sin condiciones y sin paliativos, un amor sin reservas que nos lleva a darnos a los demás manifestando a Cristo con nuestras obras. En un célebre pasaje de la primera Carta a los Corintios, San Pablo desentraña el sentido último del amor cristiano, un amor que compendia la Verdad genuina del mandato evangélico, "ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo". Porque cuanto hagamos como seguidores de Cristo Nuestro Señor se resume en darse a los demás. Eso es, justamente, lo que como cristianos nos distingue. Y eso es lo que lleva a San Pablo a proclamar la inconmensurabilidad de la caridad como virtud suprema. Permítanme por un momento recordar algunas líneas de este hermoso texto paulino: "Si yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, y me faltara el amor, no sería más que bronce que resuena y campana que toca...Si reparto todo lo que poseo a los pobres y si entrego hasta mi propio cuerpo para ser quemado, pero sin tener amor, de nada me sirve". 14

La rotundidad con la que se expresa el apóstol nos sitúa frente a frente ante el sentido genuino de la caridad. El amor sin más: un amor que se expresa desde dentro hacia fuera porque nace del corazón, un amor que el cristiano tiene que plasmar en obras. Por eso, las obras sin más no sirven si no nacen de un profundo sentimiento de compasión. Nuestro compromiso como cristianos no puede quedar reducido a una actitud complaciente y conformista como tampoco es lícito convertir la caridad en una imagen deformada de sí misma, pues como reza un verso de inequívoca resonancia musical: "Dar solamente aquello que te sobra / nunca fue compartir, sino dar limosna". Por eso, cuando, llevados por la comodidad, transformamos la caridad en mero hacer exculpatorio y vacío estamos renunciando con nuestras obras a la verdad última del mensaje de Cristo: el amor a Dios a través de los hermanos.

La llamada de Juan Pablo II a la nueva evangelización es una interpelación directa a cada uno de nosotros, una invitación a ponernos manos a la obra "porque la mies es mucha y los obreros son pocos" 15 para transformar este mundo turbio, descreído y vacilante. Es el amor en su integridad el que nos lleva a testimoniar con nuestras obras que somos seguidores de Cristo e hijos de la Iglesia. Evangelizar no es hacer propaganda. Es dar cuentas de nuestra fe con nuestras conductas y aquí la caridad, el amor al prójimo, adquiere su dimensión más plena. Dar testimonio de Cristo es la primera forma de evangelización, pues como ha recordado Su Santidad en la Encíclica Redemptoris Missio:

"El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y en los hechos que en las teorías. El testimonio de la vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión: Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el "Testigo" por excelencia y el modelo de testimonio cristiano". 16

La llamada a la nueva evangelización es una llamada al compromiso, conscientes de que nuestra vida cristiana no puede agotarse en el culto; que los sacramentos y la Palabra son, en realidad, la fuente que alimenta una fe que sólo es tal en la medida en que se plasma en obras. Ese es el camino que la Iglesia, y con ella sus Hermandades, emprende en los compases de este nuevo siglo aún balbuciente. Dos mil años después del nacimiento de Cristo, las Hermandades tienen que transmitir un mensaje renovado de compromiso con la Verdad del Evangelio; una senda que exige renovación, reconsideración profunda de actitudes y métodos para hacer presente el amor de Dios entre los hombres. Es necesario seguir trabajando, abrir nuevos caminos a la Palabra de Cristo, desde una actitud comprometida y coherente, renovando prácticas y modelos que constituyen ya reminiscencias del pasado; armonizando el pasado con el presente, en una continuidad histórica de mejora permanente pues, como ha afirmado el Santo Padre: "En la historia de la Iglesia, "lo viejo" y "lo nuevo" están siempre profundamente relacionados entre sí. Lo "nuevo" brota de lo "viejo" y lo "viejo" encuentra en "lo nuevo" una expresión más plena". 17

Por eso, fieles a Cristo y a nuestras propias raíces, hemos de seguir ahondando en el sentido de nuestro compromiso con los necesitados, descubriendo los nuevos rostros de la pobreza en nuestros días y acudiendo en auxilio del hermano que sufre, pues "el testimonio evangélico al que el mundo es más sensible, es el de la atención a las personas y el de la caridad para con los pobres y los...que sufren... Incluso el trabajar por la paz, la justicia, los derechos del hombre, la promoción humana, es un testimonio del Evangelio, si es un signo de atención a las personas y está ordenado al desarrollo integral del hombre". 18 Hemos pues de seguir trabajando, conscientes de que la caridad es la expresión suprema del amor a los hermanos y que, a través de ella, no sólo estamos aliviando a los cristos dolientes de este mundo, sino que, además, estamos prestando un servicio inestimable a la tarea inacabable de predicar el evangelio, dando un testimonio diáfano como discípulos de Jesús. La caridad revela así su doble dimensión teologal y humana: es el amor que se vive día a día en el encuentro con el hermano, en la disponibilidad y en el servicio; un amor que no puede ser deformado reduciéndolo a su expresión meramente económica; un amor que debe plasmarse en programas de acción para ayudar a quienes lo necesitan, pero que debe impregnar también nuestras conductas hacia el hermano, hacia aquel que necesita de nuestro calor y de nuestro apoyo.

En la era del consumismo, de la sobreabundancia de bienes materiales provocadas por la industrialización y el desarrollo, el magisterio de la Iglesia nos advierte de los peligros del ensimismamiento en el goce de lo inmediato. La "civilización del consumo" resulta inaceptable porque es contraria al bien y a la felicidad genuinos: "Nunca ha tenido la humanidad tanta abundancia de riquezas, posibilidades y poder económico, y, sin embargo, todavía una enorme parte de la población mundial se ve afligida por el hambre y la miseria y es incalculable el número de los totalmente analfabetos". 19 Consiguientemente, es necesario contraponer esta exaltación consumista con un desarrollo auténtico basado en la naturaleza integral del hombre, naturaleza que es corporal y espiritual a un tiempo: "En otras palabras, el verdadero desarrollo debe fundarse en el amor a Dios y al prójimo...Esta es la "civilización del amor" de la que hablaba con frecuencia el Papa Pablo VI". 20 La construcción de la "civilización del amor" frente al hedonismo egoísta de nuestros días es tarea que nos incumbe a todos y que sólo puede llevarse a cabo mediante la predisposición solidaria de mejorar las condiciones de vida de los más desvalidos y construir una sociedad más justa, denunciando aquellas situaciones flagrantes en que la dignidad humana se ve atropellada, vulnerada o comprometida. La evangelización concierne, por tanto, de manera primaria a nuestras actitudes hacia los demás y a la práctica del amor hacia al prójimo. Ese es el testimonio que el mundo de hoy necesita de los seguidores de Cristo, pues "si la sal se desala, ¿con qué la salarán?"; un testimonio que debe aspirar a transformar la realidad no con acciones aisladas y timoratas sino con un esfuerzo decidido y persistente.

Huelga decir que este énfasis de la caridad como expresión concreta del amor y manifestación privilegiada del auténtico testimonio cristiano resulta abiertamente incompatible con una secular tradición cristiana que con base en una cita evangélica "que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha" 21 ha postulado la ocultación y el secretismo. No es necesario decir que esta referencia evangélica es plenamente válida en lo que concierne a la propia autosatisfacción personal: no se trata de envanecernos con lo que hacemos en favor de los demás. El amor auténtico no se manifiesta para recibir aprobación y complacencia, pues "el que se enaltece será humillado". 22 La fatuidad, la jactancia y la presunción deben ser evitadas. Esto no empece, sin embargo, nuestra obligación de dar testimonio de fe con nuestra conducta, de propagar su mensaje con nuestros actos. Jesús espera de su Iglesia que sea capaz de construir el Reino, un Reino de Dios en un mundo de hombres. En eso justamente conocerán que somos sus seguidores. 23 Por eso, como Hermandades, como corporaciones de la Iglesia, estamos obligados a rendir colectivamente testimonio activo de nuestra fe. Es necesario derribar ese viejo prejuicio que ha llevado a nuestras Hermandades a guardar silencio en materia asistencial, ocultando la labor que desde nuestras instituciones se realiza continuadamente en la asistencia a los más necesitados. Dice San Lucas que "Nadie enciende una lámpara para esconderla o taparla con algo, sino que la pone en el candelero para que los que entren la vean con claridad". 24 Hora es ya de que nuestras corporaciones asuman con determinación esta exhortación evangélica que nos impulsa a ser luz del mundo; una luz que no puede ocultarse porque su ocultación causará oscuridad. Es llegado el momento de entender que nuestro testimonio de amor hacia el prójimo es un servicio inestimable a la Iglesia y a Jesús, Nuestro Señor, pues como ha afirmado Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Christifideles laici: "Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso". 25

En definitiva, lo que Cristo precisa de nosotros es que seamos portadores auténticos, comprometidos y audaces de su Palabra; que seamos conscientes de que cada día se están quedando cosas por hacer que sólo nosotros podemos llevar a cabo; que hay sectores de nuestra sociedad a los que Jesús sólo puede llegar a través de nosotros y que nuestro empeño, nuestra fuerza transformadora y nuestra ilusión deben ser no sólo la esperanza de un cambio futuro, sino la evidencia tangible de que nuestras Hermandades adoran a Dios no sólo con los labios sino también con el corazón y las obras.

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Ir al inicio de la páginaCONCLUSIONES

A lo largo de la presente ponencia hemos tratado de analizar la realidad de la asistencia social en nuestras corporaciones desde una triple perspectiva: lo que históricamente se ha hecho; lo que actualmente se hace y lo que nuestras Hermandades pueden hacer en el futuro para mejorar, en cuanto sea posible, este aspecto fundamental de nuestras corporaciones. A la luz de ello parece necesario extraer algunas conclusiones que, sumariamente, relatamos a continuación:

1º. El origen histórico de nuestras Hermandades y Cofradías está inescindiblemente vinculado a la práctica caritativa. Nuestras corporaciones nacen impregnadas de un innegable espíritu compasivo, de modo que la caridad se constituye ab initio como uno de los fines primordiales de la propia actividad de nuestras instituciones.

2º. En nuestros días, la asistencia social en las Hermandades parece recobrar un nuevo vigor, impulsado, sin duda, por la conciencia de que hay que actuar, que el compromiso cristiano implica también una acción transformadora, y que la fe que se vive en la autenticidad necesita plasmarse en obras.

3º. Se constata, en los últimos años, una ampliación de los campos de actuación tradicionales que requiere con frecuencia la articulación de proyectos conjuntos para hacer frente a desafíos que, por su envergadura, las propias Hermandades no pueden abordar de manera aislada. Parece deseable que se continúe trabajando en esta línea a fin de llevar a cabo nuevos proyectos más ambiciosos y mejor organizados desde el punto de vista estructural y funcional.

4º. Hay, sin embargo, aspectos que precisan ser reconsiderados. Los nuevos desafíos de las bolsas asistenciales requieren la participación activa de un voluntariado de nuestras Hermandades comprometido directamente en el desarrollo de las actividades asistenciales de nuestras corporaciones.

5º. Por otra parte, existe un problema de disponibilidad de fondos que debe ser adecuadamente enfocado. Para ello es necesario tener en cuenta que la financiación de los proyectos requiere una cierta autonomía económica que no sólo debe descansar sobre los presupuestos de nuestras corporaciones. La posibilidad de obtener patrocinios de fundaciones privadas o instituciones públicas para proyectos específicos está todavía insuficientemente desarrollada. Los convenios privados y los conciertos con determinadas administraciones públicas constituyen aún una vía escasamente explorada.

6º. Constatamos, igualmente, que existe una comprensión errónea de la labor asistencial de las Hermandades, basada en una mala interpretación de la cita evangélica "que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha". El secretismo, que tradicionalmente ha caracterizado nuestra acción social, debe ser desterrado, porque como ha afirmado Juan Pablo II, la caridad es la primera y más efectiva forma de testimonio cristiano. Esta labor de difusión no sólo beneficiará a la imagen de la Iglesia y de nuestras Hermandades sino que permitirá el acceso a nuestros proyectos de un importante contingente de población que desconoce adonde acudir en situaciones de precariedad.

7º. En este sentido, parece aconsejable abordar un estudio completo y sistemático de los campos de acción y de los recursos humanos y económicos con los que cuentan las Hermandades a la hora de afrontar este aspecto esencial de su propia constitución mediante la elaboración de un documento de trabajo. El análisis sociológico, a través de un cuestionario preciso y científicamente contrastado, proporcionaría a nuestras corporaciones una información inestimable cuyo análisis redundaría, sin duda, en un mejor organización y estructuración de los servicios que las Hermandades vienen prestando. La elaboración de un Libro blanco sobre la acción social en las Hermandades y Cofradías constituiría un excelente punto de partida para una reflexión serena y cabal sobre esta materia.

8º. La caridad no puede quedar reducida a su dimensión estrictamente económica, aspecto éste que, con ser importante, no agota en modo alguno el enorme potencial evangelizador del amor cristiano. En estas coordenadas, el llamamiento de Juan Pablo II a descubrir los nuevos rostros de la pobreza en nuestro tiempo debe traducirse en una mirada hacia nuestro entorno pues hay amplios sectores de acción que no requieren un desembolso económico extraordinario y que constituyen, sin duda, nuevas dimensiones de la pobreza que nos interpelan directamente como cristianos. La respuesta a estos desafíos constituye, sin duda, una de las tareas pendientes de nuestras Hermandades en este siglo XXI recién comenzado.

Alfonso de Julios-Campuzano

30 de noviembre de 2002

Formación

1 Bermejo y Carballo, J., Glorias Religiosas de Sevilla. Noticia histórico-descriptiva de todas las cofradías de Penitencia, Sangre y Luz fundadas en esta ciudad, edición facsímil, Castillejo, Sevilla, 1994, p. 7.

2 Cfr. Bermejo y Carballo, J., Glorias Religiosas de Sevilla, cit., pp. 195-196 y 206-207 (la cita procede de la página 206).

3 Bermejo y Carballo, J., Glorias Religiosas de Sevilla, cit, pp. 135 ss. (la cita procede de la p. 136).

4 Cfr. Bermejo y Carballo, J., Glorias Religiosas de Sevilla,cit., p. 100.

5 Cfr. Bermejo y Carballo, J., Glorias Religiosas de Sevilla, cit., p. 99.

6 Bermejo y Carballo, J., Glorias Religiosas de Sevilla,cit., p. 122.

7 Bermejo y Carballo, J., Glorias Religiosas de Sevilla,cit., p. 402.

8 Cfr. Iglesias de Ussel, J., Castón Boyer, P. y Alemán Bracho, P., Libro Blanco. La Acción Caritativa y Social de la Iglesia en Sevilla, Cajasur, Córdoba, 1998, p. 71.

9 Cfr. Iglesias de Ussel, J., Castón Boyer, P. y Alemán Bracho, P., Libro Blanco. La Acción Caritativa y Social de la Iglesia en Sevilla, cit., p. 89.

10 Cfr. Iglesias de Ussel, J., Castón Boyer, P. y Alemán Bracho, P., Libro Blanco. La Acción Caritativa y Social de la Iglesia en Sevilla, cit., p. 100.

11 Cfr. Iglesias de Ussel, J., Castón Boyer, P. y Alemán Bracho, P., Libro Blanco. La Acción Caritativa y Social de la Iglesia en Sevilla, cit., p. 73.

12 Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, &14.

13 Cfr. Tertio Milennio Adveniente. Carta Apostólica de S.S. como preparación del Jubileo del año 2000, Palabra, Madrid, 1994, pp. 32-33.

14 1Cor 13, 1 y 3.

15 Cfr.Lc., 10, 2.

16 S.S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Missio, cap. V, &42.

17 Cfr. Tertio Milennio Adveniente, cit., p. 30.

18 S.S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Missio, cap-V, &.42.

19 Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, &4.

20 Cfr. S.S. Juan Pablo II, Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, & 27-33.

21 "Procurad no hacer el bien delante de la gente para que os vean; de lo contrario, el Padre que está en el cielo no os dará ningún premio. Por eso, cuando des limosna, no lo publiques al son de trompetas, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que los hombres los alaben. Os aseguro que ya han recibido su premio. Tú, en cambio, cuando des limosna, no debe saber tu mano izquierda lo que hace la derecha; procura que tu limosna quede en secreto, y el Padre, que ve los secretos, te premiará" (Mt., 6, 1-4).

22 Lc, 18, 14.

23 "Os doy mi mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; os amaréis unos a otros como yo os he amado. En esto reconocerán que sois mis discípulos" (Jn, 13, 34).

24 Lc, 11, 33; Mt, 4, 21; Lc, 8, 16.

25 S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles laici, &3.

 

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